CAPÍTULO 8
El poder de los Mapogo había alcanzado su punto más alto.
Sus territorios se extendían por kilómetros de sabana. Las manadas cambiaban sus rutas para evitarlos. Los leones rivales desaparecían mucho antes de que los seis hermanos aparecieran en el horizonte.
Durante años, parecían invencibles.
Pero incluso los imperios más poderosos tienen enemigos.
Y en algún lugar más allá de las fronteras de Kruger, esos enemigos estaban creciendo.
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La estación de lluvias había llegado.
Las nubes cubrían el cielo durante gran parte del día y las tormentas regresaban con frecuencia.
Una tarde, mientras una fina lluvia caía sobre las llanuras, un grupo de hienas llegó a los límites del territorio Mapogo.
Estaban nerviosas.
Agitadas.
Asustadas.
Algo muy poco común.
Los hermanos las observaron desde la distancia.
Finalmente una de ellas habló.
—Vienen.
Los leones intercambiaron miradas.
—¿Quiénes? —preguntó uno de ellos.
La vieja hiena tragó saliva.
—Los cazadores.
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La noticia se extendió rápidamente.
Durante las semanas siguientes comenzaron a surgir rumores por toda la sabana.
Una nueva coalición avanzaba desde el norte.
Leones jóvenes.
Fuertes.
Numerosos.
Tan agresivos como los propios Mapogo en su juventud.
Algunos aseguraban que habían derrotado a varias coaliciones menores.
Otros afirmaban que nunca retrocedían ante una pelea.
Y algunos contaban historias aún más extrañas.
Historias de sombras acompañándolos durante la noche.
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Cuando aquellos rumores llegaron a Mister T, una sensación incómoda se instaló en su interior.
No era miedo.
Todavía no.
Pero sí una inquietud difícil de explicar.
Como si ya conociera aquel futuro.
Como si hubiera escuchado sobre él antes.
Y quizás así era.
Porque aquella misma noche regresó el sueño.
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Se encontró nuevamente en el Valle de las Sombras.
La niebla cubría las rocas.
Los símbolos brillaban débilmente.
Y la criatura lo esperaba.
Como siempre.
Esta vez, sin embargo, algo era diferente.
Mister T estaba cansado.
Las preguntas que había acumulado durante años finalmente escaparon de su boca.
—¿Quién eres realmente?
La figura permaneció inmóvil.
Durante unos segundos solo existió el silencio.
Luego respondió.
—Soy aquello que permanece cuando los reyes desaparecen.
—Eso no responde mi pregunta.
Los ojos brillantes parecieron observarlo con una intensidad desconocida.
—Porque tu pregunta es equivocada.
Mister T frunció el ceño.
—Entonces dime la respuesta.
La criatura dio un paso adelante.
La niebla giró lentamente a su alrededor.
Y habló.
—Yo soy el eco de todos los reyes que cayeron antes que tú.
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El corazón de Mister T se aceleró.
—¿Qué significa eso?
La figura levantó lentamente la cabeza.
—Hace siglos existieron otros gobernantes.
Otros conquistadores.
Otros reyes que creyeron que su poder sería eterno.
Todos desaparecieron.
Pero sus ambiciones permanecieron.
Sus miedos permanecieron.
Sus deseos permanecieron.
Y con el tiempo se unieron.
Se convirtieron en mí.
Un escalofrío recorrió el cuerpo del león.
Aquella explicación resultaba más aterradora que cualquier respuesta imaginable.
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—¿Por qué me elegiste?
La criatura tardó en responder.
—Porque eras igual que ellos.
Aquellas palabras golpearon a Mister T como una garra invisible.
—No.
—Sí.
La voz resonó dentro de la niebla.
—Siempre quisiste más.
Más territorio.
Más poder.
Más control.
Y yo simplemente te mostré el camino.
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Por primera vez, Mister T sintió algo parecido a la culpa.
Pensó en Makulu.
Pensó en los cambios que había sufrido.
Pensó en la forma en que sus hermanos comenzaban a mirarlo.
Y por un instante se preguntó si todo aquello había valido la pena.
Pero la duda desapareció rápidamente.
Porque otra pregunta ocupaba ahora su mente.
—¿Qué quieres de mí?
La criatura sonrió.
Y aquella sonrisa resultó más oscura que la noche.
—Nada es gratis.
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El silencio se volvió pesado.
Mister T comprendió inmediatamente el significado de aquellas palabras.
Había un precio.
Siempre había existido un precio.
Y ahora había llegado el momento de pagarlo.
—¿Qué debo entregar?
La criatura lo observó.
—Pronto lo descubrirás.
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Despertó sobresaltado.
La lluvia golpeaba la tierra.
Los truenos resonaban en la distancia.
Pero el sueño parecía más real que nunca.
Y por primera vez en muchos años, sintió miedo.
No de la guerra.
No de sus enemigos.
Sino de aquello que lo había acompañado durante tanto tiempo.
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Los días siguientes trajeron nuevas noticias.
Los exploradores de la sabana confirmaron los rumores.
La nueva coalición existía.
Y avanzaba hacia Kruger.
Cada territorio conquistado la acercaba más a los Mapogo.
Cada victoria fortalecía su reputación.
Y cada día que pasaba reducía la distancia entre ambos grupos.
La guerra era inevitable.
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Mientras tanto, los hermanos comenzaron a prepararse.
Patrullaban más.
Vigilaban las fronteras.
Reforzaban su presencia en los límites del territorio.
Pero algo había cambiado.
La confianza absoluta de años anteriores ya no existía.
Ahora había tensión.
Dudas.
Miedo.
Y todos lo sentían.
Aunque ninguno lo admitiera.
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Una noche, uno de los hermanos se acercó a Mister T.
—¿Crees que podemos vencerlos?