CAPÍTULO 5
El poder había cambiado muchas cosas.
Los Mapogo gobernaban ahora una vasta región de Kruger. Sus enemigos habían sido derrotados o expulsados, y pocas coaliciones se atrevían a desafiar su dominio.
Pero mientras la sabana veía una familia fuerte y unida, algo comenzaba a romperse en su interior.
Y el primero en notarlo fue Makulu.
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Makulu siempre había sido observador.
No era el más fuerte de los hermanos.
Tampoco el más agresivo.
Pero poseía algo que muchos guerreros ignoraban: prudencia.
Por eso empezó a preocuparse cuando notó ciertos cambios en Mister T.
Al principio fueron detalles pequeños.
Ausencias durante la noche.
Largas horas desaparecido.
Respuestas cada vez más frías.
Miradas perdidas hacia el oeste.
Hacia el Valle de las Sombras.
Makulu intentó ignorarlo.
Pensó que tal vez el liderazgo estaba afectando a su hermano.
Pero cuanto más tiempo pasaba, más extraña se volvía la situación.
Y entonces ocurrieron las pesadillas.
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Una noche, mientras los hermanos descansaban cerca de un río, Makulu despertó sobresaltado.
Había tenido un sueño inquietante.
En él caminaba por un valle cubierto de niebla.
Escuchaba rugidos procedentes de todas partes.
Y en medio de la oscuridad veía a Mister T.
Solo.
Frente a una gigantesca figura negra.
Cuando despertó, su corazón latía con fuerza.
Intentó volver a dormir.
Pero algo llamó su atención.
Mister T no estaba.
Su lugar estaba vacío.
Makulu observó a los demás hermanos.
Todos seguían dormidos.
Solo él parecía haberse dado cuenta.
Entonces tomó una decisión.
Iba a seguirlo.
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La luna llena iluminaba la sabana.
Makulu avanzó silenciosamente entre la hierba alta.
Las huellas de Mister T eran fáciles de seguir.
Y todas conducían hacia el mismo lugar.
El oeste.
Siempre el oeste.
A medida que avanzaba, la inquietud aumentaba.
El aire parecía más frío.
El silencio más profundo.
Finalmente divisó las oscuras formaciones rocosas del Valle de las Sombras.
Y por primera vez sintió miedo.
No el miedo de una batalla.
No el miedo de enfrentar a un rival.
Era algo diferente.
Algo antiguo.
Como si aquel lugar rechazara la presencia de los vivos.
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Makulu se ocultó detrás de unas rocas.
Desde allí observó el interior del valle.
La niebla cubría el suelo.
Las sombras se movían lentamente entre los árboles secos.
Y en el centro del valle estaba Mister T.
Completamente solo.
El gran león permanecía inmóvil frente a una enorme roca negra.
Sobre ella brillaban extraños símbolos.
Los mismos símbolos que Makulu había visto recientemente en varias partes del territorio.
Pero aquello no era lo más inquietante.
Lo más inquietante fue lo que ocurrió después.
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Los símbolos comenzaron a brillar.
Primero débilmente.
Luego con mayor intensidad.
La niebla empezó a girar alrededor de la roca.
El viento desapareció.
El silencio se volvió absoluto.
Y entonces apareció.
Una gigantesca figura emergió lentamente de la oscuridad.
Makulu sintió que la sangre se congelaba en sus venas.
Aquella cosa tenía forma de león.
Pero no era un león.
Era mucho más grande.
Mucho más antigua.
Sus ojos ardían como brasas.
Su cuerpo parecía estar hecho de sombras.
Y cada movimiento parecía desafiar las leyes de la naturaleza.
Makulu tuvo que contener un rugido de terror.
Jamás había visto algo semejante.
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La criatura se detuvo frente a Mister T.
Durante varios segundos permanecieron inmóviles.
Como si se conocieran.
Como si aquel encuentro hubiera ocurrido muchas veces antes.
Entonces la voz habló.
Makulu no escuchó el sonido con sus oídos.
Lo sintió dentro de su cabeza.
Dentro de sus pensamientos.
—El tiempo se acerca.
Mister T bajó lentamente la cabeza.
—Lo sé.
El corazón de Makulu dio un vuelco.
¿Lo sé?
¿Su hermano conocía a aquella criatura?
¿Desde cuándo?
¿Y por qué?
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La voz volvió a hablar.
—Los reinos caen.
Los reyes mueren.
Pero el ciclo continúa.
Mister T permaneció en silencio.
La criatura avanzó un paso.
—Pronto deberás elegir.
—¿Elegir qué?
Los ojos brillantes de la entidad parecieron iluminar toda la niebla.
—Poder…
o sangre.
Makulu sintió un escalofrío recorrer su cuerpo.
Aquellas palabras no tenían sentido.
Y sin embargo resultaban aterradoras.
Como una advertencia.
Como una profecía.
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Intentando escuchar mejor, Makulu avanzó unos centímetros.
Solo unos centímetros.
Pero fue suficiente.
Una pequeña piedra rodó bajo una de sus patas.
El sonido fue mínimo.
Casi imperceptible.
Pero en aquel silencio absoluto pareció un trueno.
La criatura giró inmediatamente la cabeza.
Sus ojos brillantes se clavaron en la oscuridad.
Directamente sobre Makulu.
El león sintió que el mundo se detenía.
Durante un instante eterno nadie se movió.
Nadie respiró.
Entonces la entidad sonrió.
Una sonrisa imposible.
Una sonrisa llena de oscuridad.
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Makulu retrocedió aterrorizado.
Su instinto le gritaba que huyera.
Que corriera.
Que abandonara aquel lugar.
Pero sus patas parecían clavadas al suelo.
La criatura continuó observándolo.
Sin acercarse.
Sin atacar.
Simplemente observando.
Como si lo estuviera estudiando.
Como si acabara de descubrir algo interesante.
Y entonces pronunció unas palabras.