La celda, en la penumbra de la mañana, se sentía más pequeña de lo habitual. Regis estaba sentado en el borde del jergón, con la espalda encorvada y los ojos fijos en el objeto que colgaba de su cuello. Con un movimiento lento, introdujo la mano bajo su túnica y extrajo la moneda. A la luz grisácea que se filtraba por la rendija, el metal no brillaba; tenía un tono apagado, plomizo, como si hubiera sido acuñado en las sombras.
El símbolo grabado era una llave rota, cruzada por una espiga de trigo marchita. El relieve era profundo, de bordes afilados que se hundían en la yema de su dedo cuando lo presionaba. El cordón de seda negra que la sostenía era fino pero resistente, aunque ya empezaba a irritarle la piel del cuello, dejando una marca rosada que ardía con el sudor residual del entrenamiento. Regis sabía que ese colgante era una sentencia si Domus lo encontraba, pero también era la primera vez que poseía algo que no le había sido otorgado por la "generosidad" del castillo.
Tras unos minutos de contemplación silenciosa, se guardó la moneda bajo la ropa. Ajustó la túnica para asegurarse de que el metal descansara plano contra su esternón, evitando cualquier tintineo contra la piedra o la madera. Se puso de pie, sintiendo un mareo ligero —el eco del hambre y el esfuerzo del día anterior— y se dispuso a enfrentar la rutina del castillo.
El trayecto hacia el comedor de la servidumbre fue una lección de observación. Regis caminó por los pasillos de servicio, aquellos que conectaban las entrañas del ala oeste con las cocinas bajas. El ambiente en el castillo había cambiado. La tensión ya no era un susurro político en las plantas altas; ahora era una vibración física en los niveles inferiores. Al pasar por el corredor de las caballerizas, vio a un guardia de la puerta gritarle a un mozo de cuadra simplemente porque el chico había tropezado con un balde. El guardia tenía el rostro congestionado y los ojos hundidos, una irritabilidad que nacía de la falta de sueño y, posiblemente, de raciones reducidas.
Las sirvientas que cruzaba ya no murmuraban chismes; caminaban deprisa, con la mirada fija en el suelo y los hombros encogidos. El silencio en los pasillos era denso, interrumpido solo por el sonido metálico de las armaduras y el eco de puertas cerrándose con violencia. El castillo estaba conteniendo el aliento, y el aire mismo parecía haberse vuelto más delgado.
Al acercarse a la zona de las cocinas, el cambio fue aún más evidente a través del olfato. Ya no flotaba ese aroma rico a grasa de asado, hierbas frescas y pan recién horneado que solía filtrarse por las grietas de la piedra. En su lugar, el aire estaba cargado con un olor agrio a caldo aguado, raíces hervidas y harina quemada. Era el olor de la escasez disfrazada de alimento.
Regis entró en el comedor de los criados y se puso en la fila. El cocinero, un hombre que antes solía tener una palabra grosera pero jovial para todos, ahora repartía las raciones con una eficiencia gélida. Cuando llegó el turno de Regis, recibió un trozo de pan que se sentía tan duro y pesado como un guijarro del río, y un tazón de una sopa grisácea donde apenas flotaban un par de trozos de nabo fibroso.
Se sentó en un rincón, lejos de las mesas largas. Observó a los otros sirvientes. Comían con una desesperación animal, encorvados sobre sus cuencos, rodeando el plato con los brazos como si temieran que el vecino fuera a arrebatárselos en cualquier momento. No había conversación, solo el sonido de las cucharas golpeando la madera y el masticar laborioso del pan rancio.
Regis miró su propia ración. Su estómago rugía, una demanda física que le nublaba el juicio, pero su mente lógica impuso una disciplina férrea. Sabía que venían días peores. Con un movimiento fluido, partió el pan. Comió la mitad, masticando cada bocado hasta que se convirtió en una pasta insípida que le costó tragar. La otra mitad, de manera disimulada, la envolvió en un jirón de tela sucia que llevaba en el bolsillo. La deslizó dentro de su bota, ajustándola contra el tobillo. El roce era incómodo, pero el peso del pan contra su piel le daba una extraña sensación de seguridad.
De regreso hacia su zona de trabajo, el destino lo obligó a pasar cerca de la entrada de las cocinas reales, las que servían al Rey y a la alta nobleza. Allí, el contraste fue una bofetada. Un criado salía cargando un cubo de desperdicios para los cerdos; en la superficie del cubo, Regis vio restos de carne asada que aún conservaban jugos, huesos con médula y trozos de pastel de frutas apenas mordidos.
Ese desperdicio, mientras en el piso de abajo los hombres se peleaban por nabos amargos, encendió algo en el pecho de Regis. No fue una ira explosiva, sino una resolución fría y afilada. La injusticia del castillo ya no era un concepto teórico; era una realidad física que podía ver y oler.
Al llegar al pasillo que conducía a su celda, se detuvo frente a un nicho donde una estatua de un santo decapitado acumulaba polvo desde hacía décadas. Miró a ambos lados. El pasillo estaba desierto, el guardia de turno aún no había pasado. Se arrodilló y, con los dedos, exploró la base de la estatua. Encontró un hueco, una pequeña cavidad donde la piedra se había desmoronado detrás del pedestal. No era la grieta donde guardaba el mapa; necesitaba diversificar sus riesgos. Si Domus encontraba el mapa, quizá no encontraría la ración. Si encontraba la ración, quizá pensara que Regis solo era un sirviente hambriento y no un espía con un mapa del reino.
Introdujo el envoltorio con el pan en el hueco, empujándolo al fondo hasta que quedó cubierto por la sombra del pedestal. Se levantó, sacudiéndose el polvo de las rodillas, y continuó su camino.
Al entrar en su celda y cerrar la puerta, Regis se sentó de nuevo en el jergón. El vacío en su estómago seguía allí, una punzada persistente que le recordaba que solo había comido la mitad de lo que le correspondía. Sin embargo, al tocar el colgante bajo su túnica y pensar en el pan escondido bajo la estatua, sintió que, por primera vez, el miedo estaba empezando a cambiar de forma. El miedo en el castillo tenía una anatomía clara: estómagos vacíos y secretos llenos. Y Regis, a pesar de su debilidad física, estaba empezando a aprender cómo navegar entre ambos.
Editado: 10.05.2026