El Rey Bufón

Capítulo 28: El interrogatorio de Domus

El sonido del puente levadizo al cerrarse todavía retumbaba en el cráneo de Regis, como si los muros de la fortaleza se hubieran convertido en los costados de un ataúd de piedra. Se encontraba sentado en su jergón, con la espalda apoyada contra la pared que todavía goteaba una humedad negra. La oscuridad de su celda era casi absoluta, pero él podía sentir el mapa. El pergamino, cosido con desesperación al forro de su jubón, se sentía como una herida que no terminaba de sanar. Estaba rígido, frío, y con cada respiración profunda, las esquinas del papel presionaban sus costillas, recordándole que su vida dependía de un trozo de piel de animal procesada.

El hambre ya no era una sensación de vacío; era una garra que le apretaba las entrañas, provocándole temblores en las manos. Sabía que afuera, en los pasillos, el aire olía a miedo. El grano se había convertido en ceniza en el sur, y en este lugar, el pan pronto valdría más que el oro.

De pronto, un sonido suave lo puso en alerta. No eran las botas pesadas de un guardia, sino el roce casi imperceptible de una túnica contra el suelo de piedra. Regis no necesitó ver para saber quién estaba allí. El aire alrededor de la puerta pareció volverse más pesado, más gélido.

—Levántate —la voz de Domus llegó desde la penumbra, desprovista de cualquier matiz de emoción.

Regis se puso de pie con lentitud, sintiendo un mareo súbito que lo obligó a apoyarse en la pared. No se puso el maquillaje ni el gorro de cascabeles; frente a su maestro, la máscara de bufón no servía de nada. Salió al pasillo y siguió la silueta alta y delgada de Domus. Caminaron por corredores que Regis nunca había visto tan vigilados. Los guardias estaban apostados en cada esquina, con los rostros pálidos y las manos apretando las picas hasta que los nudillos se les ponían blancos. El encierro total había convertido la fortaleza en una olla a presión.

Llegaron a la sala de entrenamiento, un espacio amplio y despojado de muebles, donde el frío parecía nacer del mismo suelo. No había antorchas encendidas; Domus no permitía distracciones lumínicas cuando se trataba de la Magia Lógica.

—Forma un cubo —ordenó Domus, dándole la espalda—. Tres pies de lado. Luz sólida, blanca, sin vibración. Ahora.

Regis cerró los ojos y buscó el centro de su mente, ese lugar donde la lógica se convertía en energía. Visualizó las líneas, los ángulos rectos, la perfección geométrica que su maestro exigía. Poco a poco, una luz blanca y pura empezó a nacer frente a él. No era una llama que bailaba; era un bloque de claridad absoluta que parecía tener peso físico.

El esfuerzo fue inmediato. Regis sintió una punzada eléctrica detrás de los ojos. La Magia Lógica no nacía del corazón ni de la fe, sino de una concentración cerebral tan violenta que drenaba el cuerpo en minutos. El sabor amargo del metal inundó su boca y una gota de sudor frío le recorrió la sien.

—Mantén la estructura —dijo Domus, empezando a caminar en círculos alrededor de él—. Mientras tu mente sostiene la luz, dime: ¿qué encontraste realmente en la sala de registros la semana pasada?

El corazón de Regis dio un vuelco, pero no permitió que el cubo de luz parpadeara. Sabía que cualquier alteración en la luminosidad delataría su nerviosismo.

—Libros de contabilidad viejos, maestro —respondió Regis, con la voz apenas un hilo—. Polvo. Sellos de familias que ya no existen.

—No me mientas, bufón —el tono de Domus se volvió más bajo, más peligroso—. El mensajero que llegó hoy traía noticias de Varna. Pero los informes que tú organizaste hablaban de movimientos de suministros hacia el sur hace un mes. Hablaban de sellos de cera roja, la marca personal del Marqués. ¿Viste esos sellos?

—Yo... no sé leer esos nombres, maestro —mintió Regis. La jaqueca se intensificó, convirtiéndose en un clavo que alguien golpeaba rítmicamente contra su cerebro—. Solo vi los colores. Rojo, negro, dorado. No entiendo de política.

Domus se detuvo frente a él. Estaba tan cerca que Regis podía oler el aroma rancio del aceite que el maestro usaba en su cabello.

—Un bufón que no entiende de política es un bufón muerto —susurró Domus—. Y un aprendiz que oculta lo que sabe es una herramienta defectuosa.

De repente, Domus estiró la mano y la puso sobre el pecho de Regis, justo encima del lugar donde el mapa estaba oculto. Regis dejó de respirar. El contacto físico fue como una descarga. Podía sentir los dedos largos y fríos de su maestro presionando la tela de su jubón. Si Domus deslizaba la mano apenas unos centímetros, sentiría la rigidez del pergamino o el relieve de la moneda de la joven noble que colgaba de su cuello.

El pánico fue una marea negra. La luz del cubo frente a él empezó a oscilar, los bordes volviéndose borrosos.

—Tu pulso está acelerado —observó Domus, apretando ligeramente el agarre—. Tu respiración es errática. ¿Es el cansancio de la magia, o es que tu cuerpo está tratando de proteger algo que tu boca no quiere decir?

Regis apretó los dientes con tanta fuerza que pensó que se le romperían. Forzó cada gramo de su voluntad a enfocarse en el cubo de luz. "Lógica", se repitió mentalmente. "A es igual a A. La luz es sólida. El mapa no existe. Yo no existo".

Con un esfuerzo sobrehumano que lo dejó al borde del desmayo, logró estabilizar la figura geométrica. La luz volvió a ser un bloque de mármol blanco y puro.

—Es el hambre, maestro —logró decir Regis, con un tono de súplica que esperaba que Domus interpretara como debilidad—. No he comido desde ayer. La luz me está consumiendo por dentro.

Domus lo observó durante un tiempo que pareció eterno. Finalmente, retiró la mano. El alivio fue tan violento que Regis casi se desploma.

—La debilidad es una elección —dijo Domus, dándose la vuelta—. Pero una herramienta rota no me sirve.

El maestro caminó hacia una mesa en la esquina de la sala y tomó algo. Se lo lanzó a Regis. Era un trozo de pan rancio, duro como una piedra y cubierto de una ligera capa de moho gris. Regis lo atrapó con manos temblorosas.



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En el texto hay: realismo, magia, fantasia oscura

Editado: 10.05.2026

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