El amanecer en la fortaleza se sentía como una extensión de la noche, una penumbra gris que no lograba disipar el frío que se colaba por las piedras. Regis despertó antes de que el primer rastro de claridad se filtrara por la rendija de su celda. No hubo una transición suave entre el sueño y la vigilia; simplemente abrió los ojos y el dolor en su costado izquierdo le recordó dónde terminaba su carne y dónde empezaba la traición. Se quedó inmóvil en el jergón, sintiendo el frío de la piedra filtrándose a través de la paja rancia. El mapa, ahora cosido al forro interior de su jubón, se sentía como una placa de cuero rígido que le dictaba cómo debía respirar. Cada vez que sus pulmones se expandían, el pergamino presionaba sus costillas, recordándole que ahora cargaba con un secreto que no podía dejar en ninguna grieta de la pared.
El hambre ya no era un rugido en su estómago; era una presencia constante, un vacío ácido que le subía por la garganta y le nublaba la vista si se ponía de pie demasiado rápido. Sin embargo, algo en el aire del castillo lo obligó a levantarse con cuidado. El ambiente no sonaba como otros días. No se escuchaba el murmullo de los pajes corriendo hacia las cocinas ni el eco de las bromas de los sirvientes que solían resonar en los pasillos de servicio. Había un silencio pesado, denso, solo interrumpido por el choque metálico de armaduras moviéndose a toda prisa hacia el patio de armas.
Regis no buscó el cuenco de albayalde. No había sido convocado por el Rey, y en la intimidad de su miseria, no tenía motivos para cubrir su rostro con la sonrisa falsa de la pasta blanca. Se puso la túnica oscura sobre el jubón, asegurándose de que el bulto del mapa quedara disimulado, y salió de su celda. Se movió como una mancha de aceite, pegado a las paredes de piedra húmeda, evitando las antorchas que ya empezaban a parpadear por falta de aceite. En este lugar, hasta la luz parecía estar rindiéndose.
Llegó a una de las galerías altas que daban al patio principal y se escondió tras un tapiz raído que olía a polvo y olvido. Desde las sombras de la galería, sin el peso del maquillaje ni la distracción de los cascabeles, sus ojos se enfocaron en el patio con una agudeza nacida del miedo. Abajo, la escena era visceral.
Un caballo, con los costados cubiertos de una espuma blanca mezclada con sangre, se desplomó pesadamente sobre los adoquines. El animal soltó un quejido de agonía y no volvió a moverse. Sobre la silla, un hombre apenas lograba mantenerse unido a la vida. Su capa estaba hecha jirones y cubierta de un barro rojizo, denso y espeso. Regis reconoció ese tono de inmediato: era la tierra arcillosa de las tierras bajas del sur, la misma que había memorizado en el mapa que ahora cargaba contra su piel.
El mensajero tenía una flecha rota clavada cerca del hombro y sus dedos estaban negros por el frío extremo de la travesía. No traía noticias de gloria; traía el olor de la derrota y el barro de un reino que se estaba desmoronando más allá de los muros de la fortaleza.
—¡Abran paso! —la voz de Domus cortó el aire con la frialdad de una cuchilla.
El maestro de Regis entró en el patio flanqueado por dos guardias de la torre. Su paso era medido, casi clínico, sin rastro de la urgencia que el momento parecía exigir. Detrás de él, un médico intentó acercarse con una bolsa de cuero llena de herramientas, pero Domus lo detuvo con un brazo firme, sin siquiera mirarlo. Los guardias bajaron al mensajero del caballo como si fuera un saco de grano vacío. El hombre golpeó el suelo y un sonido húmedo, como el de algo rompiéndose por dentro, escapó de sus labios.
Regis contuvo la respiración desde su escondite. Sin la máscara de bufón, su rostro mostraba una tensión pura, los músculos de su mandíbula apretados mientras observaba a Domus. Podía ver cómo el mensajero intentaba hablar, pero de su garganta solo salía un silbido ronco. El hombre apretó un tubo de cuero contra su pecho con la fuerza que solo da la desesperación.
—El mensaje primero —ordenó Domus. Su voz era como el crujido de la nieve congelada—. Habla si quieres que te demos de beber. ¿Qué ha pasado en el paso del sur?
El mensajero abrió la boca y un hilo de sangre espesa le manchó la barbilla.
—Varna... —logró decir entre espasmos—. No solo... no solo cerraron el paso. Han quemado los depósitos de grano. No queda nada, señor. Todo es ceniza. El Marqués ha jurado que no entrará un grano más hasta que el Rey se arrodille.
Un escalofrío recorrió a los pocos sirvientes que observaban desde los rincones oscuros del patio. Regis sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Si los depósitos del sur habían ardido, el hambre en el castillo pasaría de ser una penuria a una carnicería sistemática. El bloqueo de Varna ya no era una maniobra de poder; era un exterminio.
Domus le arrebató el tubo de cuero de las manos que ya empezaban a relajarse en la muerte. Lo abrió con un movimiento seco, ignorando al hombre que se convulsionaba frente a él. Leyó el papel rápidamente y su rostro, normalmente inexpresivo como las piedras del castillo, se tensó de una forma que hizo que Regis retrocediera un paso en las sombras de la galería.
—¡Cierren las puertas! —gritó Domus hacia las murallas, su voz retumbando con una autoridad que no admitía réplica—. ¡Suban el puente levadizo! Que nadie entre ni salga sin mi sello o el del Rey. Estamos en estado de alerta total.
El sonido que siguió fue el más aterrador que Regis había escuchado en su vida: el rechinar de las pesadas cadenas de hierro del puente levadizo subiendo. El chirrido del metal contra el metal era un grito de guerra que vibraba en las piedras mismas de la fortaleza. El golpe seco de la madera contra el marco de piedra al cerrarse sonó como la tapa de un ataúd sellándose definitivamente sobre todos ellos.
Regis se alejó de la galería, apretando el brazo contra su costado para sentir el mapa. El contacto del pergamino rígido le recordó que el tiempo de observar se había acabado. Este lugar se había convertido en una tumba de piedra, y el exterior ya no enviaba noticias, solo cadáveres. Mientras regresaba a su celda, sintió la primera punzada de una jaqueca incipiente tras los ojos. Su Magia Lógica, esa luz blanca que Domus lo obligaba a perfeccionar con crueldad, pronto sería la única herramienta capaz de abrir una grieta en aquel encierro que acababa de condenarlos a todos a morir de hambre tras sus propios muros.
Editado: 10.05.2026