El Rey Bufón

Capítulo 23: El encuentro en la lavandería

Regis salió de la Sala de los Espejos Negros con el cuerpo vibrando en una frecuencia que no era la suya. La magia lógica, cuando se estiraba hasta el punto de la extenuación, dejaba una estela de electricidad residual en los nervios que hacía que cada roce de la ropa se sintiera como una quemadura leve. Sus pulmones le reclamaban un aire que no estuviera viciado por el ozono de la energía mental, y su boca se sentía como si hubiera sido rellenada con algodón seco y ceniza.

Su primer objetivo no fue la lavandería, sino la supervivencia inmediata. Se tambaleó por el pasillo de la torre, apoyando la mano derecha en la piedra fría para mantener la verticalidad. Sus dedos todavía estaban enrojecidos por el calor de la esfera de luz, y el contacto con el muro le produjo un alivio punzante. Al llegar al patio de los sirvientes, el sonido del agua cayendo en la fuente de piedra fue para él más glorioso que cualquier fanfarria real.

Se arrojó prácticamente sobre el pilón. No le importó la pulcritud ni el protocolo. Metió la cara entera en el agua helada, sintiendo cómo el choque térmico silenciaba el zumbido de sus sienes. Bebió a grandes sorbos, tragando el líquido con una desesperación que le hizo doler la garganta. El agua le resbaló por las comisuras, empapando el cuello de su túnica y bajando por su pecho, pero Regis solo podía concentrarse en la sensación del frío invadiendo su sistema, apagando el incendio que el entrenamiento de Domus había provocado en sus órganos internos. Se incorporó jadeando, con gotas de agua colgando de sus pestañas, y por un momento el mundo dejó de inclinarse.

Sin embargo, el tiempo era un lujo que no poseía. Se limpió la boca con el dorso de la mano y emprendió el descenso hacia el ala oeste.

La lavandería real no era un lugar, era un clima. A medida que bajaba las escaleras de caracol que conducían a los sótanos profundos, el aire se volvía pesado, saturado de una humedad que se pegaba a la piel como una segunda capa de ropa. Al cruzar el umbral, el asalto sensorial fue total: el estruendo del agua corriendo por los canales de piedra, el golpe rítmico y violento de las palas de madera contra la tela húmeda y, sobre todo, el vapor. Grandes nubes blancas y espesas emanaban de las tinas de cobre hirviendo, flotando en el aire como fantasmas ciegos que devoraban la luz de las antorchas.

Regis se sintió desorientado de inmediato. El olor a jabón de sosa y lejía era tan fuerte que le escocían los ojos, ya castigados por el esfuerzo anterior. Caminó entre las hileras de tendederos donde las sábanas blancas colgaban como muros infranqueables, moviéndose apenas por las corrientes de aire caliente. El guardia que lo escoltaba se quedó en la entrada, reacio a sumergirse en aquel ambiente que empañaba el metal de su armadura y dificultaba la visión.

—Vengo por la túnica de servicio —anunció Regis a una figura borrosa que pasaba con un cesto, pero su voz fue devorada por el ruido ambiente.

Se adentró más en el corazón de la lavandería, donde el vapor era tan denso que apenas podía verse sus propios pies. Fue allí, en el rincón donde las telas más finas se dejaban enfriar, donde el mundo se detuvo.

A su izquierda, una silueta se materializó tras una cortina de vapor. No era una lavandera; la postura era demasiado erguida, demasiado grácil para alguien que pasaba el día encorvado sobre una tina. Regis se congeló, con el corazón martilleando contra sus costillas. No podía verle el rostro; el vapor lo difuminaba todo, dejando solo la impresión de una presencia noble envuelta en telas oscuras que parecían absorber la humedad sin esfuerzo.

—El hambre es un mal consejero para un espejo —dijo una voz. Era un susurro melódico, amortiguado por el vapor, pero cada palabra llegó a Regis con una claridad sobrenatural—. Pero la sed de verdad es lo que termina por romper el vidrio.

Regis no se atrevió a hablar. Su mente lógica intentaba procesar la situación, pero su cuerpo seguía en alerta roja. La silueta se acercó un paso. Regis pudo notar el aroma de una flor extraña, un perfume sutil que no pertenecía a aquel sótano de lejía y sudor.

—El Marqués de Varna no solo esconde grano, Regis. Esconde la llave de una puerta que el Rey cree tener cerrada —continuó la voz—. Necesitarás más que trucos de luz para cruzar los pasillos que se están abriendo bajo tus pies.

Sin previo aviso, una mano enguantada surgió de la neblina. No buscó su rostro, sino que se dirigió directamente hacia la túnica limpia que Regis acababa de recoger mecánicamente de una mesa cercana. Antes de que él pudiera reaccionar, sintió un peso ligero deslizándose entre sus dedos, seguido por el roce de una cadena fría contra su piel.

—No lo dejes caer —advirtió la voz antes de que la silueta se desvaneciera de nuevo en la blancura del vapor.

Regis se quedó solo, con el pulso acelerado. Cerró el puño instintivamente. Dentro de su mano, oculto por los dobleces de la túnica húmeda, sintió un objeto circular y metálico unido a un cordón fino. Con un movimiento rápido y desesperado, aprovechando que una ráfaga de vapor lo cubría por completo, deslizó el objeto bajo el cuello de su ropa. El metal estaba frío, tan frío que le hizo dar un respingo cuando tocó la piel de su pecho, justo encima del esternón.

Era una moneda, pero el peso sugería algo más que simple divisa. No pudo ver el sello, pero al palparlo con los dedos a través de la tela, notó una serie de relieves profundos, un patrón complejo que se sentía como una herida en el metal.

Salió de la lavandería con el fardo de ropa bajo el brazo, caminando con una rigidez que intentaba ocultar el colgante que ahora descansaba contra su corazón. El guardia lo observó con desinterés mientras salían al aire más fresco de los pasillos superiores, pero para Regis, cada encuentro casual era ahora una amenaza. Sentía el colgante como una marca de hierro candente; estaba convencido de que cualquiera que lo mirara podría ver el bulto bajo su túnica o escuchar el tintineo del metal contra sus costillas.



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En el texto hay: realismo, magia, fantasia oscura

Editado: 10.05.2026

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