El Rey Bufón

Capítulo 25: La audición privada

La convocatoria llegó cuando la luz mortecina de la tarde apenas lograba teñir de un gris sucio las paredes de la celda de Regis. Un paje real, cuya librea se veía impecable pero ligeramente holgada sobre sus hombros, golpeó la puerta con la sequedad de quien cumple una orden tediosa. El Rey deseaba entretenimiento antes de su cena privada.

Regis se puso de pie, sintiendo cómo el hambre, esa compañera fiel, le daba un mordisco de bienvenida en el estómago. Sabía que no podía presentarse ante el soberano como un sirviente cualquiera; el papel de bufón exigía una ceremonia de degradación visual que él ya realizaba con una eficiencia automática y desapasionada.

Se acercó al pequeño rincón donde guardaba sus bártulos. El proceso de preparación fue meticuloso. Primero, se despojó de la túnica de lana basta de los entrenamientos y se enfundó en el jubón de seda desgastada, una prenda que alguna vez fue de un azul vibrante pero que ahora, bajo la luz de Regnorum, parecía el color de un cadáver ahogado. Las costuras estaban reforzadas, pero las mangas terminaban en unos puños de encaje amarillento que le daban un aspecto frágil, casi ridículo.

Luego vino el maquillaje. Regis tomó un pequeño cuenco con una pasta de albayalde y grasa. Con dedos expertos, extendió la mezcla sobre su rostro, borrando sus facciones humanas hasta convertir su cara en una máscara de porcelana agrietada. El blanco era tan absoluto que sus ojos, inyectados en sangre por la falta de sueño y el esfuerzo de la magia lógica, resaltaban como dos brasas en un montón de ceniza. Con un trozo de carbón vegetal, trazó dos líneas verticales que nacían en sus cejas y morían en sus mejillas, una simetría que negaba cualquier expresión natural. Por último, se aplicó un pigmento rojo violáceo en los labios, exagerando la comisura hacia arriba en una sonrisa eterna y estática que no llegaba a sus ojos.

Antes de salir, Regis se detuvo. Introdujo la mano bajo el cuello del jubón y sintió el tacto gélido de la moneda que la joven noble le había entregado en la lavandería. El metal estaba frío contra su pecho, un recordatorio de su verdadera identidad oculto bajo la máscara blanca. Se aseguró de que el cordón de seda estuviera bien oculto y que el colgante no produjera ningún relieve sospecho bajo la tela fina.

El trayecto hacia el Salón de Invierno fue un ascenso físico y simbólico. Regis caminaba detrás del paje, manteniendo un paso ligero y saltarín, el paso del "juguete", mientras sus ojos escaneaban cada rincón del castillo. Notó que las antorchas en los pasillos principales estaban más espaciadas que la semana anterior; el olor a pez quemada era más tenue, señal de que incluso en los niveles altos se racionaba el combustible. El frío de Regnorum era aquí más sutil que en las celdas, amortiguado por pesados tapices que representaban escenas de caza en bosques que ya no existían, pero aun así lograba calar a través de su fina ropa de bufón.

Cruzaron el corredor de los mapas. Regis ralentizó el paso un segundo, fingiendo que se ajustaba una calza. Sus ojos volaron hacia la gran representación de Regnorum tallada en madera y oro que dominaba la pared. Vio el Centro, el Dominio Real, rodeado por los anillos de los Ducados, y visualizó mentalmente la posición de Varna, ese cerrojo que mantenía al país en un estado de asfixia. El paje carraspeó con impaciencia y Regis recuperó su trote ridículo, sintiendo cómo el colgante golpeaba rítmicamente su esternón.

Finalmente, las puertas dobles del Salón de Invierno se abrieron. La estancia era pequeña, diseñada para ser calentada con facilidad, pero el aire seguía teniendo un filo helado. El Rey estaba sentado frente a una chimenea donde tres troncos de roble ardían con una furia contenida. Sobre una mesa baja, una cena solitaria esperaba: un faisán asado cuya piel dorada brillaba bajo la luz del fuego, una hogaza de pan blanco tan puro que parecía nieve, y una jarra de vino que desprendía un aroma a especias y clavo.

El olor golpeó a Regis como un puñetazo. Su estómago emitió un gruñido sordo que logró disimular con una pequeña pirueta y una reverencia exagerada que hizo que los cascabeles de su sombrero emitieran un tintineo lúgubre.

—Haz algo de luz, bufón —dijo el Rey sin apartar la vista de las llamas. Su voz sonaba hueca, cansada—. La oscuridad de este castillo empieza a tener garras.

Regis se colocó en un rincón, fuera del círculo de calor de la chimenea. Cerró los ojos un instante, invocando la lógica que Domus le había enseñado. Concentró la energía en la punta de sus dedos, ignorando el hambre que le hacía temblar las manos. Una pequeña esfera de luz, del tamaño de una uva y de una blancura perfecta, surgió en el aire. La mantuvo allí, flotando con una consistencia absoluta, iluminando las sombras del salón con una claridad clínica que contrastaba con el baile anaranjado del fuego.

El Rey tomó un cuchillo de plata y cortó un trozo de faisán. El jugo de la carne resbaló por la hoja. Regis observó el movimiento, sintiendo cómo su boca se inundaba de saliva. El soberano masticó con lentitud, como si el acto de comer fuera una obligación tediosa más que un placer.

—Dime, juguete —comenzó el Rey, señalando con el cuchillo hacia la ventana donde el viento de invierno aullaba contra el cristal—. ¿Qué dicen las piedras del castillo hoy? ¿Tienen miedo del frío?

Regis inclinó la cabeza, manteniendo su sonrisa pintada. —Las piedras están calladas, Majestad. Están ocupadas intentando recordar el calor del sol. Pero los pasillos... los pasillos susurran que el anillo se está apretando.

El Rey se detuvo con la copa de vino a medio camino de los labios. Miró a Regis, y por un segundo, la máscara blanca del bufón y la máscara de poder del monarca se enfrentaron en un silencio absoluto.

—Un anillo que se estrecha —repitió el Rey en un susurro—. Varna cree que tiene la llave de mi despensa, y los Duques se esconden tras sus muros en sus propias capitales, esperando a ver quién cae primero. El invierno no es lo único que se queda sin tiempo, Regis. Dile eso a tu maestro cuando vuelvas a las sombras.



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En el texto hay: realismo, magia, fantasia oscura

Editado: 10.05.2026

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