El Rey de la Ira

Capítulo 4: Cadenas de seda y hierro

La casa estaba sepultada en un silencio absoluto cuando el segundero del reloj de pared alcanzó las tres de la mañana.

Para cualquier otra persona, la enorme suite del segundo piso habría sido una habitación de hotel lujosa y confortable; para Elena, cada rincón se había transformado en los barrotes invisibles de una prisión de alta seguridad. Llevaba horas fingiendo dormir bajo las pesadas sábanas de seda negra, escuchando la respiración rítmica y profunda de Dante al otro lado de la habitación, donde él descansaba con la misma vigilancia instintiva con la que un depredador custodia su territorio.

El plan llevaba gestándose en su cabeza desde el anochecer. No podía esperar a que la rescataran; su padre era un cobarde escondido en algún agujero miserable y la policía local estaba comprada por la propia Cosa Nostra. Si quería ver el amanecer fuera de estas paredes, tendría que abrirse paso ella misma.

Con un movimiento milimétrico, deslizó las piernas fuera de la cama. Contuvo el aliento al notar el frío del suelo de madera bajo sus pies descalzos. Cada tabla crujía como una advertencia en la penumbra.

Avanzó a tientas hacia los ventanales polarizados que daban al balcón exterior. La cerradura de la puerta corrediza cedió con un chasquido metálico que a Elena le sonó a trueno. El aire fresco de la madrugada golpeó su rostro sudoroso, revitalizándola. Afuera, la repisa de piedra del balcón conectaba con una tubería de desagüe metálica que descendía hasta los jardines traseros. Era una locura, una bajada de vértigo en la oscuridad, pero era su única salida.

Estaba a punto de pasar una pierna por encima de la barandilla de hierro forjado cuando una mano pesada como el plomo se cerró con brutalidad sobre su hombro, haciéndola tambalearse hacia atrás.

—¿A dónde crees que vas, preciosa?

La voz ronca de Dante, cargada de un frío mortal y raspada por el sueño recién roto, retumbó a sus espaldas como una sentencia inapelable. Elena dio un grito ahogado mientras él la giraba de un tirón, estrellando su espalda contra su pecho firme y musculoso. El aroma a tabaco y sándalo la envolvió, pero esta vez no había refugio en él, solo una tormenta desatada.

—¡Suéltame! —chilló ella, pataleando y retorciéndose con todas sus fuerzas, intentando golpear sus espinillas con los talones—. ¡Déjame ir!

Dante no se inmutó ante sus golpes; su cuerpo era una muralla inquebrantable. Con una sola mano apresó las muñecas de Elena, inmovilizándolas a su espalda con la fuerza de un tornillo de banco, mientras la arrastraba de regreso al interior de la habitación sin importarle sus forcejeos.

—¿Pensabas escapar por el balcón? —susurró Dante junto a su oído, su voz destilando una rabia contenida y silenciosa que daba más miedo que los gritos—. ¿Crees que eres la primera persona que intenta burlar mi seguridad? Eres una ingenua, Elena.

La empujó con firmeza pero sin brusquedad innecesaria hacia el baño privado de la suite, encendiendo la luz blanca y cegadora con un movimiento seco del interruptor.

—Tienes sed, tienes frío, tienes ganas de correr —dijo él, obligándola a pararse frente al inodoro de porcelana blanca—. Pues bien. Vas a vaciar la vejiga ahora mismo. Porque esta noche no vas a volver a moverte de la cama por voluntad propia.

—¡Estás loco! ¡No voy a hacer esto contigo aquí! —estalló Elena, sintiendo que las lágrimas de humillación y furia quemaban sus ojos.

—En mi mundo no hay privacidad para los prisioneros que intentan traicionarme —sentenció Dante con frialdad implacable, cruzándose de brazos y recostándose contra el marco de la puerta—. Haz lo que te ordené, o te juro que te ayudaré yo mismo a desabrocharte la ropa.

La mirada en sus ojos grises le dejó claro que no estaba bromeando. Con el orgullo hecho trizas y las mejillas ardiendo de vergüenza, Elena tuvo que ceder bajo su vigilancia estricta, tragándose el llanto mientras cumplía con la humillante orden.

Cuando terminó, Dante la tomó del brazo sin darle un segundo de tregua y la arrastró de regreso al dormitorio principal, empujándola hacia el colchón.

De la mesita de noche extrajo un objeto que hizo que el corazón de Elena diera un vuelco de puro terror: un juego de esposas de acero oscuro forradas en cuero suave, un recordatorio de que aquella jaula de oro siempre había estado preparada para ella.

—¡No! ¡No puedes hacer esto! —suplicó ella, echándose hacia atrás hasta topar con la cabecera de la cama, agitando las manos en señal de negativa—. ¡Te prometo que no lo volveré a hacer! ¡Por favor!

Dante ignoró sus súplicas por completo. Se cernió sobre ella como una sombra amenazante, inmovilizando sus piernas con el peso de su cuerpo y sujetando sus muñecas con una facilidad pasmosa. Con un chasquido metálico, cerró el aro de acero alrededor de su muñeca derecha. El otro extremo lo aseguró con firmeza a la estructura de hierro forjado de la cabecera de la cama.

Elena tiró desesperadamente del brazo, pero el metal no cedió ni un milímetro. Estaba atada de por vida a la voluntad del hombre más peligroso de la ciudad.

Dante se enderezó, mirándola desde arriba con la mandíbula tensa, su respiración aún acelerada por el esfuerzo de atraparla.

—Esta es la consecuencia por intentar morderme la mano, Elena —dijo él, su voz volviendo a ser un témpano de hielo mientras se giraba para apagar la luz de la mesita de noche—. Amanecerás esposada. Y tal vez así, cuando despierte el sol, aprendas de una vez por todas que de mi lado nadie se escapa.




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