El Rey Oscuro De La Sabana

La Última Guerra

CAPÍTULO 9

La tormenta llegó al mismo tiempo que los invasores.

Durante días, densas nubes negras cubrieron el cielo de Kruger. El viento soplaba con fuerza entre las llanuras y los relámpagos iluminaban el horizonte durante las noches.

Era como si la propia sabana supiera que algo estaba a punto de terminar.

Algo que había durado años.

Algo que había cambiado para siempre la historia de aquellas tierras.

El reinado de los Mapogo.

Las noticias llegaron al amanecer.

Una manada de impalas atravesó el territorio a toda velocidad.

Detrás de ellos, un grupo de hienas corría en dirección opuesta.

Todos huían.

Todos hablaban de lo mismo.

Los jóvenes leones habían llegado.

La nueva coalición finalmente estaba allí.

En la frontera norte.

A las puertas del reino Mapogo.

Los hermanos se reunieron sobre una colina.

Desde allí podían observar una enorme extensión de terreno.

A lo lejos, varias siluetas avanzaban lentamente entre la hierba alta.

Eran los invasores.

Jóvenes.

Fuertes.

Numerosos.

Sus cuerpos estaban cubiertos de cicatrices recientes.

Sus melenas eran espesas.

Sus movimientos transmitían confianza.

Exactamente igual que los Mapogo cuando comenzaron su ascenso.

Por un instante, Mister T sintió que observaba un reflejo de su propio pasado.

El silencio dominó la colina.

Ninguno de los hermanos habló.

No era necesario.

Todos sabían lo que significaba aquella llegada.

No existía una solución pacífica.

No existía negociación posible.

La sabana tenía sus propias reglas.

Y esas reglas solo permitían un resultado.

La guerra.

Durante los días siguientes, ambos grupos se observaron desde la distancia.

Patrullaban.

Vigilaban.

Esperaban.

Cada coalición buscaba una ventaja.

Cada líder estudiaba al enemigo.

La tensión crecía con cada amanecer.

Hasta que finalmente ocurrió.

La primera batalla comenzó cerca de un río.

Fue rápida.

Brutal.

Violenta.

Dos jóvenes leones cruzaron la frontera.

Tres Mapogo salieron a interceptarlos.

Los rugidos sacudieron el aire.

Las garras brillaron bajo el sol.

La lucha terminó en pocos minutos.

Los invasores retrocedieron.

Pero aquello era solo una prueba.

Una advertencia.

Ambos bandos comprendieron que la verdadera guerra aún no había comenzado.

Aquella noche, Mister T regresó al Valle de las Sombras por última vez.

Sabía que el desenlace estaba cerca.

Sabía que la criatura aparecería.

Y no se equivocó.

La encontró esperándolo frente a la roca de los símbolos.

Como siempre.

Inmóvil.

Paciente.

Antigua.

—Ha llegado el momento —dijo la voz.

Mister T no respondió inmediatamente.

Observó la niebla.

Observó los símbolos.

Observó la oscuridad que había marcado gran parte de su vida.

Finalmente habló.

—¿Cuál es el precio?

Los ojos de la criatura brillaron.

—Tu reino.

El león frunció el ceño.

—¿Mi reino?

—Todo lo que obtuviste.

Todo lo que conquistaste.

Todo lo que amas.

Nada permanece para siempre.

Mister T permaneció en silencio.

La criatura continuó.

—Los reyes creen que poseen el poder.

Pero en realidad solo lo toman prestado.

Y toda deuda debe pagarse.

Aquellas palabras resonaron profundamente en su interior.

Porque sabía que eran ciertas.

Durante años había luchado para construir un imperio.

Había sacrificado amistades.

Había perdido hermanos.

Había cometido errores.

Y ahora comprendía que nada de eso podía evitar el paso del tiempo.

Por primera vez, la figura mostró algo parecido a la compasión.

—No temas.

Todos los reyes terminan igual.

Mister T levantó lentamente la cabeza.

Y por primera vez no sintió rabia.

Ni ambición.

Ni orgullo.

Solo aceptación.

Al amanecer abandonó el valle.

Y nunca volvió.

La batalla final comenzó dos días después.

El cielo estaba cubierto por nubes negras.

La lluvia caía sobre la sabana.

El viento rugía entre los árboles.

Y dos generaciones de leones avanzaban una contra la otra.

Los viejos reyes.

Y los nuevos aspirantes.

Los rugidos estallaron simultáneamente.

La tierra pareció temblar.

Los cuerpos chocaron con una violencia aterradora.

Garras.

Colmillos.

Sangre.

Polvo.

Todo se mezcló en una única explosión de furia.

Los Mapogo lucharon como habían luchado toda su vida.

Con valentía.

Con ferocidad.

Con orgullo.

Pero el tiempo ya no estaba de su lado.

Los jóvenes leones eran demasiados.

Cada vez que uno caía, otro ocupaba su lugar.

Eran rápidos.

Resistentes.

Implacables.

Y estaban impulsados por la misma ambición que años atrás había llevado a los Mapogo a conquistar la sabana.

La misma historia.

Repitiéndose una vez más.

Mister T luchó como una leyenda.

Derribó rivales.

Resistió heridas.

Continuó avanzando incluso cuando el cansancio comenzaba a consumirlo.

Durante horas se negó a caer.

Durante horas demostró por qué había sido considerado el rey más temido de Kruger.

Pero incluso las leyendas tienen límites.

Finalmente quedó rodeado.

Varios enemigos cerraron el círculo a su alrededor.

Su cuerpo estaba cubierto de heridas.

La lluvia caía sobre su melena oscura.

La sangre se mezclaba con el barro.

Aun así permaneció de pie.

Observando a sus enemigos.



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En el texto hay: aventuras y terror

Editado: 06.06.2026

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