El silencio que siguió a la pregunta del Rey se expandió por la bodega como una marea invisible, ahogando los susurros de los oficiales y el eco de las gotas lejanas. Regis sintió una gota de sudor frío nacer en el límite de su cabello y descender lentamente por su nuca, contrastando con el aire gélido que subía de las losas de piedra. El peso de la mirada del soberano era absoluto, una presión que parecía exigir no solo una respuesta, sino una verdad que justificara su existencia.
Regis desvió la vista del Rey hacia los estantes vacíos. En su mente, las opciones se barajaban con una velocidad eléctrica. Si decía "veo orden", el Rey despreciaría su falta de visión. Si decía "veo un insulto", estaría avivando un fuego que podría consumirlo a él primero. Su estómago, vacío y dolorido, emitió un gruñido sordo, un recordatorio biológico de que, mientras los hombres hablaban de política, su cuerpo se estaba apagando.
Caminó hacia uno de los estantes de madera oscura. La estructura era imponente, diseñada para soportar toneladas de grano, pero ahora se alzaba como un esqueleto desnudo. Regis extendió un dedo y lo deslizó por la superficie de la madera. El sonido del roce —un shhh seco y prolongado— fue lo único que se escuchó en la estancia. Al levantar la mano, la yema de su dedo estaba impecable. No había una sola mota de polvo.
—Veo un espejo, Majestad —dijo Regis, volviéndose hacia el Rey. Su voz era baja, pero cargada de la sinceridad que da el agotamiento—. Está tan limpio que puedo ver mi propio hambre reflejado en él. Y el hambre... el hambre es una verdad que no sabe de protocolos.
El enviado del Marqués, un hombre que hasta entonces había intentado mantener una fachada de importancia, palideció de forma visible. Los oficiales del Rey se tensaron, algunos intercambiando miradas de puro escándalo ante la impertinencia del bufón. Sin embargo, nadie se atrevió a emitir un sonido. En este castillo, la palabra del Rey era la ley, y el Rey había pedido la opinión de su juguete.
Domus, a pocos metros, permanecía tan inmóvil como una de las estatuas del corredor superior, pero Regis, que había aprendido a leer los mínimos cambios en su mentor, notó cómo el mayordomo ajustaba imperceptiblemente el peso de su cuerpo. Había una vibración de peligro emanando de él.
El Rey guardó silencio durante lo que pareció una eternidad. Sus ojos recorrieron el estante vacío y luego volvieron a la figura pálida de Regis. No hubo risa, ni tampoco furia inmediata. Hubo una comprensión fría que resultó mucho más aterradora.
—Si mi juguete tiene hambre —dijo el Rey, con una voz que cortó el aire como un cuchillo—, es porque tu señor ha olvidado cómo cumplir un contrato.
El soberano hizo un gesto brusco a uno de sus guardias personales. —Trae una hogaza del pan de la guardia y un poco de queso. Que coma aquí, frente a este enviado del sur, para que el Marqués sepa que hasta mis perros notan su "limpieza".
Pocos minutos después, Regis sostenía en sus manos un trozo de pan denso, todavía ligeramente tibio, y una cuña de queso duro. El aroma lo golpeó con la fuerza de un impacto físico, haciendo que su boca se inundara de saliva. Bajo la mirada gélida de Domus y la expresión humillada del enviado del Marqués, Regis empezó a comer.
Cada bocado fue un proceso consciente. La textura rugosa de la corteza, el sabor salado del queso, el esfuerzo de su garganta para tragar mientras sentía la presión de una decena de ojos juzgándolo. No era una comida de alivio; era una exhibición. A medida que el alimento llegaba a su estómago, sintió cómo una chispa de energía empezaba a subir por su columna, aclarando un poco la neblina de su mente, pero también haciéndolo más consciente del peligro en el que se encontraba.
El Rey, satisfecho con la humillación que acababa de infligir, le dio la espalda al grupo para hablar con sus generales en el fondo de la bodega. Ya no necesitaba al bufón. Su utilidad para ese momento específico se había agotado.
Domus se acercó a Regis. No lo tocó, pero su presencia se sintió como una sombra alargada que lo envolvía.
—Vámonos —susurró el mayordomo. Su voz no contenía rastro de aprobación, solo una neutralidad que presagiaba una tormenta—. El Rey tiene asuntos de hombres que atender. Nosotros regresaremos a las sombras, que es donde perteneces.
Regis terminó de tragar el último trozo de pan, sintiendo el peso del alimento en su vientre como si fuera plomo. Siguió a Domus fuera de la bodega, dejando atrás la inmensidad vacía de los estantes y la mirada de odio del enviado del Marqués. Mientras subían por las escaleras hacia los niveles inferiores, Regis se dio cuenta de que el pan del Rey tenía un precio, y Domus estaba a punto de cobrarlo.
Editado: 29.04.2026