El ascenso desde las profundidades del ala sur fue un proceso lento y asfixiante. Regis caminaba tres pasos por detrás de Domus, manteniendo la cabeza baja, observando cómo los talones de las botas del mayordomo golpeaban el mármol con una precisión que resultaba insultante. El pan y el queso del Rey, que deberían haber sido una bendición, ahora se sentían en su estómago como una piedra incandescente. Su cuerpo, desacostumbrado a la ingesta repentina tras el colapso mágico, reaccionaba con una pesadez somnolienta; un calor denso empezó a extenderse por sus extremidades, chocando con las corrientes de aire gélido que recorrían los pasillos de servicio.
«He hablado demasiado», pensó Regis, sintiendo cómo el ritmo de su corazón se aceleraba a pesar de su fatiga física. «Le di al Rey lo que quería, pero le quité a Domus el control sobre mi voz. En este lugar, eso es una declaración de guerra».
El trayecto del punto A al punto B, desde la bodega hasta los niveles de la servidumbre, parecía haberse estirado. Domus no emitía sonido alguno, pero su paso era sutilmente más rápido de lo habitual. Regis tenía que esforzarse para no quedarse atrás, sintiendo cómo el sudor volvía a brotar en su nuca, humedeciendo el cuello de su túnica limpia. El sonido rítmico de las botas de Domus contra el suelo impecable marcaba un metrónomo de tensión que hacía que el paso desigual y ligeramente arrastrado de Regis sonara, a sus propios oídos, como el de un animal herido.
Al llegar a un pasillo lateral, una zona de tránsito flanqueada por arcos de piedra donde la luz de las antorchas apenas alcanzaba a lamer las sombras, Domus se detuvo en seco. Regis estuvo a punto de chocar contra su espalda, deteniéndose apenas a unos centímetros. El silencio que siguió fue denso, cargado con el olor a cera vieja y el rastro del queso que aún permanecía en el aliento de Regis.
Domus no se giró. Se quedó allí, de espaldas, con las manos entrelazadas detrás de la cintura. Regis sintió la urgencia física de explicar su respuesta al Rey, de justificar que solo estaba sobreviviendo, pero su mente lógica le impuso un silencio férreo. Cualquier palabra que saliera de su boca ahora sería una confesión o una debilidad.
—Límpiate —dijo finalmente Domus. Su voz fue un susurro gélido que pareció bajar la temperatura del pasillo—. Hueles a la caridad del soberano.
Domus señaló hacia un pequeño cuarto de aseo, una estancia estrecha destinada a que los sirvientes eliminaran el rastro del trabajo sucio antes de subir a las plantas nobles. Regis entró, sintiendo la mirada del mayordomo clavada en su nuca como un puñal. Dentro, una pileta de piedra recibía un hilo de agua constante.
Regis se acercó y hundió las manos en el agua helada. El frío le caló hasta los huesos de las muñecas, un dolor agudo que le devolvió un poco de la claridad que la digestión le estaba robando. Se lavó las manos con una insistencia casi obsesiva, frotando la yema de sus dedos para borrar cualquier rastro de la grasa del queso. Luego, tomó un puñado de agua y se enjuagó la boca. El sabor del pan desapareció, reemplazado por el gusto metálico y estéril del agua del castillo.
Al salir, Domus seguía en la misma posición, pero su mirada ahora era distinta. Había una evaluación nueva en sus ojos, una sospecha que ya no trataba solo sobre el potencial mágico de Regis, sino sobre su voluntad.
—El Rey cree que eres un espejo porque no tiene a nadie más que se atreva a reflejar su propia sombra —dijo Domus, acercándose un paso. Regis retrocedió instintivamente hasta que su espalda tocó la piedra fría de la pared—. Pero los espejos que muestran demasiado terminan rompiéndose.
Domus sacó de su cinturón un juego de llaves que Regis no había visto antes.
—No regresarás a tu celda todavía —sentenció—. Irás a la sala de registros de la guardia. Hay meses de informes de suministros que deben ser cotejados con lo que viste hoy en la bodega. Organizarás cada pergamino, cada entrada de grano. Y para asegurarme de que tu "hambre de verdad" no te distraiga, un guardia supervisará tu trabajo desde la puerta.
Regis sintió un frío nuevo. Domus no solo lo estaba castigando con trabajo mundano y agotador; estaba restringiendo su libertad de movimiento. Ya no podría deambular por el castillo bajo el pretexto de ser un bufón despistado.
—Entendido —respondió Regis, bajando la cabeza para ocultar el destello de rabia en sus ojos.
—Muévete —ordenó Domus, señalando el camino hacia la torre de registros.
Caminaron hacia la nueva tarea, y Regis sintió que el pan del Rey pesaba más que nunca. El camino era largo, y con cada paso, se alejaba un poco más de la grieta en su pared donde descansaba su único secreto, mientras la sombra de un guardia empezaba a proyectarse sobre su futuro inmediato.
Editado: 29.04.2026