La luz gris del alba no entró en la celda de Regis; simplemente se filtró como una mancha de suciedad a través de la rendija superior, transformando la oscuridad absoluta en una penumbra fría y polvorienta. Regis no había dormido más de un par de horas en un estado de duermevela paranoico, y el despertar fue un proceso violento de reconocimiento. Al abrir los ojos, sintió como si tuviera arena bajo los párpados. Sus sienes latían con un ritmo sordo, un recordatorio del esfuerzo de memorización de la noche anterior.
Se incorporó con lentitud, escuchando cómo sus vértebras crujían en el silencio de la habitación. Cada movimiento era una negociación con el dolor. Se lavó el rostro con el resto del agua estancada, sintiendo el frío como un latigazo que apenas lograba despejar la niebla de su mente. Se vistió mecánicamente, ajustando los cordones de sus calzas y el cinturón de su túnica con dedos que se sentían rígidos, como si pertenecieran a otra persona. No hubo desayuno; en el castillo, el hambre era la primera lección del día.
Al salir de la celda, el aire del pasillo lo golpeó con un olor a ceniza fría y cera vieja. El trayecto hacia el ala de entrenamiento era un recorrido que Regis conocía de memoria, pero que esa mañana se sintió interminable. Atravesó el corredor de los tapices, donde las figuras tejidas de antiguos reyes parecían juzgar su paso vacilante. El suelo de mármol, todavía húmedo por el paso de los sirvientes que limpiaban de madrugada, emitía un chirrido leve bajo sus botas. A lo lejos, escuchó el sonido metálico de los baldes de madera de la servidumbre y el murmullo de los guardias que cambiaban de turno en el patio central, sus voces amortiguadas por los pesados muros de piedra. Regis evitó las miradas, caminando pegado a las sombras, sintiendo cómo el peso del secreto que portaba en su mente lo hacía encorvarse de manera casi imperceptible.
Finalmente, llegó a la Sala de los Espejos Negros. Era una estancia situada en una de las torres menores, diseñada específicamente para el aislamiento sensorial. Las paredes no eran de piedra común, sino de un mineral oscuro y pulido que apenas devolvía el reflejo de las lámparas. No había ventanas, y el silencio allí dentro era tan absoluto que se volvía una presencia física, una presión sobre los tímpanos que obligaba a escuchar el propio flujo sanguíneo.
Domus ya estaba allí. No estaba sentado; permanecía de pie en el centro exacto de la sala, con las manos entrelazadas a la espalda, una figura de orden perfecto en medio del vacío.
—Llegas tarde por tres minutos, Regis —dijo Domus sin volverse. Su voz no era alta, pero en aquella sala resonó como el golpe de un mazo—. El tiempo es la única variable que un mago lógico no puede recuperar.
Regis se colocó frente a él, bajando la cabeza en una reverencia que fue más una caída controlada que un gesto de respeto.
—Hoy no habrá libros, ni teoría sobre la refracción de la luz —continuó el mayordomo, fijando sus ojos gélidos en los de Regis—. La magia lógica no es solo intelecto; es resistencia. Es la capacidad de mantener una verdad estructural frente a la entropía del agotamiento. Extiende la mano.
Regis obedeció. Su brazo derecho tembló ligeramente al elevarse, una traición de sus nervios que Domus no pasó por alto.
—Genera una esfera de luz. Tamaño de una uva. Consistencia absoluta —ordenó—. No debe parpadear. No debe variar su intensidad. Mantendrás esa estructura hasta que yo diga lo contrario.
Regis cerró los ojos un instante para buscar el centro de su voluntad. Visualizó la lógica de la incandescencia, las ecuaciones de flujo que Domus le había inculcado. Un pequeño punto blanco surgió sobre su palma. Era una luz mínima, humilde, pero requería un enfoque total. El calor empezó a subir por sus dedos, una sensación punzante que pronto se convirtió en un ardor constante.
Pasó la primera hora. El silencio de la sala empezó a jugar con la mente de Regis. El esfuerzo de mantener la luz se volvió un peso muscular; sentía el deltoides arder y el bíceps tenso como una cuerda de arco. El sudor empezó a brotar en su frente, acumulándose en sus cejas hasta que una gota se deslizó lentamente hacia su ojo izquierdo. Le picaba, le quemaba, pero no podía parpadear ni soltar la mano para limpiarse. La esfera de luz debía permanecer inmutable.
Domus empezó a caminar a su alrededor. El sonido de sus pasos era lento, deliberado.
—Dime, Regis —dijo Domus, su voz moviéndose detrás de él—, ¿qué te parecieron los registros de ayer? Eran muchos nombres, ¿verdad? Muchos sellos.
Regis apretó los dientes. La luz vaciló un milímetro, ensanchándose apenas antes de que él la obligara a recuperar su forma esférica.
—Eran... bonitos, señor —respondió Regis, manteniendo la máscara de estupidez—. Muchos pájaros y árboles en la cera. Me cansé de contar.
—¿Te cansaste? —Domus apareció frente a él. Su rostro estaba a pocos centímetros del suyo, pero Regis mantuvo la vista fija en la luz—. Un juguete no debería cansarse de mirar dibujos. ¿No viste nada más? ¿Alguna cifra que te resultara familiar? ¿Alguna ruta que recordaras de los cuentos que te leo?
El hambre de la mañana empezó a manifestarse como un calambre en el estómago, un vacío que parecía absorber la energía que Regis necesitaba para alimentar la luz. La esfera empezó a emitir un zumbido casi imperceptible, el sonido de la lógica luchando contra el cansancio físico. Regis sintió que su visión se tunelizaba; el resto de la habitación desapareció, quedando solo el punto blanco en su mano y el rostro borroso de Domus.
—No sé de números, señor —mintió Regis, y su propia voz le sonó extraña, como si viniera de muy lejos—. Solo sé que el papel olía a viejo. Me dolían los ojos.
—Mientes —susurró Domus, pero no con ira, sino con una curiosidad clínica—. Mientes porque tu luz acaba de cambiar de frecuencia. No mucho, solo lo suficiente para que alguien que sepa mirar lo note. La mentira genera una fricción en la lógica, Regis. Y esa fricción consume energía.
Editado: 10.05.2026