El Rey Bufón

Capítulo 16: El reflejo en el suelo

Regis terminó de empujar la puerta. El chirrido de las bisagras, aunque leve, sonó en sus oídos como el lamento de un animal herido. El aire en esta sección del almacenamiento era más pesado, cargado con el polvo fino de la harina que flotaba en suspensión, dándole a la penumbra un aspecto casi sólido.

Tras la montaña de sacos, la figura se movió. Regis tensó los músculos, ignorando el dolor de su estómago y el mareo que le nublaba la vista, preparándose para usar lo último que le quedaba de energía en un ataque de luz. Sin embargo, lo que encontró no fue una amenaza, sino un espejo de su propia miseria.

Un joven sirviente, apenas un adolescente con un uniforme de limpieza que le quedaba grande, estaba sentado en el suelo con la espalda apoyada en el cáñamo de los sacos. A su lado, la cubeta de metal yacía volcada, derramando el resto de su contenido en un charco que se extendía perezosamente hacia las botas de Regis. El chico tenía el rostro hundido entre las rodillas y los hombros le temblaban en un sollozo silencioso.

Regis exhaló un aire que no sabía que estaba reteniendo. El alivio fue tan violento que sintió que sus rodillas finalmente cedían, obligándolo a apoyarse en el marco de la puerta para no caer. La rabia llegó justo después, una llamarada de ira por haber arriesgado su secreto por un incidente tan común.

—¿Qué estás haciendo aquí? —susurró Regis. Su voz sonó más áspera de lo que pretendía.

El chico levantó la cabeza de golpe. Al reconocer el traje de bufón, el terror absoluto reemplazó a la tristeza. En la jerarquía del castillo, Regis no tenía un rango oficial ni autoridad real, pero era una posesión personal del soberano. Para un sirviente de limpieza, Regis era un objeto valioso que no debía ser tocado, molestado ni provocado; dañar o interrumpir las funciones de un "juguete" del Rey era equivalente a dañar la propiedad privada del monarca, un crimen que se pagaba con castigos ejemplares. El chico no temía a Regis por quién era, sino por lo que representaba: la furia de un amo que no toleraba que nadie tocara sus pertenencias.

—Yo... yo me quedé dormido, señor —tartamudeó el muchacho, intentando ponerse en pie mientras resbalaba en el suelo mojado—. Lo siento. Por favor, no se lo diga al mayordomo. Estaba limpiando el pasillo y el sueño me venció. Si el Rey se entera de que he interrumpido su paso o el de sus... sus allegados...

Regis lo observó con una mezcla de lástima y desprecio. «Él se rompe por fuera con el trabajo físico; yo me rompo por dentro con los secretos», pensó. El chico estaba aterrorizado de que su negligencia fuera vista como una falta de respeto hacia la "propiedad real" que Regis encarnaba. En este castillo, el orden era tan estricto que incluso tropezar con el bufón del Rey podía considerarse un sabotaje.

—Cállate —dijo Regis, entrando por completo y cerrando la puerta tras de sí—. Si te encuentran aquí, el problema no será solo tuyo. Has roto la limpieza de este lugar. Si Domus ve este rastro de agua, te castigarán por descuidar tus tareas y por ensuciar el paso del servicio.

Regis se agachó con un quejido sordo, sus propios huesos protestando por el esfuerzo. Tomó el trapo que flotaba en el charco y empezó a fregar el suelo de piedra con movimientos mecánicos. El chico, atónito al ver a la "mascota" del Rey arrodillada en el agua, tardó unos segundos en reaccionar antes de unirse a él. Sus manos desnudas empujaban el agua hacia el desagüe con una urgencia desesperada.

El proceso fue lento. El roce del trapo contra la piedra producía un sonido rítmico que ayudaba a Regis a concentrarse, alejando por un momento la náusea del agotamiento mágico. Sus manos se enfriaron rápidamente al contacto con el agua, una sensación que lo mantuvo despierto a pesar de que su cerebro le suplicaba que se rindiera.

Mientras trabajaban, el pergamino oculto en su túnica se desplazó. Regis sintió el crujido del papel contra su piel y el pánico volvió a subirle por la garganta. Con las manos mojadas, no podía tocarlo. Tuvo que realizar un movimiento incómodo con el hombro para acomodar el bulto, rezando para que el chico no notara nada extraño bajo la seda. En su mente, la lógica se imponía: si este chico era castigado, habría una investigación, y una investigación traería ojos curiosos hacia el lugar donde Regis acababa de pasar.

—¿Por qué me ayuda? —preguntó el muchacho en un susurro, sin atreverse a mirar a la cara al bufón.

Regis no respondió de inmediato. Sintió el peso de su propia máscara. —Porque no quiero que nadie haga preguntas sobre por qué estaba caminando por este pasillo a esta hora. Ahora termina y vete antes de que pase la patrulla nocturna.

Cuando el suelo estuvo lo suficientemente seco, Regis se incorporó. El esfuerzo le hizo ver manchas oscuras por un momento. El chico también se levantó, temblando, y recogió su balde con una reverencia que nacía del miedo más puro. Fue entonces cuando Regis notó el detalle: en el cuello del uniforme del muchacho, un pequeño nudo de seda azul estaba cosido de forma casi invisible.

«Ella», pensó Regis, sintiendo un nuevo tipo de cansancio. «Incluso los engranajes más pequeños están marcados».

Salió del cuarto de almacenamiento sin decir una palabra más. El trayecto final hacia su celda fue una lucha contra el colapso. Sus pies se arrastraban y cada sombra en las paredes le parecía una mano extendida. Al llegar a su puerta, entró y cerró el cerrojo con un movimiento que le costó sus últimas fuerzas.

En la oscuridad de su habitación, buscó por puro tacto la fisura en la pared. Enrolló el mapa y lo deslizó en la grieta, empujándolo hasta que quedó fuera de la vista. Solo entonces se quitó la túnica, que ahora olía a sudor y harina, y se lavó el maquillaje con agua fría, sintiendo cómo recuperaba su propio rostro por unos instantes.

Se tumbó en el colchón de paja. El hambre era un dolor agudo, pero el sueño era un peso mayor. Mientras cerraba los ojos, la imagen del nudo azul bailó en su mente. Nadie en el castillo era simplemente lo que parecía, y él, la posesión más extraña del Rey, estaba empezando a entender que ser un objeto valioso era tan peligroso como ser un enemigo declarado.



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En el texto hay: realismo, magia, fantasia oscura

Editado: 29.04.2026

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