El Rey Bufón

Capítulo 17: La inercia del despertar

Regis abrió los ojos, pero la oscuridad de la celda no se disipó de inmediato. El techo de piedra parecía estar más bajo que de costumbre, una presión física que acompañaba al dolor sordo que le martilleaba detrás de las sienes. Intentó moverse, pero su cuerpo reaccionó con una rigidez dolorosa; sus músculos estaban entumecidos por haber dormido en una postura forzada sobre el jergón, una respuesta instintiva para proteger el costado donde antes ocultaba el pergamino.

Lo primero que hizo no fue respirar profundamente ni buscar la luz. Fue estirar la mano derecha hacia la base de la pared lateral. Sus dedos, entumecidos por el frío que subía del suelo, recorrieron la mampostería hasta encontrar la grieta. Solo cuando sintió la textura áspera y fría del papel enrollado al fondo de la hendidura, permitió que sus pulmones soltaran el aire que retenía. El mapa seguía allí. La traición seguía siendo real.

Se incorporó con lentitud, sintiendo un crujido en la espalda que le arrancó un quejido seco. Tenía la boca pastosa y la garganta irritada, como si hubiera tragado arena durante la noche. El hambre, que antes era un rugido, se había transformado en un vacío pesado en el centro de su estómago, una náusea leve que le quitaba las ganas de ponerse en pie.

Apoyó los pies descalzos sobre la piedra del suelo. El frío era intenso, una sensación punzante que lo ayudó a despejar la neblina del sueño. Caminó dos pasos hacia la palangana de cerámica que descansaba sobre un soporte de madera. Al no tener que aplicarse el maquillaje de bufón esa mañana, se sintió extrañamente vulnerable. Se inclinó sobre el agua estancada de la noche anterior y se lavó el rostro con ambas manos.

El contacto del agua fría lo hizo estremecerse. Se miró en el reflejo oscuro de la superficie. Sin las líneas blancas y rojas que solían ocultar su expresión, su rostro se veía pálido y las ojeras marcaban surcos profundos bajo sus ojos. Parecía más joven, pero también más frágil. Sus manos todavía tenían un leve temblor, un eco del agotamiento mágico que aún no se había disipado del todo. Tomó la jarra de barro y bebió un largo trago de agua. Sabía a humedad y a metal, pero nunca nada le había parecido tan necesario.

El sonido de la llave girando en la cerradura lo obligó a enderezarse de golpe.

Domus entró con la precisión de un mecanismo de relojería. Su uniforme no tenía una sola arruga y su rostro, como siempre, era una máscara de eficiencia imperturbable. El mayordomo se detuvo a un metro de Regis, recorriéndolo con una mirada que parecía pesar cada gramo de su fatiga.

—El descanso parece no haber sido suficiente para usted —sentenció Domus. No era una observación amable, sino el juicio de un capataz sobre una herramienta que se está desgastando—. El uso de la luz de anoche le ha dejado una marca que ni el agua fría puede borrar.

Regis no respondió. Sabía que en este castillo, cualquier queja sobre el dolor físico se consideraba una falla en la utilidad del objeto.

—Vístase con la túnica sencilla —ordenó Domus—. El soberano requiere su presencia en las bodegas del sector sur. No habrá presentaciones ni trucos hoy. Solo deberá estar allí.

—¿En las bodegas? —preguntó Regis, su voz sonando ronca y quebradiza.

—Ha llegado un cargamento del Marqués de Varna —dijo Domus, y por primera vez en la mañana, hubo una chispa de tensión en su tono—. O, mejor dicho, la sombra de un cargamento. Su majestad desea supervisar personalmente lo que el Marqués considera suficiente para alimentar a esta corte.

Regis se puso la túnica de seda sin adornos. Mientras caminaban por los pasillos inferiores, el proceso de avanzar se volvió una tortura sensorial. El olor de la cocina —pan caliente, especias, grasa asada— se filtraba por los conductos de ventilación y golpeaba a Regis como un puñetazo. Su estómago reaccionó con un espasmo tan fuerte que tuvo que presionar su mano contra el vientre para silenciar el ruido. Sentía una vergüenza sorda; su cuerpo reclamaba necesidades humanas básicas frente a la figura perfecta y casi artificial de Domus, que caminaba como si no necesitara aire ni alimento.

Descendieron por una escalera de piedra ancha y bien iluminada que conducía a los niveles más profundos del ala sur. A medida que bajaban, la temperatura descendía y el olor a aire viciado y grano seco se hacía más presente.

Llegaron a la bodega principal. Era un espacio inmenso, una catedral de almacenamiento con techos altos sostenidos por pilares de piedra maciza. Todo estaba, como siempre, impecablemente limpio. Los estantes de madera llegaban hasta el techo, pero lo que Regis vio lo dejó sin aliento: la mayor parte de ellos estaban vacíos. En un lugar diseñado para albergar suministros para meses, el orden solo servía para resaltar la escasez.

A lo lejos, cerca de un montacargas de madera, un grupo de oficiales del Rey discutía en susurros urgentes con un hombre vestido con las pieles pesadas que usaban los comerciantes del sur, un enviado del Marqués. Frente a ellos, de espaldas a la entrada, se alzaba una figura solitaria que Regis reconoció de inmediato por la postura rígida y la capa de terciopelo oscuro.

El soberano estaba observando un estante que solo contenía tres sacos de harina donde debería haber habido treinta.

Domus se detuvo a una distancia prudencial, haciendo una señal a Regis para que hiciera lo mismo. El silencio en la bodega era absoluto, roto solo por el goteo distante de una filtración y el murmullo asustado de los oficiales.

El monarca se giró lentamente. No miró a los oficiales, ni al enviado del Marqués, que sudaba a pesar del frío de la bodega. Su mirada pasó por encima de Domus y se clavó directamente en Regis. Por un momento, el joven bufón sintió que el Rey no buscaba entretenimiento, sino que escudriñaba su rostro limpio de maquillaje como si intentara encontrar en su "juguete" una verdad que sus consejeros no se atrevían a pronunciar.



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En el texto hay: realismo, magia, fantasia oscura

Editado: 29.04.2026

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