El comedor de la mansión Rossi parecía sacado de una pesadilla gótica o del estudio de un coleccionista de antigüedades macabras.
Una mesa de roble macizo, lo suficientemente larga como para albergar a una docena de personas, se extendía bajo una lámpara de araña de hierro forjado que proyectaba sombras alargadas sobre las paredes revestidas de caoba. En el centro, un plato de porcelana fina con una cena humeante esperaba intocable. Elena bajó las escaleras con el pulso acelerado, vistiendo un sencillo vestido negro de corte clásico que había encontrado en el vestidor; una prenda de diseñador, costosa y fría, que parecía recordarle con cada costura que no le pertenecía.
Dante ya estaba sentado en la cabecera.
No había rastro de otros comensales, ni guardias visibles dentro del salón, aunque Elena sabía perfectamente que el perímetro estaba vigilado por hombres dispuestos a disparar antes de hacer preguntas. El patriarca de la Ira cortaba un trozo de carne con una parsimonia quirúrgica, el metal del cuchillo rechinando levemente contra la porcelana en un silencio sepulcral.
—Te ves bien de negro —dijo Dante sin levantar la vista de su plato—. Aunque el color de la luto suele reservarse para cuando los muertos ya están enterrados. Tu padre sigue respirando, al menos por ahora.
Elena se detuvo a mitad del salón, cruzando los brazos sobre su pecho en un gesto instintivo de defensa. Sus nudillos estaban blancos.
—No tengo hambre —espetó, negándose a dar el brazo a torcer sentándose a su lado como si fuera una esposa trofeo o una invitada educada—. Si querías un espectáculo de marionetas durante la cena, te equivocaste de persona.
Dante detuvo el movimiento del cuchillo. Alzó lentamente el rostro, y sus ojos grises se clavaron en ella con una intensidad capaz de perforar el acero. Dejó los cubiertos sobre la mesa con un golpe seco que resonó como un disparo en la acústica del comedor.
—En esta casa, Elena, la comida no es una invitación; es una orden —su voz era un susurro grave, cargado de una autoridad inquebrantable—. No voy a permitir que te desmayes de hambre en mis pasillos convirtiendo mi hogar en un hospital o un circo. Siéntate. Y come.
—O si no, ¿qué? —desafió ella, dando un paso al frente, la ira superando por fin al terror paralizante—. ¿Me vas a encerrar en una celda más oscura? ¿Me vas a golpear? Hazlo de una vez y acaba con esto.
En una fracción de segundo, la compostura estática de Dante se rompió. Se levantó de la silla con una velocidad felina, haciendo que el pesado mueble de roble retrocediera con un chirrido contra el suelo. Antes de que Elena pudiera parpadear, él ya había cruzado la distancia que los separaba.
La arrinconó contra la columna de piedra más cercana, su cuerpo bloqueando cualquier ruta de escape. Las manos de Dante se posaron a ambos lados de su cabeza, apoyadas contra la fría piedra, encerrándola en una jaula improvisada hecha de músculos tensos y hostilidad pura. El aroma a tabaco caro, madera y colonia varonil la envolvió de golpe, ahogándola.
—¿Golpearte? —murmuró Dante, inclinando el rostro hasta que sus labios rozaron peligrosamente la línea de la mandíbula de ella—. Los hombres débiles golpean a sus rehenes cuando pierden el control, Elena. Yo no pierdo el control. Jamás.
—Entonces déjame ir... —suplicó ella en un susurro tembloroso, sintiendo el calor abrasador de su piel demasiado cerca.
—No —respondió él con absoluta firmeza, rozando su mejilla con el dorso de los nudillos, un toque tan áspero y posesivo que quemaba—. Viniste a pagar una cuenta que no es tuya, pero ahora estás aquí. Y te aseguro que cada segundo que intentes rebelarte, haré que esta jaula se sienta un poco más estrecha. Ahora, camina hacia esa mesa y termina cada maldito bocado.
Dante se apartó con la misma brusquedad con la que se había acercado, ajustándose los puños de la camisa como si nada hubiera ocurrido.
Elena tragó saliva, el corazón latiéndole desbocado en la garganta. Comprendió, con una mezcla de pánico y furia sorda, que aquel hombre no jugaba bajo las reglas del mundo exterior. Y que si quería sobrevivir al "Rey de la Ira", iba a necesitar algo más que orgullo: iba a necesitar aprender a jugar en el borde del abismo.
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Editado: 31.07.2026