El Rey Bufón

Capítulo 21: El eco de la lectura

El sonido del cerrojo encajando en su lugar fue la señal que el cuerpo de Regis estaba esperando para empezar a desmoronarse. Se quedó apoyado contra la madera de la puerta, con la frente pegada a la superficie fría, escuchando cómo los pasos del guardia se alejaban por el pasillo hasta convertirse en un eco indistinguible. El silencio que siguió no fue reconfortante; era denso, cargado con el peso de la información que acababa de robar de la Sala de Registros.

Sus ojos, irritados por las horas de lectura forzada bajo la luz vacilante de la lámpara de aceite, le ardían con cada parpadeo. Sentía la garganta seca, áspera por el polvo de los pergaminos antiguos que todavía parecía flotar en sus pulmones. Con movimientos mecánicos y lentos, se despojó de la túnica de seda, sintiendo cómo el aire gélido de la celda le erizaba la piel. Se puso la ropa de dormir, una tela raída que al menos no olía a la suntuosidad del Rey ni a la pulcritud de Domus.

Se sentó en el jergón de paja, pero no permitió que su espalda tocara la pared. Necesitaba un último esfuerzo.

Cerró los ojos y, en la negrura de su mente, empezó a reconstruir lo que había visto. Era un proceso doloroso, similar a intentar dibujar sobre agua estancada antes de que las ondas lo borraran todo. Visualizó las rutas comerciales de la seda; trazó la línea quebrada que rodeaba los pasos de montaña bloqueados. Repitió mentalmente los nombres de los valles del sur y la extensión de los pastizales del Marqués de Varna. Cada cifra de ganado, cada mención a las heladas del norte, fue fijada en un rincón de su memoria con la precisión de un grabador. El esfuerzo le provocó una punzada aguda detrás de los ojos, un latido rítmico que parecía compasarse con el de su propio corazón.

«Rutas del este... bloqueadas. Pastos del sur... rebosantes. El frío no es la causa, es la excusa», se repitió, hasta que las palabras se convirtieron en un mantra que le garantizaba que la información no se perdería en el olvido del sueño.

Solo cuando estuvo seguro de que el mapa mental estaba fijado, se permitió moverse. Se dejó caer al suelo y, gateando con cuidado para no hacer ruido sobre la piedra, se acercó a la base de la pared. Introdujo los dedos en la grieta, buscando el tacto familiar del pergamino enrollado. Al rozar el papel frío, un suspiro de alivio estuvo a punto de escapársele, pero se detuvo en seco.

Sus dedos se tensaron. Había dejado el rollo con el borde hacia arriba, o eso creía. Ahora, el tacto le sugería una inclinación diferente, un milímetro de diferencia que en su estado de paranoia se sentía como un grito. ¿Lo había movido él en su agotamiento nocturno? ¿O Domus había enviado a alguien a registrar su celda mientras él clasificaba papeles en la torre?

El silencio de la habitación se transformó de repente en una presencia hostil.

Un roce casi imperceptible llegó desde el pasillo. Fue un sonido blando, como el de una tela pesada arrastrándose contra el suelo o un paso que intentaba, sin éxito, ser absoluto. Regis se quedó congelado, con la mano todavía hundida en la grieta de la pared, conteniendo la respiración hasta que los pulmones empezaron a arderle por la falta de oxígeno. Sus oídos se agudizaron tanto que podía escuchar el crujido de la paja bajo su propio peso.

Fijó la vista en el ojo de la cerradura. Le pareció ver una sombra bloqueando el mínimo haz de luz que se filtraba desde el pasillo. Un segundo. Dos. El pestillo de la puerta emitió un chasquido metálico casi inaudible, como si alguien hubiera aplicado una presión mínima para comprobar si el cerrojo estaba realmente echado.

Regis no se movió. No retiró la mano de la grieta. Sabía que cualquier movimiento, por pequeño que fuera, delataría que estaba despierto y alerta. Era una presa fingiendo estar muerta ante un depredador que olfateaba la puerta.

Tras lo que pareció una eternidad, el roce de la tela se alejó. La sombra desapareció del ojo de la cerradura y el aire volvió a circular por el pasillo. Regis soltó el aire en un temblor largo y silencioso. El corazón le golpeaba las costillas con una fuerza que le hacía doler el pecho.

Retiró la mano de la pared y se tumbó en el jergón, pero no cerró los ojos. Se quedó mirando fijamente la oscuridad del techo, donde las sombras parecían dibujar las mismas rutas comerciales que acababa de memorizar. Su celda ya no era un refugio; era una caja de resonancia donde cada ruido era una amenaza y cada silencio una trampa.

El pan del Rey ya no le pesaba en el estómago, pero el conocimiento que ahora portaba en su mente se sentía más pesado que cualquier piedra del castillo. Regis comprendió, mientras esperaba que el alba lo encontrara todavía despierto, que a partir de esa noche, nunca volvería a estar solo en esa habitación. Domus, el Rey o la joven noble estarían siempre allí, observando desde las grietas de su propia mente.



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En el texto hay: realismo, magia, fantasia oscura

Editado: 10.05.2026

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