—¡Mi lady Eréndira, por favor no se vaya!—El párroco corría para alcanzarla.—No es momento de acobardarse, tenemos que hablar con su tío.
—No sé cómo permití que me convenciera de esto.—Respondía mientras trataba de alejarse lo más rápido del palacio.—¡Es una verdadera locura!
—Mi lady no diga eso, tiene la oportunidad que muchos quisieran. Estoy seguro que su tío no se rehusará.
—Con suerte me permitirá conservar todos los privilegios que ahora tengo, no puedo ser así de mal agradecida.
—Pero no lo está siendo.—Bajó el tono al haberla alcanzado después de una gran carrera.—El ver un futuro mejor para su vida no es pecado, se lo digo yo... el agradecimiento se lleva en el corazón y al expresarlo, no en aprisionarse.
—¿Qué le hace pensar que vivo en una prisión?
—No lo ha dicho, al menos no con palabras. Pero su mirada y su tono de voz me lo han gritado.—Intentó convencerla con lo más irresistible que hay... los halagos.—Usted necesita una vida diferente, donde pueda explotar sus virtudes e inteligencia. ¿Me va negar que no lo ha pensado o deseado?
Erendira no pudo contradecir las palabras del padre, sabía que su corazón no se sentía bien con su vida actual y que pedía a gritos un cambio para conocer las maravillas del mundo. Ser una reina sería una buena forma.
—Pero, ¿Cómo está tan seguro que mi tío lo aprobará? Y más difícil aún. ¿Qué su rey estará dispuesto a casarse con alguien como yo?
—Debemos empezar a cambiar lo que usted siente de sí misma. Es una mujer que vale mucho.—Su sonrisa y confianza no cedían por nada.—Confía en mí y verás que todo es posible.
—Muy bien, asistiré a esa reunión con mi tío, confiando en que todo saldrá bien.—Suspiró profundamente.—Él también querrá tener pruebas de que su rey acepta.
Erendira se dejó convencer nuevamente. El párroco la tomó del brazo con respeto pero con la fuerza necesaria para sujetarla en caso que se quisiera retirar nuevamente.
Caminaron lo más rápido que pudieron pues el vestido de Eréndira era tan largo y ajustado, que no le permitía ir a un ritmo más rápido.
Habían dejado atrás los hermosos jardines para incorporarse al pasillo real. Este conectaba la parte trasera del castillo con el palacio principal, que era a donde se dirigían para ver al Rey.
El lugar era un deleite visual, los lujos que ahí había era tantos como para ser redactados con palabras. Los pisos estaban pulidos perfectamente, quedando tan brillosos y limpios que podrían pasar como nuevos. Las paredes eran en su mayoría de color azul, algunas contrastaban con su hermoso color plateado. Decorando estas paredes habían escudos, armaduras, joyas y algunas obras de arte como esculturas y pinturas que habían conseguido durante las guerras. En el salón, había varias estatuas de culturas diferentes, premios de sus hazañas y conquistas que daban como resultado, la gran reputación del reino.
En el centro, habían unas escaleras muy grandes de color blanco, estas conectaban a los pisos superiores donde había salas que almacenaban libros, bebidas, entre otras reliquias consideradas en ese tiempo.
Todas y cada una de las posibles entradas o salidas estaban custodiadas por soldados muy bien equipados. Con su brillante armadura color plateada, su bandera en el pecho de color azul muy fina, con un diseño muy icónico del poderoso reino.
Erendira y el párroco se acercaron a la zona este, al fondo de dichos pasillos. Ahí estaba la puerta que conectaba con el gran salón, donde el rey recibía todos los días a las personas que deseaban hablar con él.
—Buen día hijos.—Saludó el párroco a los soldados una vez que llegaron a las puertas del salón.—Podrían permitirnos el paso, tenemos algo que hablar con el rey.
—No tienen cita padre, necesita una para que el rey los pueda recibir.—Respondió muy tajante sin moverse un solo centímetro de su posición.
—Entiendo perfectamente hijo, pero el tema que traemos es urgente.—Seguía siendo amable pues sabía que esta actitud abría puertas más allá de las físicas.—Soy el sacerdote emisario del reino norte, su majestad me vió ayer y acordamos que lo vería hoy, aunque sea para despedirme.
—Lo siento mucho padre, pero la demanda que su majestad tiene es demasiada.—El otro soldado tomó la palabra para aumentar la negativa al paso.—Sin una cita, no puede ver al Rey.
—Les repito, jóvenes ovejas del creador que es un asunto urgente, su majestad se molestará si no le decimos.—Su paciencia estaba terminando, lo más difícil de su misión ya lo había conseguido que era encontrar a alguien digna y que deseara casarse con su rey. No iba a permitir un obstáculo o perder el tiempo y que otra cosa pasara.—Como pueden ver, viene conmigo la sobrina de su majestad. Ella puede corroborar la urgencia de mi mensaje.
—Conocemos bien a la señorita.—Dijo al verla directamente.—Pero ni ella tiene autoridad para ordenar abrir esta puerta sin más. Pueden ir con el ministro al finalizar la tarde y seguro el rey los recibirá mañana.
—No puedo esperar tanto hijos, necesito regresar.
Sin importar las súplicas del padre no hubo cambio, sus palabras carecían de poder ahí. Afortunadamente Eréndira decidió intervenir para poder acceder.
—Ustedes me conocen y saben que jamás he pedido nada ni abusado del favor del rey al tenerme como su protegida.—Se acercó a ellos más que con una voz dulce, con una mirada retadora y de autoridad.—Pero este día me veo en la necesidad de pedirles el paso, les doy mi palabra que el rey no les castigará por ello.
La popularidad de Eréndira era mucha aún con los guardias, muchos la seguían por su hermosura, mientras que otros por su amabilidad a pesar de su posición privilegiada. Ambos guardias se miraron y fuera una u otra opción, ellos sentían respeto por ella.
—Está bien mi lady, los dejaremos pasar esperando que hable bien de nosotros con su majestad.
Esta fue una prueba más al sacerdote para reafirmar que era la indicada para reinar junto a su rey.
Emocionado, pasó al gran salón una vez que se abrieron las puertas.
Erendira y el sacerdote entraron al salón real, su cometido lo habían logrado y eso les causaba satisfacción.
Al entrar pudieron observar el trono ocupado por el rey Ricardo, tío de Eréndira y regente de todo ese reino.
El soberano estaba finalizando una reunión con algunos dueños de tierras que se quejaban por la poca agua con la que contaban para sus cosechas.
Contemplaron el desenlace de esta reunión y que los arrendados salieron satisfechos con la solución que les propusieron.
Al verlos salir, el rey secó su frente mientras con su rostro expresaba un poco de fastidio.
El ministro pidió que se abrieran unas pequeñas puertas que conectaban con el patio, para que estos pudieran salir y que la siguiente persona pudiera pasar.
Mientras esto sucedía, el rey vió como su sobrina y el sacerdote se acercaban a él. Le pareció una buena idea escucharlos pues creía que así escaparía un poco de sus labores.
—¡Padre buen día, pase por favor!—Le causó un poco de extrañeza ver a su sobrina ahí pero le causó la misma satisfacción recibirla.—Eréndira, un gusto verte, ¿Qué les trae por aquí?
—Mi rey, disculpe nuestra interrupción.—Pidió el sacerdote mientras se colocaba en frente de él, después hizo la reverencia acostumbrada y permaneció con la cabeza baja.—Mi motivo para tal acción es…
—Padre siento mucho esto pero no he cambiado mi decisión.—Le interrumpió un poco desilusionado.—Me temo que mi hija será entregada en matrimonio como ayer lo escuchó. Mis sinceras disculpas al rey del norte. Es una pena que no se pueda dicha unión pero si algún día necesita un aliado, hágale saber que estamos a su disposición.
—Ese es el tema, su majestad.—Le respondió mientras levantaba su cabeza para poder mirarlo a los ojos.—Hemos encontrado la solución para que esa unión pueda ocurrir.
El rey se mostró sorprendido con aquella afirmación, no entendía del todo pero quería escuchar el desenlace. Miró a Eréndira pues el padre había afirmado que encontraron la solución, saber de qué modo participó su sobrina era mucho más interesante.
—Le escucho padre, quiero saber esa solución.—Enlazó sus manos y se recargó por completo en el trono. Los miró fijamente y ansioso por escuchar.
—Soy un emisario que tiene toda libertad para elegir y negociar los asuntos que a mi rey le convenga, esto obviamente por el bien del reino.—Estaba dando sus argumentos previos aunque esto no le importara del todo a Ricardo.—He venido aquí con la intención de encontrar una esposa digna y me siento muy complacido en decirle que la encontré aquí, en su reino.
El rey analizó las palabras del sacerdote entendiendo al fin el motivo para que su sobrina estuviera ahí.
—Estamos aquí para hablarlo con usted y obtener su permiso ya que Lady Eréndira está de acuerdo en ser esposa de mi monarca líder.
Ricardo escuchó la propuesta y se quedó en silencio para sorpresa de sus acompañantes. Su mano la colocó en la barbilla en señal de pensamiento, los miró fijamente pero no se atrevió a decir nada.
—Tío, es verdad lo que dice.—Eréndira se acercó para hablarle, al ver que no decía nada.—Si te parece bien, yo estoy dispuesta a casarme con el rey del norte y así hacer una alianza que favorezca a ambos reinos.
—¿Cuánto tiempo has estado viviendo con nosotros?—Preguntó a su sobrina con un tono muy serio.
—Desde mi infancia mi rey, cuando yo tenía 9 años.—Estaba un poco desconcertada y muy nerviosa, tanto que no podía mantenerse en pie sin doblar una rodilla constantemente.—Eso hace un total de 15 años.
—Y en esos 15 años, ¿tan mal te hemos tratado que a la primera oportunidad decides irte?
—¡No mi señor, para nada!—Se inclinó ante él, quedando justo a un costado del sacerdote.—Esos han sido los mejores años de mi vida, ustedes han sido tan buenos, yo les debo todo.
—Si son verdad tus palabras, no entiendo el motivo para tu decisión.—El Rey Ricardo seguía muy serio, sin descansar de su posición recta.—Le hice una promesa a mi hermano, te cuidaré como una hija, incluso algo más especial. Me sentiría mal con él, si su hija no fue bien tratada aquí o peor aún, si fuera enviada a un lugar donde no será feliz.
—Ella será la reina de un lugar muy próspero, no solo será feliz.—Se atrevió a interrumpir alzando un poco la voz.—Si no que contribuirá a la felicidad de muchas personas bajo su reinado.
—Usted no me puede asegurar eso padre y estoy muy molesto con usted pues a mis espaldas, engatusó a mi sobrina para convencerla de esto.
—No es su culpa tío, si yo no quisiera no estuviéramos teniendo esta reunión.—Eréndira era muy fuerte y decidida, aunque su tío no había convivido tanto con ella, sabía perfectamente de sus talentos.
—Esto es algo muy repentino, me parece que primero necesitamos saber más cosas de su reino, así como los beneficios que esto traería para ambos.
—Quiere decir.—Interrumpió de nuevo el párroco.—¿Qué estaría de acuerdo en este matrimonio?
—Eréndira, sobrina mía.—Se dirigió a ella más, con la intención de responderle al sacerdote indirectamente.—Te dije hace un momento que te trato como a una hija. A ellas les pregunté si estaban de acuerdo en casarse, nunca las obligué y buscamos la mejor opción para ellas.—Por fin se levantó de su trono y habló con un tono paternal.—Si tú has tomado la decisión y crees que eso te hará feliz, no tengo porque oponerme. Además eres una mujer adulta ya y ciertamente una alianza con el poderoso imperio del norte será bien recibida por mi y el consejo.
—Sí tío, es lo mejor para mí.—Dijo con una sonrisa.—Me siento bien de poder contribuir en algo para este reino y así devolver lo mucho que me has dado.
—¿Queda claro que yo no te estoy obligando, así cómo el esposo y futuro que tendrás?
—Está claro tío y mantengo mi decisión.—Permaneció muy firme al decir esto.
—Entonces está hecho, solo vamos a aclarar los términos.