El Rey Bufón

Capítulo 29: El sótano de los olvidados

La jaqueca no se había marchado; simplemente se había instalado en la base del cráneo de Regis como un animal dormido que despertaba con cada movimiento brusco. El pan rancio que Domus le había entregado horas antes no fue suficiente para calmar el vacío en su estómago, pero sí le dio la energía mínima para mantenerse en pie. Sin embargo, el descanso no estaba permitido en la fortaleza, mucho menos ahora que el mundo exterior había quedado sellado tras el puente levadizo.

—Baja a los archivos del sector cuatro —había ordenado Domus esa mañana, sin mirarlo, mientras revisaba unos mapas sobre su mesa—. Los registros de impuestos de la década anterior están allí. Busca los libros de mermas de grano. No regreses hasta que los tengas.

Regis sabía que esa no era una tarea ordinaria. El sector cuatro no era una biblioteca, sino un complejo de bóvedas olvidadas en las entrañas de la montaña sobre la que se alzaba la fortaleza. Era un lugar donde el castillo dejaba de ser arquitectura para convertirse en cueva.

Comenzó el descenso. Las escaleras de caracol se volvían cada vez más estrechas y los peldaños, desgastados por siglos de humedad, estaban cubiertos de una capa resbaladiza de salitre. A medida que bajaba, el aire cambiaba. El olor a humo de las antorchas y al sudor de los guardias fue reemplazado por el hálito gélido de la tierra profunda y el aroma metálico de la piedra mojada.

Regis sentía el mapa cosido a su jubón con cada paso. El pergamino se había vuelto rígido, como una costra que le raspaba las costillas. Caminaba con un brazo pegado al costado, tratando de amortiguar el roce, temiendo que el sonido del papel contra la tela pudiera delatarlo incluso en la soledad de los pasillos inferiores. El peso de la moneda, la llave rota colgada de su cuello, golpeaba rítmicamente su pecho, un recordatorio constante de que era un prisionero con un secreto demasiado grande para su cuerpo escuálido.

Llegó a un punto donde las antorchas de las paredes ya no estaban encendidas. El aceite era un lujo que el castillo ya no desperdiciaba en los sótanos. Regis se detuvo, sintiendo cómo las sombras se cerraban sobre él como las fauces de una bestia inmensa. Sabía que no podía avanzar a ciegas en un terreno tan escabroso.

Con un suspiro que se convirtió en vapor frente a su rostro, Regis invocó su magia. No creó un cubo ni una figura compleja; solo una esfera pequeña, apenas del tamaño de una nuez, de luz blanca y pura. El brillo se reflejó en las paredes húmedas, revelando vetas de cuarzo y musgo negro. El esfuerzo, aunque mínimo, hizo que el clavo de dolor tras sus ojos vibrara. El sabor a cobre inundó su boca de inmediato. Mantener la luz en la oscuridad absoluta era como tratar de sostener una gota de agua en medio de un vendaval: requería una concentración que su mente agotada apenas podía suministrar.

Siguió bajando hasta que el suelo se niveló. Estaba en una sala de techos bajos, sostenida por pilares de roca bruta que apenas habían sido tallados. Estantes de madera podrida se alineaban en las paredes, cargados de legajos que se deshacían con solo mirarlos. La humedad aquí era tan densa que se sentía en la piel como una caricia fétida.

Mientras buscaba los libros de mermas de grano, su pequeña esfera de luz iluminó un rincón al fondo de la bóveda. No había estantes allí. En su lugar, Regis vio algo que no encajaba con un depósito de documentos. Se acercó con cautela, sintiendo que el vello de su nuca se erizaba.

Era un refugio. Un pequeño espacio oculto tras una pila de cajas rotas donde alguien había dispuesto un jergón de paja, ahora podrido, y un pequeño cuenco de barro. No era la celda de un prisionero; no había cadenas ni rejas. Era el escondite de alguien que conocía los secretos de la fortaleza mejor que nadie. Al mover el cuenco, Regis encontró un trozo de tela bajo la paja. Era un retazo de seda azul, del mismo tono que el jubón que él vestía, pero con un bordado que reconoció al instante: una marca de comunicación, un nudo específico que solo usaban los que servían en las sombras del castillo.

Alguien más había sido la "herramienta" de Domus antes que él. O quizá alguien más estaba usando las entrañas del castillo para conspirar contra él.

Regis sacudió la cabeza, tratando de alejar la paranoia que lo consumía. Volvió a su tarea y, tras remover varios montones de papel convertido en pulpa, encontró los registros que buscaba. Al abrir uno de ellos para verificar el contenido, sus ojos, entrenados para leer entre líneas, captaron algo extraño. Entre las cifras de impuestos del sur, había una anotación al margen, escrita con una tinta que no se había desvanecido del todo: "El paso de las Sombras permanece abierto cuando el puente se cierra".

El corazón de Regis golpeó con fuerza contra el mapa oculto en su pecho. Aquella no era una cifra contable; era una ruta de escape. Un camino que no figuraba en ninguno de los mapas oficiales que había memorizado. ¿Era este el secreto que la joven noble quería que descubriera? ¿Era esta la cerradura para su llave rota?

De repente, un sonido rompió el silencio del sótano. No fue el goteo del agua ni el crujido de la madera. Fue el eco de un paso pesado, metálico, que venía desde el pasillo por el que había bajado. Regis extinguió su esfera de luz de inmediato, sumergiéndose en una negrura tan total que sintió un vértigo instantáneo.

Se quedó inmóvil, conteniendo el aliento, con la mano apretada sobre el mapa. El silencio que siguió fue absoluto, inhóspito. Esperó lo que parecieron horas, con los oídos zumbando por el esfuerzo de escuchar. ¿Había sido su imaginación, o Domus lo estaba siguiendo? ¿O acaso el ocupante del refugio secreto acababa de regresar?

Sin atreverse a encender la luz de nuevo, Regis comenzó a retroceder a tientas, guiándose por el tacto de la piedra fría y húmeda. Cada vez que su bota rozaba el suelo, el ruido le parecía un estruendo. Finalmente, alcanzó la escalera de caracol y subió con la desesperación de quien escapa de una tumba.



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En el texto hay: realismo, magia, fantasia oscura

Editado: 10.05.2026

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