Regis permaneció inmóvil, con la mirada clavada en la mancha de humedad. El silencio del pasillo, habitualmente tranquilizador, se le antojó de repente como una presión física sobre sus oídos. En su estado actual, cada detalle era una amenaza. Su mente lógica intentaba procesar el origen de esa gota de agua, pero su cuerpo estaba empezando a imponer sus propias leyes.
Sintió una náusea leve, un mareo punzante que le nacía detrás de los ojos, síntoma inconfundible de que había estirado demasiado su energía mágica. Sus piernas, que hasta hacía unos minutos obedecían por pura inercia, ahora le pesaban como si estuvieran hechas de hierro. El pergamino contra su piel ya no solo se sentía caliente; se sentía voluminoso, áspero, una presencia física que parecía gritar su existencia ante el vacío del corredor.
«Muévete», se ordenó, pero sus pies no reaccionaron de inmediato.
Llevó una mano a su rostro y notó la textura pastosa del maquillaje de bufón. El sudor de la caminata y la tensión de la biblioteca habían empezado a disolver los pigmentos. Sintió el picor del tinte cerca de su ojo izquierdo y la humedad fría que le bajaba por la sien. Si alguien lo veía así, no vería a un servidor impecable del Rey; vería a un hombre huyendo, a un impostor desmoronándose. La pulcritud del castillo, que antes le parecía una virtud, ahora era su mayor enemigo. En este mundo de mármol y orden, él era la única imperfección.
Un rugido sordo en su estómago lo obligó a doblarse ligeramente. No había comido nada sólido desde antes de la cena con el Duque, y el hambre ya no era una molestia lejana, sino un dolor real, una punzada que le nublaba el juicio. El instinto de supervivencia de Regis se dividió: una parte quería esconder el mapa y dormir, pero su cuerpo reclamaba agua y sustento para no colapsar en medio del pasillo.
Decidió desviarse. No podía bajar a su celda con el rastro de agua marcando su puerta, y no podía enfrentar lo que fuera que hubiera dejado esa marca sin antes recuperar un poco de claridad.
Caminó hacia un pequeño nicho de servicio donde sabía que los limpiadores guardaban agua fresca para las lámparas y el aseo rápido de los pisos. Sus pasos, habitualmente ligeros, producían ahora un sonido seco y arrastrado que le recordaba lo cerca que estaba del agotamiento total. Cada metro que avanzaba era un proceso consciente: levantar el pie, controlar el equilibrio, apoyar el talón, verificar el entorno.
Al llegar al nicho, encontró un pequeño tazón de cerámica blanca junto a un grifo de bronce. Abrió la llave con manos temblorosas; el agua brotó con un sonido cristalino que le pareció ensordecedor. Llenó el tazón y bebió. El agua estaba tan fría que le dolió en los dientes y le bajó por la garganta como un rastro de hielo, pero la sensación fue casi gloriosa. Bebió hasta que el estómago le dolió de otra manera, sintiendo cómo la humedad devolvía un poco de vida a sus sentidos.
Se mojó la mano derecha y, con cuidado, se limpió el rastro de sudor y maquillaje corrido de las sienes. El agua se tiñó de un rosa pálido en sus dedos. Se miró en el reflejo de la superficie del tazón. Lo que vio fue a un extraño: un joven de piel pálida, ojos oscuros inyectados en sangre por el cansancio y una expresión de duda que ninguna máscara de bufón podría ocultar por completo.
«¿Quién eres hoy, Regis?», se preguntó, mientras el frío del agua le devolvía algo de lucidez. «¿Eres el perro de Domus? ¿El peón de la joven noble? ¿O solo un hombre que va a morir porque olvidó que los humanos necesitan descansar?».
Con el rostro un poco más limpio y el pulso más estable, volvió al punto donde estaba la mancha de humedad. Ya no era tan visible; el aire seco del castillo la estaba evaporando lentamente. Si esperaba demasiado, el rastro desaparecería para siempre.
Empezó a seguir los puntos de agua, que se dirigían hacia el pasillo de las cocinas. Caminaba pegado a la pared, evitando el centro del corredor donde las lámparas eran más intensas. A medida que se acercaba a la zona de servicio, el aire cambiaba. Ya no olía a cera de abejas y flores secas, sino a levadura, ceniza fría y el rastro rancio de la grasa que los limpiadores aún no habían alcanzado a quitar de los rincones más profundos.
A mitad del camino, una sombra se proyectó desde un cruce lateral. Regis se pegó a la piedra, conteniendo el aliento, con la mano instintivamente buscando el pergamino para asegurar que no sobresaliera.
Un sirviente de rango inferior, con un uniforme gris desgastado y un balde pesado en cada mano, cruzó el pasillo sin verlo. El hombre tenía los hombros caídos y caminaba con la mirada puesta en el suelo, como si el peso del castillo entero descansara sobre su espalda. Sus manos estaban rojas, hinchadas por el contacto constante con el agua helada y el jabón fuerte. No había magia en él, solo el desgaste de la rutina.
Regis lo observó alejarse. Sintió una punzada de envidia. Ese hombre no tenía mapas secretos, no tenía una magia lógica que le devoraba los sentidos, y probablemente su única preocupación era terminar su turno para dormir en un jergón común. Pero luego sacudió la cabeza. En este castillo, la ignorancia no era seguridad, era simplemente una espera más lenta hacia el olvido.
Continuó siguiendo las gotas de agua. El rastro se volvía más errático, como si quien lo dejaba hubiera estado dudando o buscando algo. Finalmente, llegó a una puerta de madera maciza, una entrada de servicio que conectaba los pasillos de los guardias con el área de almacenamiento de las cocinas.
La puerta estaba entreabierta apenas un dedo.
En un lugar donde cada puerta se cerraba con la precisión de un mecanismo de relojería, aquella rendija era un grito. Regis se acercó, sintiendo el frío del metal del picaporte en la palma de su mano. Su corazón latía con fuerza contra sus costillas, un tambor rítmico que parecía resonar en el pergamino oculto en su pecho.
Editado: 29.04.2026