El riesgo de amarte

Capítulo 12

Alexander

—Pero dime la verdad… ¿ella se veía con dolor de cabeza? ¿Por qué me evita?

Noah suspira desde el otro lado de la mesa llena de planos y laptops.

—Amigo, relájate.

Paso una mano por mi cabello frustrado mientras vuelvo a mirar el celular.

Nada.

Ni un mensaje nuevo.

Ni una llamada.

Y eso no tiene sentido.

Porque Amber y yo literalmente no podemos pasar veinte minutos sin hablar.

—Alex —dice Noah otra vez—. Habla con ella en una hora. Déjala dormir.

Aprieto la mandíbula.

—Algo pasó.

—O simplemente está cansada.

Niego inmediatamente.

—No. La conozco.

Aunque honestamente… eso me asusta más.

Porque sí la conozco.

Y cuando Amber se pone distante no es porque dejó de sentir.

Es porque algo la está lastimando.

Me dejo caer en la silla mirando el proyecto frente a mí sin realmente verlo.

Planos.
Diseños.
Cálculos.

Nada entra a mi cabeza ahora mismo.

Noah me observa unos segundos.

—¿Pelearon?

—No.

—¿Estás seguro?

Lo miro mal.

—Sí, estoy seguro.

Él levanta las manos.

—Ok, cálmate psicópata enamorado.

Normalmente me burlaría.

Pero ahora mismo siento algo raro en el pecho.

Incomodidad.

Ansiedad.

Como si algo estuviera fuera de lugar.

Mi celular sigue sobre la mesa.

Silencioso.

Y odio eso.

Noah vuelve a enfocarse en la laptop.

—Dale espacio un rato. Las chicas a veces necesitan eso.

Me río sin humor.

—Amber no.

Porque Amber habla.

Mucho.

Me cuenta todo.

Cuando está feliz.
Cuando está triste.
Cuando extraña a su mamá.
Cuando tiene miedo de un examen.
Cuando piensa demasiado.

Entonces… ¿por qué ahora no?

Mis ojos vuelven al celular otra vez.

Y entonces recuerdo algo.

—Sophia.

Noah levanta la vista.

—¿Qué?

—Ella estaba rara cuando me escribió que Amber se quedó en la residencia.

Noah frunce apenas el ceño.

—¿Rara cómo?

—No sé.

Me pongo de pie inmediatamente.

Porque de pronto siento ese impulso horrible en el cuerpo.

El de necesitar verla ahora.

—Voy a la residencia.

Noah suspira fuerte.

—Alex.

—No puedo quedarme aquí sentado.

—Y tampoco puedes invadirle el espacio si te dijo que quería dormir.

Aprieto la mandíbula otra vez.

Odio cuando tiene razón.

Me dejo caer de nuevo en la silla frustrado.

—Odio esto.

Noah sonríe apenas.

—Bienvenido al amor, idiota.

Le lanzo un bolígrafo que logra esquivar riéndose.

Pero honestamente…

sí se siente así.

Porque por primera vez en mi vida alguien tiene el poder de arruinarme el día completo solo con sonar triste.

Y eso da muchísimo miedo.

No aguanto ni cuarenta minutos más.

Noah sigue hablando del maldito proyecto mientras yo reviso el celular cada treinta segundos como un psicópata.

Nada.

Ni un mensaje.

Ni un “estoy bien”.

Ni siquiera un sticker ridículo.

Y ahí es cuando algo dentro de mí termina de romperse.

Me pongo de pie tan rápido que la silla rechina contra el piso.

—Ok, ya no puedo.

Noah suspira inmediatamente.

—Alex…

—No, esto no es normal.

Tomo las llaves del auto y el celular mientras él se levanta también.

—Hermano, quizá solo—

—Amber jamás me ignoraría así.

Eso lo hace quedarse callado un segundo.

Porque él también lo sabe.

Salgo del apartamento sin esperar respuesta y conduzco directo a la residencia femenina sintiendo el corazón latiendo demasiado rápido.

Todo el camino intento convencerme de que estoy exagerando.

Que probablemente está dormida.

O viendo una película.

O escribiendo.

Pero entonces… ¿por qué siento este miedo horrible?

Llego finalmente y prácticamente entro corriendo al edificio.

La recepcionista levanta la mirada.

—Buenas noches.

—Busco a Amber Collins.

Ella empieza a escribir algo en el computador mientras yo intento controlar mi respiración.

Silencio.

Después frunce apenas el ceño.

—Lo siento… no puede subir.

Aprieto la mandíbula.

—Sí, ya sé las reglas. Solo dígale que Alexander está aquí.

La mujer vuelve a mirar la pantalla.

Y entonces dice algo que hace que el mundo se detenga completamente.

—La señorita Collins ya no vive aquí.

Parpadeo.

—¿Qué?

Ella me mira confundida.

—Sacó sus cosas esta noche.

Siento que me quedo sin aire.

—No… eso no tiene sentido.

La recepcionista gira apenas el monitor hacia ella revisando otra vez.

—Sí. Hizo salida oficial hace aproximadamente una hora.

Mi corazón empieza a golpear demasiado fuerte.

—¿A dónde fue?

—No puedo dar esa información.

La miro completamente paralizado.

Porque no entiendo.

No entiendo nada.

Amber no haría esto.

No sin hablar conmigo.

No sin decirme algo.

Saco el celular inmediatamente y la llamo otra vez.

Una vez.
Dos veces.
Tres.

Buzón.

Mierda.

—Señor, ¿se encuentra bien? —pregunta la recepcionista.

No respondo.

Porque honestamente siento que el piso desapareció debajo de mí.

Salgo otra vez al estacionamiento intentando respirar.

Y entonces veo algo.

El auto de Sophia estacionándose cerca.

Ella baja rápidamente.

Y apenas me ve…

su cara cambia.

Como si no esperara encontrarme aquí.

Como si supiera exactamente por qué estoy aquí.

Camino directo hacia ella.

—¿Dónde está Amber?

Sophia se queda quieta.

Demasiado quieta.

Y ahí es cuando el miedo se convierte en algo mucho peor.

—Se fue.

La miro fijo.

Seguro escuché mal.

—¿Qué?




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