El despertar no llegó con suavidad, sino con el golpe seco de la realidad y un fuerte dolor de cabeza.
Elena abrió los ojos lentamente, parpadeando contra la luz artificial y estéril que se filtraba desde un candelabro de cristal suspendido en lo alto. Lo primero que registró fue la textura: sábanas de seda negra, tan frías que al principio le parecieron hielo. Lo segundo, el espacio. Estaba en una habitación de techos inmensos, con ventanales de suelo a techo polarizados que mostraban una vista panorámica de la ciudad iluminada a altas horas de la madrugada. No era una celda de prisión con barrotes de hierro; era una suite de lujo, una prisión diseñada para que el encierro se sintiera como un insulto a la libertad.
Se incorporó de golpe, llevándose una mano a la nuca. El aire olía a cedro, a limpio, a una opresión silenciosa.
—Despertaste antes de lo previsto. Pensé que el sedante te dejaría fuera de combate un par de horas más.
La voz brotó desde la penumbra de un rincón, junto a la chimenea apagada.
Dante estaba sentado en un sillón de cuero oscuro. Se había quitado la chaqueta del traje; la camisa blanca, impecable y con las dos primeros botones desabrochados, dejaba ver la línea firme de su garganta y la tensión en los músculos de los hombros. No miraba a Elena, sino una copa de cristal donde el líquido ámbar brillaba bajo la tenue luz de la lámpara de pie.
Elena se encogió, retrocediendo hasta que su espalda chocó contra el respaldo de la cama, estirando las sábanas sobre su pecho como si fueran una armadura improvisada.
—¿Dónde estoy? —exigió saber, aunque su voz sonó más frágil de lo que le habría gustado—. Esto es un secuestro. Es ilegal. Voy a... ¿qué diablos crees que haces?
Dante bebió un sorbo lento de su vaso antes de levantar la vista. Sus ojos grises, vacíos de cualquier atisbo de humanidad, se clavaron en ella con una intensidad que la hizo contener el aliento.
—¿Ilegal? —Una sombra de lo que podría haber sido una sonrisa amarga cruzó sus labios, desapareciendo tan rápido como llegó—. Estás en mi casa, Elena. En este vecindario, en esta ciudad, las leyes no las escriben los jueces que tu padre compró con el dinero que me robó. Las leyes las escribo yo. Y las deudas... las cobro yo.
—¡Mi padre te robó, no yo! —gritó ella, perdiendo el poco control que le quedaba, la frustración hirviéndole en la sangre—. ¿Por qué me traes a mí? ¡Búscalo a él! ¡Búscala en las cloacas donde se esconde!
Dante se puso de pie con una fluidez felina y a la vez aterrorizante. Su altura llenó la habitación en cuestión de segundos. Cruzó el espacio entre el sillón y la cama con pasos deliberados, cada uno sonando como una sentencia de muerte. Cuando se detuvo al borde del colchón, Elena sintió que el oxígeno desaparecía de la suite.
Inclinándose hacia adelante, apoyando una mano enguantada sobre la sábana junto a la cadera de ella, Dante redujo la distancia hasta que Elena pudo sentir el calor corporal que irradiaba su cuerpo.
—Tu padre es un cobarde que sabe perfectamente que si lo encuentro, no sobrevivirá ni cinco minutos —susurró Dante, con la voz baja, ronca y pegada a su oído—. Dejó su mayor debilidad atrás. Te dejó a ti como garantía de pago. ¿Esperabas que te despidiera con un ramo de flores y un billete de autobús?
—Prefiero estar muerta antes que ser tu rehén —espetó Elena, sosteniéndole la mirada a pesar de que el temblor en sus manos delataba el pánico puro que la consumía.
Dante soltó una carcajada seca, sin alegría alguna. Una de sus manos libres subió con una lentitud exasperante, rozando la mandíbula de Elena con la yema de los dedos ásperos. El contacto fue eléctrico, una mezcla de repulsión y un calor repentino que la hizo estremecerse.
—La muerte es demasiado fácil, preciosa —murmuró él, apretando ligeramente su barbilla para obligarla a no apartar la mirada—. Y tú no vas a morir. Al menos, no hasta que aparezcan los cuatro millones de dólares que tu querido padre se llevó en maletas. Hasta entonces... esta es tu nueva realidad.
—No tienes derecho...
—Tengo todos los derechos que me confiere el poder —la interrumpió Dante, su tono volviéndose de hielo puro—. A partir de este momento, cada puerta de esta casa está abierta para ti, excepto la principal. Puedes moverte por donde quieras, comer lo que desees, vivir como una reina... pero recuerda cada segundo que estás bajo mi techo. Eres mía hasta que la deuda sea saldada.
Dante se enderezó de golpe, dándole la espalda sin esperar una respuesta, y caminó hacia la puerta de la suite. Antes de salir al pasillo oscuro, se detuvo y añadió sin voltearse:
—En diez minutos habrá ropa en el vestidor. Baja a cenar. No me gusta comer solo.
La puerta se cerró con un clic metálico.
Elena se quedó sola en la inmensidad de la habitación, con el eco de sus palabras rebotando en las paredes. Miró hacia los ventanales gigantescos, donde la ciudad parpadeaba a lo lejos como un recordatorio burlón de un mundo libre al que ya no pertenecía. Las lágrimas que había estado reteniendo finalmente rompieron el dique, pero en su pecho, junto al miedo, comenzó a germinar algo mucho más peligroso: una rabia sorda, un deseo ardiente de sobrevivir y demostrarle al "Rey de la Ira" que no iba a quebrarse tan fácilmente.
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Editado: 31.07.2026