En el risco de Sahar bajo el cielo herido del atardecer, una niña solía deambular todas las tardes cual alma en pena. Su cabellera rubia y su vestido de encaje blanco ondeaban contra el vacío. A la distancia, oculto tras el velo de su propia miseria, Asbel Pascal la observaba inmóvil y en silencio absoluto, como si temiera que el más mínimo de los movimientos, o siquiera un vago suspiro, la hiciera desaparecer.
Los rayos de sol, filtrándose por las ranuras de las persianas, iluminaban parte de su semblante recio y duro, del que nunca nadie ha visto o ha esperado una sonrisa; pero sorprendentemente, en este comenzaba a florecer el patético atisbo de una. Las arrugas debajo de sus ojos marcándose...
Aquel hombre era un veterano de guerra. Desde hace años, había olvidado cuántos, vivía como ermitaño en una de las casas abandonadas en el risco de Sahar; consumido por la amargura, la soledad y la miseria tras ser abandonado por sus tres hijos mayores y su esposa. Torturado, además, por los fatídicos errores del pasado.
Entre las polvorientas paredes de la sala de estar, pasaba el resto de su eterna, pero efímera vida. A duras penas, sus únicos refugios contra el silencio eran un viejo tocadiscos que susurraba melodías de los años cincuenta y aquella niña risueña, a quien contemplaba a través del cristal justo en la puesta de sol.
A esa hora exacta, abría las persianas para disfrutar el mejor momento del día. Los atardeceres le parecían sublimes, tanto como la voz de Patti Page. Le maravillaba ver cómo los colores rojos, naranjas y dorados salpicaban las nubes, extendiéndose sobre la pequeña ciudad como un afable y cálido abrazo.
Desde su ventana, atisbaba a la niña luciendo el mismo vestido blanco de siempre, ese que el tiempo parecía no tocar. Allí, repetía su ritual: canturreaba y daba saltitos con una bonita canasta tejida, ajena por completo al peligro del acantilado. Asbel la observaba con una mezcla de envidia y duda: ¿a qué jugueteaba ahora?
Por instantes, él lo recordaba: ella iba por las flores. El risco estaba repleto de margaritas; alguien, no sabía quién, las había sembrado muchos años atrás. Amaba deleitarse con la forma en que la niña arrancaba aquellas flores; era como si las asesinara... para llenar su canasta. Ver aquello hacía que una sonrisa, casi olvidada, floreciera en sus labios. Había algo en esa forma tan pura de destruir que, extrañamente, le devolvía la paz.
Asbel estiraba la mano hacia la mesita de noche para tomar sus píldoras y, con tediosa lentitud, se acercaba a la ventana para mirar más de cerca. Era un hombre físicamente roto, cuya pierna izquierda se negaba a seguir el ritmo del resto de su cuerpo. En cada rincón de la habitación, las aves disecadas seguían el arrastrar de su pierna con esos ojos saltones suyos.
—¿Y ustedes? ¿Qué tanto me ven? —bromeaba con amargura—. ¿Acaso tengo monos en la cara?
Al no recibir más que el silencio de los pájaros muertos, su gesto se desplomaba. Apoyaba la frente sobre el cristal, intentando recuperar el aliento tras el breve trayecto.
En el risco, la niña correteaba de cara al sol, con sus rizos dorados resplandeciendo y ondeando al son del viento. Al otro lado del vidrio, el anciano alzaba uno de sus dedos para, en su imaginación, detener el lazo rojo que serpenteaba sobre el delicado rostro de la pequeña.
—¡Demonios! —gruñía al no lograrlo.
Bajaba la cabeza para mirar sus manos: callosas, arrugadas y traicioneras por el temblor. El escozor en sus ojos resultaba inevitable y una lágrima gruesa bajaba súbitamente por su nariz torcida. Estaba hastiado de ser un viejo inútil. ¿En qué momento se había vuelto un bueno para nada? Los años le pesaban como un costal de cadáveres destartalados y putrefactos. Más lágrimas se deslizaban a lo largo de sus mejillas hasta detenerse en su barbilla y caer al suelo.
Afuera, la niña arrancaba las flores de pétalos blancos las margaritas eran sus favoritas; pero, sintiendo sobre ella una pesada y turbia mirada, se detenía en seco. Giraba sobre sus talones para encarar la pequeña casa que parecía abandonada. Torcía una sonrisa de boca cerrada. Desde la lejanía, el abismo oscuro de ambas miradas finalmente se encontraba.
Las comisuras en los labios de la niña se alzaban en un gesto cómplice. Sin apartar la vista de la ventana, dejaba la canasta repleta de flores muertas en el suelo y alzaba la mano para saludar con un ademán entusiasta al señor que se ocultaba tras el vidrio.
—¡Hola, Sr. Pascal! —su voz, clara y vibrante, lograba viajar hasta los oídos del veterano.
Asbel sonreía, sorprendido. ¿Por qué le estaba saludando? ¿Acaso le conocía y su carcomida memoria no le recordaba? Se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano y le devolvía el saludo.
—¿Tú me conoces, pequeña? —balbuceaba él.
La niña comenzaba a correr por el sendero con una agilidad increíble. Se acercaba tanto a la ventana que sus ojos quedaban a la altura de los del anciano, solo separados por la fría barrera transparente.
—Ay, Sr. Pascal... —decía ella, y su voz llegaba a él como un eco nítido—, ¿cómo está hoy? ¿Tomó su medicina?
—¿Medicina? —repetía él, confundido.
—Para que no se le olviden las cosas.
—Ah, es verdad... —Asbel recordaba que tenía el frasco de las píldoras en sus manos; solía olvidar las cosas con mucha rapidez. Giraba el rostro hacia su mesita de noche, observando el montón de píldoras amontonadas como pequeñas piedras blancas—. Sabía que debía recordar eso que siempre olvido pero había olvidado qué era. Tú eres...
«La asesina de las flores».
Así era como él la llamaba secretamente en su mente, tras verla asesinar las margaritas blancas que nacían en los alrededores del risco y arrancarles los pétalos. No obstante, ¿acaso preguntaba si alguien la quería o no? Algunas veces, Asbel juraba escucharla reír mientras las veía retorcerse de dolor y desfallecer lentamente bajo sus dedos.
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Editado: 06.03.2026