El Rey Bufón

Capítulo 30: La marca de seda azul

La jaqueca que le había dejado el descenso a los sótanos no se había disipado; se había transformado en un pulso rítmico detrás de sus ojos, una advertencia de que su mente estaba llegando al límite de lo que podía soportar. Regis permanecía sentado en la oscuridad de su celda, acariciando con la yema de los dedos el pequeño retazo de seda azul que había rescatado del refugio olvidado. La tela se sentía suave, casi irreal en comparación con la aspereza de las paredes de piedra que lo rodeaban. El nudo bordado en ella, intrincado y preciso, era un lenguaje que apenas comenzaba a descifrar.

Cada vez que movía el torso, el mapa cosido al forro de su jubón crujía contra sus costillas. Era un sonido mínimo, pero en el silencio absoluto de su encierro, le parecía un estruendo. Se sentía como si su propio cuerpo estuviera siendo reclamado por dos fuerzas opuestas: la rigidez del mapa que lo empujaba a huir y el peso de la moneda, la llave rota en su cuello, que lo anclaba a una conspiración de la que no sabía si quería formar parte.

Un golpe seco en la madera de la puerta lo sacó de sus pensamientos.

—Bufón, el Rey requiere tu presencia —la voz del guardia era áspera, cargada del mal humor de quien lleva horas vigilando pasillos que se vuelven más fríos con cada minuto—. Muévete. El banquete ya comenzó y el ánimo del soberano no está para esperas.

Regis guardó el retazo de seda en un bolsillo oculto y se acercó al pequeño cuenco de barro que contenía el albayalde. Con dedos mecánicos, comenzó el ritual de cubrirse el rostro. La pasta blanca estaba fría y pegajosa; al aplicársela, sentía que estaba enterrando a Regis bajo una capa de cal, dejando que solo el bufón, la cáscara vacía, saliera a la superficie. Dibujó la sonrisa exagerada y las líneas negras alrededor de sus ojos con la precisión de quien pinta una máscara mortuoria. Se puso el gorro; los cascabeles tintinearon con un sonido que, en sus oídos, ya no evocaba risa, sino el roce de eslabones de una cadena.

Cuando entró en el Salón de los Suspiros, el olor a carne asada y vino especiado lo golpeó como una bofetada. El contraste era suntuoso y cruel. Mientras la fortaleza se cerraba y el pueblo empezaba a racionar el grano, la mesa real todavía lucía platos que Regis no había probado en su vida. El Rey presidía la cena con el rostro hundido en las sombras, sus ojos vigilando cada movimiento de los pocos nobles que habían sido invitados. La paranoia se masticaba en el aire con la misma intensidad que el pan.

—¡Ah, mi pequeño espejo roto! —exclamó el Rey al verlo entrar, aunque su voz no tenía alegría—. Ven, distrae a estos hombres. Sus caras son tan largas que temo que se tropiecen con sus propias preocupaciones.

Regis comenzó su actuación. Realizó piruetas, hizo malabares con esferas de luz tenue que apenas requerían esfuerzo mágico, y soltó chistes cínicos sobre la escasez y el miedo, el tipo de verdades que solo a un loco o a un bufón se le permitía decir. Pero mientras sus manos se movían y su boca soltaba rimas improvisadas, sus ojos, agudos y hambrientos, escaneaban cada rincón de la sala.

Fue entonces cuando la vio.

La joven noble estaba sentada cerca del extremo de la mesa larga. No comía; jugaba con el borde de su copa de plata, observando el contenido con una parsimonia inquietante. Regis se acercó a ella mientras hacía bailar una pequeña ilusión de luz entre sus dedos. Al estar a menos de dos metros, sus ojos se fijaron en el puño de la manga de la joven.

Allí, casi oculto por el encaje, había un detalle que le detuvo el corazón: un pequeño nudo de seda azul, exactamente igual al que él había encontrado en el sótano.

No era una coincidencia. El nudo no era un adorno, era un vínculo. Ella era la dueña de aquel refugio o, al menos, la conexión directa con quien lo habitaba. Regis sintió que el pulso se le aceleraba. La Magia Lógica que sostenía entre sus manos vaciló por una fracción de segundo, la esfera de luz blanca vibró antes de estabilizarse.

Ella levantó la mirada y, por un instante, sus ojos se encontraron con los de él a través de la máscara de albayalde. No hubo sorpresa en su rostro. Solo una claridad fría y decidida. La joven movió la mano con lentitud y, de un modo que pareció accidental, dejó caer un pequeño hilo de seda azul sobre el mantel de lino blanco, justo frente al lugar donde Regis pasaría en su siguiente pirueta.

Regis comprendió la señal de inmediato. Ella sabía que él había estado en el sótano. Sabía que él tenía el retazo.

Sin dejar de sonreír, Regis hizo una reverencia exagerada, girando sobre sus talones. Con un movimiento de dedos que Domus le había enseñado para ocultar objetos durante los trucos, recogió el hilo de seda del mantel sin que nadie en la mesa lo notara. Sin embargo, al erguirse, sintió una mirada que le quemó la nuca.

En un rincón del salón, apartado de la luz de las antorchas, Domus lo observaba. Su maestro estaba de pie, con los brazos cruzados, observando al bufón con una fijeza de halcón. No había expresión en el rostro de Domus, pero Regis sintió el peso de sus sospechas como si fuera una presión física en la habitación. Su maestro no necesitaba ver el hilo azul para saber que algo había cambiado en el aire.

Regis terminó su actuación con una última explosión de luz blanca que iluminó el salón por un segundo, provocando un aplauso tibio de los nobles y una risa amarga del Rey. Mientras la luz se desvanecía, Regis sintió el sabor metálico inundar su boca y el clavo del dolor clavarse más hondo en su cerebro. El esfuerzo de mantener la máscara frente a Domus y el Rey, mientras sostenía el secreto del hilo azul en su palma, lo estaba agotando.

Regresó a las sombras laterales del salón, exhausto. Al palpar el hilo de seda en su bolsillo, se dio cuenta de que ya no había marcha atrás. El nudo azul lo había amarrado a una red de sombras que operaba bajo las mismas barbas del Rey. Ya no era solo un aprendiz de mago o un bufón hambriento; era un conspirador. Y mientras Domus lo observaba desde la oscuridad, Regis supo que el próximo paso que diera determinaría si lograba usar la llave rota para escapar o si terminaría siendo un cadáver más en los sótanos de los olvidados.



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En el texto hay: realismo, magia, fantasia oscura

Editado: 10.05.2026

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