Regis cerró la puerta de su celda con un movimiento fluido, casi imperceptible, evitando que el pestillo golpeara el marco de madera. El silencio en los niveles bajos del castillo no era nunca un silencio real; era una mezcla de corrientes de aire, el crujido de la piedra vieja y el eco distante de los pasos de los guardias. Sin embargo, en cuanto se apoyó contra la puerta, un sonido nuevo, pequeño y constante, le heló la sangre: ploc... ploc... ploc.
Se quedó inmóvil, con el pecho subiendo y bajando con dificultad. Bajo el jubón de seda, el ala de ave y el pan blanco que el Rey le había entregado se sentían como piedras calientes contra su piel. Pero ese goteo... ese sonido venía del fondo, de la esquina donde la mampostería se unía al suelo formando el único rincón que Regis consideraba suyo.
Avanzó en la penumbra, sin encender luz alguna todavía. Sus manos, manchadas con los restos secos del albayalde, palparon la superficie rugosa de la pared. El pánico le recorrió la columna como una descarga de hielo. La piedra no estaba fría, estaba empapada.
Una filtración, alimentada quizá por el deshielo tardío de las almenas superiores o por una cañería reventada en las cocinas, estaba drenando un agua negra y fétida directamente sobre su escondite. Regis se arrodilló, ignorando el dolor en sus articulaciones. Con movimientos frenéticos pero controlados, retiró la piedra suelta. El corazón se le detuvo. El hueco estaba inundado. El mapa, aquel pergamino que contenía las rutas comerciales y la geografía prohibida del reino, estaba sumergido en un charco de humedad.
—No... —susurró, pero su propia voz le sonó como un estallido en la habitación.
Se tapó la boca de inmediato, mirando hacia la puerta. El ojo de la cerradura era una pupila de luz mortecina que lo vigilaba desde el pasillo. Sabía que en cualquier momento un guardia aburrido o un paje curioso podía asomarse. No podía simplemente sacar el mapa y examinarlo; el blanco del pergamino brillaría en la oscuridad como una señal de traición.
Regis se sentó de espaldas a la entrada, usando sus hombros y su espalda como una barrera física. Era una postura incómoda que le obligaba a encorvarse, pero era la única forma de ocultar lo que sus manos estaban a punto de hacer. Invocó su magia lógica, pero esta vez no buscó claridad. Necesitaba calor.
Cerró los ojos y concentró la energía en sus palmas. No creó una esfera; en su lugar, hizo que la superficie de sus manos vibrara con una temperatura constante y seca. El esfuerzo fue atroz. La magia lógica, cuando se usaba para alterar la materia física de forma tan minuciosa, drenaba la energía mucho más rápido que un simple destello. Un dolor punzante, como un clavo de hierro, se le clavó tras los globos oculares.
Pulgada a pulgada, fue pasando el pergamino mojado entre sus manos calientes. Podía sentir cómo el vapor mínimo se elevaba, desapareciendo en el aire frío de la celda. El papel, antes blando como piel muerta, recuperó poco a poco su rigidez. Sus dedos, heridos por los entrenamientos de Domus y entumecidos por el frío, temblaban violentamente. Cada segundo que pasaba era una eternidad de agotamiento mental. Vivir bajo vigilancia constante significaba que incluso un goteo en la pared se convertía en una sentencia de muerte.
¿Dónde esconderlo ahora? La grieta ya no era segura. El agua seguiría manando, destruyendo cualquier cosa que tocara. Miró su jergón, pero sabía que las inspecciones de los guardias solían empezar por remover la paja. Sus ojos recorrieron la habitación, desesperados, hasta que se detuvieron en su propia ropa de bufón.
El jubón de seda azul tenía un doble forro en la zona del pecho, diseñado para dar volumen a la prenda y que el bufón pareciera más ridículo. Con una astilla de madera que arrancó del marco de su cama, Regis empezó a descoser una pequeña sección del forro interior. No tenía aguja, así que usó sus propios dedos y la punta de la astilla para guiar el pergamino dentro de la tela.
El roce del papel seco contra su costado se sentía como una marca al rojo vivo. Ahora cargaba con el mapa literalmente pegado a su cuerpo. Si alguien lo registraba físicamente, estaba perdido. El pánico se transformó en una fatiga pesada, una náusea que le cerraba la garganta. El esfuerzo de mantener la máscara de bufón frente al Rey, de memorizar rutas comerciales y ahora de salvar el mapa de la humedad lo había dejado vacío.
Se desplomó sobre el jergón, con los músculos todavía vibrando por el sobreesfuerzo mágico. El pan blanco que le había dado el Rey seguía allí, envuelto en un trapo, pero Regis no podía comer. El agotamiento mental era tal que incluso el hambre parecía algo lejano, una preocupación de otro hombre. Se quedó mirando el techo, escuchando el goteo constante de la pared, sabiendo que la rutina se había roto y que, a partir de ahora, cada paso que diera en el castillo sería como caminar sobre un hilo de seda sobre un abismo de espadas.
------------------------------------------------------------------------------------------------Significados:
Mampostería: Obra de construcción hecha con piedras o ladrillos unidos con argamasa o cemento.
Albayalde: Pasta blanca de plomo usada antiguamente en cosmética y pintura para blanquear el rostro.
Acuidad: Agudeza o claridad de los sentidos o de la mente para percibir detalles mínimos.
Jergón: Colchón de paja o hierba seca, generalmente tosco y poco cómodo.
Mortecina: Luz o fuego que tiene poca intensidad y parece que va a apagarse pronto.
Fétida: Que desprende un olor malo, desagradable y muy penetrante.
Editado: 10.05.2026