Alexander
El golpe llega primero.
Después la voz.
—¿Eso es todo lo que puedes hacer?
Tengo diez años otra vez.
Diez malditos años.
Estoy parado en medio de la sala de entrenamiento de mi padre intentando mantener los puños arriba mientras él camina alrededor mío como si estuviera evaluando un error.
Porque para él eso soy.
Un error.
—Mírate —dice con desprecio—. Ni siquiera puedes mantenerte firme.
Respiro agitado.
Me duelen las costillas.
Pero no puedo caer.
No enfrente de él.
Nunca enfrente de él.
—Otra vez.
Levanto los brazos temblando.
Demasiado lento.
El siguiente golpe llega tan fuerte que caigo al piso.
El sonido retumba en mi cabeza.
Y él ni siquiera parece afectado.
—Patético.
Aprieto las manos contra el suelo intentando levantarme mientras la garganta me arde.
No llores.
No llores.
No llores.
Porque llorar solo empeora todo.
Daniel se agacha frente a mí y me toma de la mandíbula con fuerza.
—Algún día vas a entender que el mundo destruye a la gente débil.
Sus dedos aprietan más fuerte.
—Y yo no voy a criar a un débil.
Intento apartarme.
Error.
Su expresión cambia inmediatamente.
Oscura.
Peligrosa.
—¿Me estás desafiando?
El miedo me atraviesa el pecho.
Y entonces—
Despierto de golpe.
Respiro demasiado rápido.
Oscuridad.
Mi habitación.
Seattle.
No la casa de mi infancia.
Maldición.
Paso una mano por mi cara mientras intento regular la respiración.
Otra vez.
Hacía meses que no soñaba con eso.
Miro hacia un lado.
Amber está dormida junto a mí, acurrucada entre las cobijas, completamente tranquila.
Y algo en mi pecho se rompe un poco.
Porque no quiero que me vea así.
Nunca así.
Me siento lentamente al borde de la cama intentando no despertarla.
Pero en cuanto mis pies tocan el suelo, escucho su voz dormida detrás de mí.
—Alex…?
Cierro los ojos un segundo.
Perfecto.
Me giro apenas.
—Vuelve a dormir.
Amber se incorpora un poco inmediatamente.
Y en cuanto me mira bien, su expresión cambia.
—Hey…
Maldición.
Ella se acerca rápido, todavía medio dormida.
—¿Qué pasó?
Niega con la cabeza cuando intento decir “nada”.
—No me mientas.
Exhalo lento.
Me paso una mano por el cabello.
—Solo fue una pesadilla.
Amber me observa unos segundos.
Después se acerca más hasta quedar frente a mí.
—¿Tu papá?
La miro sorprendido.
Ella baja la voz.
—La forma en que reaccionaste hoy… y lo que dijiste…
Silencio.
No respondo.
Porque no necesito hacerlo.
Amber entiende igual.
Su mano busca la mía lentamente.
Con cuidado.
Como si temiera asustarme.
—Ven aquí —susurra.
Frunzo el ceño apenas.
—Amber—
—Alexander.
Y maldición.
La forma en que dice mi nombre destruye cualquier intento mío de fingir que estoy bien.
Así que cedo.
Vuelvo a acostarme y ella inmediatamente me abraza contra ella.
Sin preguntas.
Sin presión.
Solo… se queda.
Su mano acaricia lentamente mi cabello mientras mi respiración empieza a bajar poco a poco.
—Ya pasó —murmura bajito—. Estás aquí conmigo.
Cierro los ojos.
Y por primera vez en mucho tiempo…
realmente quiero creerle.
Nos quedamos en silencio un rato.
Amber sigue abrazándome como si no estuviera esperando nada de mí, como si simplemente quedarse fuera suficiente.
Y eso debería hacer más fácil callarme.
Pero no lo hace.
Porque ahora mismo… quiero hablar.
Aunque no tenga idea de cómo hacerlo.
Su mano sigue moviéndose lentamente por mi cabello mientras la habitación permanece oscura y tranquila.
—Nunca te había contado nada de él —murmuro finalmente.
Amber no se mueve.
—Lo sé.
—No me gusta hacerlo.
—También lo sé.
Exhalo lento.
Mis ojos se quedan fijos en el techo.
—Mi papá siempre fue así.
La siento tensarse apenas a mi lado, pero no me interrumpe.
—Cuando era niño pensaba que era normal. Que todos los padres gritaban así… o golpeaban cosas cuando estaban enojados.
Trago saliva.
—Después crecí y entendí que no.
El silencio se vuelve más pesado.
—Él estaba obsesionado con que yo fuera “fuerte”. —hago comillas con los dedos—. Perfecto en deportes, perfecto en notas, perfecto en todo.
Suelto una pequeña risa amarga.
—Y cuando no lo era… se encargaba de recordármelo.
Amber aprieta un poco más su abrazo alrededor mío.
—Alex…
Cierro los ojos un segundo.
—Nunca importaba lo que hiciera. Siempre faltaba algo.
Mi voz sale más baja ahora.
Más cansada.
—Si ganaba algo, preguntaba por qué no había sido mejor. Si cometía un error, actuaba como si fuera el fin del mundo.
La garganta me arde un poco.
Odio eso.
—Y aprendí rápido que discutir solo empeoraba todo.
Amber guarda silencio unos segundos antes de preguntar suavemente:
—¿Te pegaba?
La pregunta queda suspendida en el aire.
Y honestamente… nunca había respondido eso en voz alta.
Ni siquiera conmigo mismo.
Aprieto la mandíbula.
Después asiento apenas.
Siento cómo Amber deja de respirar un segundo.
—No siempre —digo rápido, como si eso ayudara—. A veces solo gritaba o rompía cosas.
Maldición.
Escucharme justificarlo en voz alta me da asco.
Amber se aparta apenas solo para mirarme.
Sus ojos brillan un poco.
—Alex… eso sigue estando mal.
La miro.
Y ahí está otra vez.
Esa cosa extraña que ella hace.
No me mira con lástima.
Me mira con dolor.