Alexander
—Mamá, ya deja de molestar.
Suelto el teléfono sobre la mesa de la cocina mientras paso una mano por mi cara.
Desde que le conté sobre Amber, no ha parado.
Literalmente no ha parado.
Mensajes. Llamadas. Preguntas.
“¿Cómo es?”
“¿Qué hace?”
“¿Cuándo la traes?”
“¿Es seria?”
Como si tuviera cinco años y estuviera anunciando un logro importante en lugar de… lo que sea que esto sea.
—Alexander, nunca has tenido una novia —dice otra vez mi mamá por el teléfono—. Y ahora aparece Amber…
—No es mi novia.
Silencio del otro lado.
Demasiado corto.
Demasiado sospechoso.
Me paso una mano por el cabello, frustrado.
—Todavía.
Lo digo sin pensarlo mucho.
Y apenas lo digo, me doy cuenta.
Mi mamá suelta una risa inmediata.
—Ajá.
Cierro los ojos un segundo.
—No empieces.
—¿Cómo no voy a empezar? Me estás diciendo que de repente hay una chica que te hace actuar como una persona normal.
—No estoy actuando diferente.
—Alexander.
Silencio.
Maldita sea.
Me apoyo contra la encimera mirando por la ventana del apartamento.
Amber no está aquí ahora.
Y eso me molesta más de lo que debería.
—Es complicada —murmuro al final.
Mi mamá baja un poco el tono.
—¿Complicada cómo?
Pienso en Amber.
En cómo me mira.
En cómo se ríe.
En cómo casi me vuelve loco cuando desaparece sin avisar.
En cómo me hace sentir cosas que no tengo controladas.
Exhalo despacio.
—Complicada como alguien que no debería importarme tanto… pero me importa.
Del otro lado, mi mamá se queda en silencio unos segundos.
Después habla más suave.
—Entonces sí es importante.
No respondo.
Porque no necesito decirlo en voz alta para saber que tiene razón.
Me acerco a la mesa otra vez y miro el celular.
Hay mensajes de Noah.
“Está bien.”
“Ya volvió a la residencia.”
“Ryan es un imbécil.”
Perfecto.
Pero aun así no me quedo tranquilo.
Porque no se trata solo de si está bien físicamente.
Se trata de lo que ese tipo le dijo.
De cómo la miró.
De cómo la hizo dudar.
Paso una mano por la mandíbula.
—No es mi novia —repito, esta vez más bajo.
Mi mamá suelta otra risa.
—Pero lo será.
Cuelgo antes de que pueda seguir hablando.
Y me quedo en silencio.
Mirando el teléfono.
Pensando en Amber.
Y en lo fácil que sería simplemente decidirlo.
Porque si hay algo que ya sé con absoluta claridad…
Es que no pienso dejar que nadie la trate así otra vez.
Me quedo en el apartamento mirando la ciudad por la ventana sin realmente verla.
Ryan, Amber, Noah… todo se mezcla en mi cabeza de una forma que no me gusta.
Y aún así no puedo dejar de pensar en ella.
El timbre suena.
Frunzo el ceño.
No estoy esperando a nadie.
Camino hacia la puerta y la abro sin pensar demasiado.
Y ahí está.
Amber.
Sosteniendo una bolsa de papel en las manos.
Me quedo quieto un segundo.
—¿Qué haces aquí? —pregunto, sorprendido.
Ella levanta apenas la bolsa.
—Traje comida.
Parpadeo.
—¿Comida?
—Ajá.
Entra sin esperar permiso, como si ya fuera algo normal estar aquí.
Y honestamente… empieza a serlo.
Cierro la puerta detrás de ella mientras la sigo con la mirada.
—¿Qué tipo de comida?
Amber abre la bolsa sobre la isla de la cocina.
Galletas.
Dulces.
Y algo que huele peligrosamente bien.
—Sophia dijo que cuando estás estresado comes azúcar como si fuera terapia —dice tranquila.
Me quedo mirándola.
—¿Sophia te dijo eso?
—Sí.
—La voy a matar.
Amber sonríe apenas.
Y ese pequeño gesto ya me baja la tensión del pecho.
Se acerca un poco más a la mesa y deja la bolsa bien acomodada.
—Pensé que… no sé —dice más bajo—. Después de lo de hoy… quizá estabas preocupado.
La miro en silencio.
Porque sí.
Lo estaba.
Sigo estándolo.
Pero verla aquí cambia algo.
—No tenías que venir —digo finalmente.
Amber se encoge de hombros.
—Ya lo sé.
Pausa.
Después me mira directo.
—Pero quise.
Silencio.
Me paso una mano por la mandíbula, intentando no sonreír como idiota.
—Eres rara.
—Lo dices como si fuera insulto.
—No lo es.
Me acerco a la bolsa y saco una galleta sin pensarlo.
Amber me observa.
—¿Te gustan?
La miro.
—Me encantan.
Ella sonríe satisfecha.
—Sabía.
Suelto una risa baja.
—¿Eso era tu plan? ¿Sobornarme con azúcar?
—Tal vez.
Me apoyo contra la encimera mirándola.
Y de repente todo lo demás deja de importar un poco.
—Amber.
—¿Sí?
Hago una pausa.
Porque no estoy acostumbrado a esto.
A alguien apareciendo sin que la busque.
A alguien preocupándose.
A alguien quedándose.
—Gracias.
Ella baja la mirada un segundo, como si le diera un poco de vergüenza.
—De nada.
Y por primera vez en todo el día…
Me siento un poco mejor.
Me apoyo contra la encimera mientras Amber sigue acomodando las galletas como si este fuera su lugar desde siempre.
Y eso… me gusta demasiado.
—Oye —digo de repente.
Ella levanta la mirada.
—¿Sí?
Me paso una mano por el cuello, un poco incómodo sin razón clara.
—Mañana es el cumpleaños de Sophia.
Amber parpadea.
—Ah… ok.
—Mi mamá va a hacer una cena en casa.
Ella asiente lentamente, sin entender aún a dónde voy.
Suelto el aire.
—Y… estás invitada.
Silencio.
Literalmente silencio.
Amber se queda quieta con una galleta a medio camino de su boca.
—¿Qué? —dice finalmente.
Levanto una ceja.