CAPÍTULO 7
Cuando el sol volvió a elevarse sobre Kruger, Makulu había desaparecido.
Los primeros en notarlo fueron sus propios hermanos.
Su lugar estaba vacío.
No había huellas recientes alrededor.
No había señales de combate.
No había rastros de sangre.
Simplemente había desaparecido.
Algo que jamás había ocurrido antes.
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Los Mapogo comenzaron a buscarlo de inmediato.
Recorrieron los territorios vecinos.
Inspeccionaron los ríos.
Exploraron las colinas.
Incluso visitaron antiguas zonas de caza donde Makulu solía patrullar.
Pero no encontraron nada.
Ni una sola pista.
Ni una sola señal.
Era como si la sabana se lo hubiera tragado.
Los días pasaron.
Luego las semanas.
La esperanza comenzó a desvanecerse.
Y lentamente, una verdad dolorosa empezó a instalarse entre los hermanos.
Makulu no iba a regresar.
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Nadie sabía lo que realmente había ocurrido.
Nadie excepto Mister T.
Y aquel conocimiento se convirtió en una carga que llevaba en silencio.
Nunca habló del Valle de las Sombras.
Nunca mencionó la cueva.
Nunca explicó por qué había desaparecido su hermano.
Simplemente continuó adelante.
Como si nada hubiera pasado.
Pero por dentro, algo estaba cambiando.
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La desaparición de Makulu dejó un vacío en la coalición.
Y Mister T lo llenó rápidamente.
Comenzó a tomar más decisiones.
A dar más órdenes.
A asumir un control absoluto.
Al principio, los demás hermanos no se opusieron.
Después de todo, era el más fuerte.
El más temido.
El más respetado.
Pero con el tiempo comenzaron a notar algo extraño.
Mister T ya no parecía el mismo.
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Su carácter se volvió más frío.
Más distante.
Más agresivo.
Pequeñas discusiones terminaban en amenazas.
Consejos bien intencionados eran ignorados.
Y cualquier señal de desacuerdo era recibida con hostilidad.
La sombra del líder que una vez admiraron comenzaba a transformarse en algo diferente.
Algo más oscuro.
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Una noche, mientras patrullaba los límites del territorio, uno de los hermanos se acercó a él.
—Debemos reducir las patrullas.
Las lluvias se acercan.
Los animales se están moviendo hacia el sur.
Mister T ni siquiera lo miró.
—No.
—Pero sería mejor para la coalición.
—He tomado una decisión.
El hermano bajó la cabeza.
Pero antes de marcharse, habló una vez más.
—Makulu habría estado de acuerdo conmigo.
Aquellas palabras fueron un error.
Los ojos de Mister T se endurecieron instantáneamente.
Una expresión peligrosa apareció en su rostro.
—Makulu ya no está aquí.
El silencio se volvió incómodo.
Y por primera vez, el hermano sintió miedo.
No del enemigo.
No de la guerra.
De Mister T.
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Mientras tanto, las historias sobre los Mapogo seguían creciendo.
La coalición era ahora la más poderosa de Kruger.
Ningún grupo rival podía igualar su fuerza.
Controlaban enormes extensiones de territorio.
Las manadas temían su llegada.
Y los depredadores evitaban sus dominios.
Pero junto con las historias de poder comenzaron a surgir otros rumores.
Rumores más inquietantes.
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Algunos animales afirmaban haber visto una sombra siguiendo a Mister T.
Otros aseguraban que hablaba solo durante la noche.
Las hienas contaban historias sobre ojos brillantes observando desde la oscuridad.
Incluso ciertos leopardos juraban haber escuchado rugidos imposibles procedentes del Valle de las Sombras.
La mayoría consideraba aquellas historias exageraciones.
Pero no todos.
Porque algunas cosas sí estaban ocurriendo.
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Las pesadillas comenzaron poco después.
Cada noche.
Sin excepción.
Mister T veía la misma imagen.
La misma figura.
La misma oscuridad.
Siempre estaba en el Valle de las Sombras.
Siempre frente a la criatura.
Y siempre escuchaba la misma pregunta.
—¿Qué deseas?
Al principio no respondía.
Pero el sueño regresaba.
Una y otra vez.
Noche tras noche.
Hasta que finalmente respondió.
—Poder.
La criatura sonrió.
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A partir de entonces, los sueños cambiaron.
Ahora veía territorios infinitos.
Coaliciones derrotadas.
Rivales huyendo.
Miles de animales inclinándose ante él.
Un reino tan vasto que parecía no tener fin.
Y en el centro de todo estaba Mister T.
Solo.
Gobernando.
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Una noche despertó sobresaltado.
Su respiración era agitada.
El corazón golpeaba con fuerza.
Miró hacia la oscuridad.
Y la vio.
La figura estaba allí.
A pocos metros.
Observándolo.
Por primera vez no estaba soñando.
Era real.
Completamente real.
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Mister T se puso de pie.
No sintió miedo.
Ya no.
Aquella sensación había desaparecido hacía tiempo.
—¿Por qué apareces ahora?
La figura permaneció inmóvil.
—Porque el momento se acerca.
—¿Qué momento?
Los ojos brillantes parecieron encenderse.
—El momento de convertirte en lo que siempre has sido.
Mister T frunció el ceño.
—No entiendo.
La criatura dio un paso adelante.
La oscuridad se extendió lentamente sobre la hierba.
—Aún no.
Pero pronto lo harás.
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Cuando amaneció, la figura había desaparecido.
Sin embargo, las palabras permanecieron.
Resonando dentro de su mente.
Una y otra vez.
Como un eco imposible de ignorar.
Y cuanto más pensaba en ellas, más comenzaba a creer que eran ciertas.
Porque una parte de él deseaba ese poder.