El ritmo de amor

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Capítulo 1: El tango del primer adiós (y del primer recuerdo)

Giulia Rossi llegó a Estambul con una maleta que había pertenecido a su abuela, un currículum manchado de café y la certeza absoluta de que su vida era un desastre. Tenía veintiséis años, había estudiado danza clásica desde los cinco, y su mayor logro hasta la fecha era haber hecho de hada de azúcar en un centro comercial de Milán antes de que un niño le tirara un helado de pistacho en el tutú.

—No voy a rendirme —se dijo frente al espejo del diminuto hostal donde había alquilado una litera—. Soy italiana, tengo carácter y… —miró su cuenta bancaria—, tengo exactamente cuarenta y siete euros.

El problema era que en Turquía nadie buscaba bailarinas de ballet clásico. Buscaban caderas, ritmo, salsa, tango, bachata. Y Giulia tenía una coordinación maravillosa… cuando estaba sola. En cuanto aparecía un ser humano delante, sus pies se convertían en enemigos públicos.

Esa tarde, desesperada, entró en un local llamado Kasap Lounge porque había un cartel que decía: «SE BUSCAN BAILARINAS». El dueño era un hombre calvo con bigote llamado Derya, que la miró de arriba abajo mientras masticaba un pistacho.

—¿Sabes bailar? —preguntó.

—Sí —mintió Giulia—. He hecho ballet. Eso es… danza.

—Ballet —Derya escupió la cáscara—. Aquí se baila con el alma, no con puntas de pie. Pero tienes buena cara. Hoy hay un cliente especial. Es español, vive en Italia, y está buscando una bailarina para una nueva puesta en escena. Si consigues que baile contigo y le gustas, te pago.

—¿Que baile con él? ¿Solo una vez? —Giulia sintió que las rodillas le temblaban.

—Tú lo agarras, lo giras y no lo dejes escapar. Mira, te enseño algo básico.

Derya se levantó, le puso una mano en la cintura e intentó dar un paso de bachata. Giulia, por puro reflejo de ballet, hizo una relevé y se subió a los dedos. El resultado fue que clavó el tacón de su zapato en el pie descalzo de Derya.

—¡Ayyyy, madre mía! —gritó él, cojeando—. ¡Eres un peligro!

—Lo siento, lo siento —se disculpó ella, mientras intentaba ayudar y derribó una jarra de agua que empapó los papeles del mostrador.

—¡Ya está bien! —bufó Derya, secándose los pantalones—. Mira, te voy a dar una oportunidad porque necesito a alguien. El cliente se llama Marco. Es alto, moreno, arrogante. Lleva una semana viniendo, buscando a la indicada para su proyecto. Tú intentas algo. Si sale mal, no vuelves.

—¿Y qué baile hago?

—El que sea. Pero que no sea ballet.

Una hora después, Giulia estaba en la oscuridad del Kasap Lounge, vestida con un ridículo vestido rojo que Derya le había prestado (le quedaba grande por el pecho y apretado en las caderas). El tal Marco estaba sentado en una mesa del rincón, con una copa de vino tinto en la mano. Era guapo, sí, pero tenía una expresión que decía: «Demuéstrame que no pierdo el tiempo».

La música empezó… y era un tango. Un bandoneón lento, grave, que llenó la sala de humo imaginario.

Giulia tragó saliva. El tango no era su especialidad, pero el ballet le había enseñado algo útil: la postura y el control. Además, estaba tan asustada que sus piernas decidieron funcionar por instinto de supervivencia.

Marco se levantó, le tendió la mano sin una palabra. Ella la aceptó, y en lugar de caerse, en lugar de tropezar, se quedó firme. La mano de él en su cintura, la otra entrelazada. Un paso. Otro. Un giro lento.

—Oye —murmuró Marco, sorprendido—. Esto no es un desastre.

—Déjame concentrar —respondió ella, mordiéndose el labio.

Y entonces ocurrió el milagro. Giulia cerró los ojos y recordó las clases de su infancia: «La espalda recta, el cuello largo, la cabeza alta». Cuando los abrió, su cuerpo se movía como si el suelo fuera un escenario de La Scala. Marcó un gancho con la pierna que dejó a Marco boquiabierto. Deslizó una barrida suave, luego un ocho cortado. No era perfecto, pero era elegante, seguro, y tenía algo que él no esperaba: carácter.

—¿Dónde aprendiste eso? —preguntó Marco, mientras la giraba otra vez.

—Ballet. Y mucha obsesión.

—Pues el ballet te sienta bien —dijo él, con una sonrisa que por primera vez no era de superioridad, sino de genuino interés.

Bailaron dos tangos enteros. Sin vino derramado, sin caídas, sin manoseos accidentales. Cuando la música terminó, Marco la soltó despacio, como si despegara un papel fino.

—No sé quién eres —dijo—, pero mañana vuelves a bailar conmigo. Y quiero ver si ese tango fue casualidad o talento. Necesito a alguien para mi próxima coreografía.

—Fue puro terror —admitió Giulia, riendo—. El terror me sienta bien.

Marco soltó una carcajada. Se puso la chaqueta, asintió con la cabeza y se fue sin dar la mano. Derya apareció con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Eso sí que fue un tango! ¿Ves? ¡Tú puedes!

Giulia asintió, pero su mente ya estaba en otra parte. Mientras salía a la calle y sentía el aire salado del Bósforo en la cara, un recuerdo la golpeó con la fuerza de un plato de espaguetis mal lanzado.

Tenía catorce años. Era su primer concurso de danza serio, en un pequeño teatro de Verona. Su pareja era un chico llamado Leonardo, dos años mayor, con rizos negros y una sonrisa que le hacía cosquillas en el estómago. Bailaban un pas de deux de El lago de los cisnes… o eso intentaban. Porque en el momento más romántico, cuando él tenía que levantarla en un grand jeté, a Giulia se le olvidó por completo la figura que debía hacer a continuación. Se quedó paralizada, con los brazos en alto y una expresión de pánico. Leonardo, en lugar de soltarla, siguió bailando como si nada, pero ella no conseguía recordar el paso.

—¡La secuencia! —le susurró él, mientras la giraba a la fuerza.

—¡No me acuerdo! —respondió ella, roja como un tomate.

El público se rió. El jurado también. Su madre, desde la butaca, se tapó la cara con el programa. Y Giulia, en lugar de llorar, improvisó una pirueta torpe, se plantó en medio del escenario e hizo una reverencia como si hubiera sido a propósito. Leonardo la siguió, tropezó con un telón, y acabaron los dos en un montón de tules y vergüenza.




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