El Rey Bufón

Capítulo 20: El contador de sombras

La Sala de Registros era un espacio que parecía diseñado para sofocar cualquier atisbo de pensamiento libre. Situada en un nivel intermedio entre la servidumbre y las plantas nobles, era una habitación pequeña, carente de ventanas y saturada de un olor rancio a pergamino seco, cuero viejo y aceite de lámpara quemado. La única iluminación provenía de un candil de latón que chisporroteaba con una irregularidad irritante, proyectando sombras alargadas y deformes sobre las paredes de piedra.

Regis se encontraba en cuclillas en el centro de la estancia, rodeado de torres inestables de documentos. En el umbral de la puerta, la presencia del guardia era una constante metálica e inamovible. No le hablaba, ni siquiera parecía mirarlo directamente, pero el sonido pesado de su respiración a través de la visera del casco y el roce ocasional de su guantelete contra el pomo de la espada eran recordatorios suficientes de que Regis no estaba allí para trabajar, sino para ser contenido.

«Finge torpeza», se recordó Regis, sintiendo cómo el cansancio de la digestión empezaba a nublarle la vista. «Eres un bufón, una mascota. Las letras son solo dibujos para ti».

Con un movimiento deliberadamente descuidado, tomó un fajo de pergaminos atados con un cordel de cáñamo. Sus dedos, entumecidos por la posición incómoda, lucharon con el nudo. Debía actuar como si la tarea fuera una carga incomprensible impuesta por el mal humor de Domus. Mientras fingía frustración, sus ojos, entrecerrados y rápidos, escaneaban el contenido de la primera hoja que se desenrolló sobre sus rodillas.

El esfuerzo de leer de reojo, sin mover los labios y manteniendo la cabeza ligeramente ladeada como si solo estuviera admirando la caligrafía, era agotador. Regis absorbió fragmentos de información que el castillo intentaba mantener en orden. Leyó sobre las caravanas de seda del este que, según los informes, habían sido obligadas a tomar rutas alternativas de semanas de duración debido a "derrumbes naturales" en los pasos principales. Sus ojos se movieron a otro pliego; este detallaba la duración inusual de las heladas en las tierras del Norte, explicando de forma indirecta por qué el acero y el combustible eran ahora la moneda de cambio más valiosa para los señores de aquellas tierras.

«El reino se está encogiendo», pensó Regis, sintiendo una punzada de ansiedad que nada tenía que ver con su hambre. «Las rutas se cierran y el frío aprieta. No es solo el grano del Marqués».

Pasó a una pila de documentos que llevaban el sello de cera verde de la casa Varna. Se obligó a manejar los papeles con cierta brusquedad, apilándolos por tamaño para que el guardia viera una lógica puramente visual en sus actos. En esos papeles, Regis vislumbró descripciones de viñedos que se extendían por leguas y pastizales que albergaban miles de cabezas de ganado. El Marqués no era solo un terrateniente; era el guardián de los valles más ricos del sur, el hombre que decidía qué entraba y qué salía de la despensa del mundo.

El aire en la habitación se volvió más denso. El polvo de los pergaminos antiguos, movido por sus constantes manipulaciones, empezó a flotar en el haz de luz de la lámpara. Regis sintió un picor insoportable en la nariz, pero se obligó a no estornudar para no romper el silencio que lo protegía. Sus piernas empezaron a protestar con calambres rítmicos, y el pan que el Rey le había dado ahora se sentía como una masa de plomo en su vientre, robándole la energía necesaria para mantener el simulacro.

De repente, el sonido de unos pasos firmes y elegantes resonó en el pasillo exterior. El guardia se cuadró, el metal de su armadura produciendo un chasquido seco. Domus entró en la sala, sus ojos recorriendo las pilas de documentos que Regis había organizado por sellos y texturas de papel.

Regis se levantó con torpeza, dejando que un par de rollos se deslizaran de sus manos y rodaran por el suelo. Mantuvo una expresión de cansancio vacío, la mirada perdida en algún punto del pecho del mayordomo.

—He terminado de... ponerlos juntos, señor —dijo Regis, su voz sonando débil y deliberadamente insegura—. Todos los que tienen la marca del árbol están allí, y los que tienen la marca del pájaro aquí.

Domus se acercó a una de las pilas y tomó un pergamino al azar. Lo miró brevemente y luego observó a Regis. No había aprobación en su rostro, pero tampoco la sospecha que Regis tanto temía. Para Domus, el hecho de que Regis hubiera agrupado los documentos por sus sellos era simplemente una prueba de que su "herramienta" podía seguir instrucciones básicas de clasificación visual.

—Es una tarea pequeña para un día tan largo, Regis —dijo Domus, dejando caer el pergamino sobre la pila—. Pero el orden es lo que mantiene este castillo en pie mientras el mundo exterior se desmorona. No creas que porque el Rey te dio pan ayer, tu lugar ha cambiado.

Domus hizo un gesto al guardia, quien se hizo a un lado.

—Regresa a tu celda. Mañana continuaremos con tu entrenamiento —sentenció el mayordomo—. Y reza para que tu mente esté más clara que hoy. El Rey no siempre estará de humor para escuchar espejos.

Regis asintió en silencio y salió de la habitación. Mientras caminaba hacia los niveles inferiores, sintiéndose más pesado y lento que nunca, la imagen de los mapas comerciales y las rutas bloqueadas seguía grabada en su memoria. Domus creía que solo había movido papel; no sabía que Regis acababa de llevarse consigo una geografía del miedo que el castillo intentaba ocultar tras su fachada de mármol y limpieza.



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En el texto hay: realismo, magia, fantasia oscura

Editado: 10.05.2026

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