El ritmo de amor

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Capítulo 2: Bachata, celos y un cubano que mueve las caderas

A la noche siguiente, Giulia estaba otra vez en el Kasap Lounge, pero esta vez no para bailar con desconocidos. Marco la esperaba en la puerta con una chaqueta de cuero negra y una expresión que mezclaba aburrimiento y curiosidad.

—Sube —dijo, señalando un coche negro que brillaba como un espejo.

—¿Adónde vamos? —preguntó Giulia, desconfiando.

—A mi club. El Kasap es solo para probar bailarinas. Mi verdadero sitio está en la otra orilla del Bósforo. Allí decido si vales para mi proyecto.

—¿Y si no valgo?

Marco la miró de arriba abajo, sonrió con media cara y dijo:

—Entonces pagas el vino que derramaste sobre mi camisa. Era de seda italiana.

Giulia se subió al coche sin decir nada, convencida de que su vida había dejado de tener sentido hacía al menos tres semanas.

El club de Marco se llamaba Alma Roja, y era todo lo contrario al Kasap Lounge. Luces tenues pero elegantes, una pista de baile de madera pulida, y un ambiente que olía a jazmines y a dinero silencioso. En una esquina, un grupo de músicos en vivo calentaba instrumentos de cuerda.

—Esto es… bonito —admitió Giulia, aunque su vestido rojo prestado seguía apretándole donde no debía.

—No es bonito —corrigió Marco—. Es rentable. Ahora siéntate y observa.

Giulia se sentó en una mesa de terciopelo burdeos y pidió agua . Entonces apareció él.

Un hombre de piel canela, rizos negros recogidos en una coleta, camisa blanca abierta hasta el tercer botón, y una sonrisa que iluminaba la sala más que las lámparas. Caminaba como si el suelo fuera suyo, caderas sueltas, manos en los bolsillos. Se acercó a Marco, le dio un puñetazo amistoso en el hombro, y luego miró a Giulia.

—¿Esta es tu nueva bailarina? —preguntó con acento cubano—. Joder, Marco, tienes buen gusto.

—Cállate, Alejandro —respondió Marco, sin inmutarse—. Giulia, él es el coreógrafo de bachata. Es un pesado, pero baila bien.

Alejandro se inclinó hacia Giulia como si fuera a contarle un secreto.

—No solo bailo bien. Enseño bien. Y tú tienes una pinta de necesitar clases urgentes. ¿Verdad?

—No sé a qué te refieres —mintió ella, aunque recordó perfectamente cómo había clavado el tacón en el pie de Derya.

—A que te mueves como una bailarina de ballet perdida en una discoteca de La Habana. Pero no te preocupes, mami. Yo te enseño. ¿Bachata?

—¿Bachata? —repitió Giulia, mirando a Marco en busca de permiso.

Marco suspiró, se sirvió una copa de vino tinto (esta vez alejándola de ella) y dijo:

—Hazlo. Quiero ver si aprendes algo.

La música empezó: un ritmo lento, pegajoso, que invitaba a pegar los cuerpos. Giulia se puso de pie, sintiendo las rodillas flojas. Alejandro le tomó la mano derecha, puso la otra en su cintura, y empezó a moverla.

—Relájate, italiana. Esto no es ballet. No hay puntas de pie ni giros perfectos. Solo caderas.

—¿Caderas? —preguntó ella, moviéndose como un robot averiado.

—Sí, cad… ay, Dios mío —Alejandro soltó una carcajada—. Pareces un flamenco con contractura. Mira, así.

Y entonces Alejandro empezó a bailar solo. Fue como ver el mar en movimiento: caderas que ondulaban, pies que se deslizaban, brazos que invitaban sin tocar. Giulia se quedó boquiabierta. Desde la mesa, Marco también miraba, pero con una expresión diferente: algo entre orgullo profesional y… ¿celos?

—Inténtalo otra vez —dijo Marco, con voz tensa.

Alejandro volvió a tomarla de la mano. Esta vez, Giulia cerró los ojos, respiró, y dejó que el ritmo entrara por sus pies. Olvidó el ballet. Olvidó la postura. Y simplemente… se movió.

—¡Eso es! —gritó Alejandro—. ¡Ya tienes cadera, mami!

Giulia abrió los ojos y descubrió que estaba bailando. Mal, pero bailando. Sus caderas hacían algo parecido a una ola, sus pies seguían el compás, y su sonrisa era tan ancha que le dolían las mejillas. Alejandro la giró, la acercó, la alejó, y en un momento de entusiasmo, ella enganchó el tacón en el bajo de su pantalón. Perdió el equilibrio… y cayó directamente sobre Alejandro, que la recibió con los brazos abiertos.

—¿Estás bien? —preguntó él, sin soltarla, con una sonrisa pícara.

—Siempre caigo —murmuró Giulia, roja como su vestido—. Es mi especialidad.

—Pues yo te levanto —respondió él, y la puso de pie… pero sus manos se quedaron un segundo de más en sus caderas.

Desde la mesa, Marco dejó la copa con un golpe tan seco que el vino saltó por los bordes. Se levantó de un salto y cruzó la pista en tres zancadas.

—Alejandro —dijo, con voz helada—. Las manos donde se ven.

—Están donde tienen que estar, jefe —respondió el cubano, sin apartar la mirada de Giulia—. Enseñando a bailar. ¿O es que ahora también controlas cómo respiro?

—Si vuelves a tocarla así… —Marco dio un paso al frente. Sus cuerpos casi se rozaban.

—¿Qué? ¿Me despides? —Alejandro soltó una risa corta—. No lo harás. Porque sin mí, tu proyecto de bachata se va al carajo. Y tú lo sabes.

Giulia se quedó paralizada entre los dos. Por un momento, parecía que iban a pelearse allí mismo, en medio de la pista, delante de los músicos y los pocos clientes que empezaban a mirar.

—Basta —dijo ella, metiéndose en medio—. No soy un premio. Ni una discusión.

Marco la agarró del brazo. Suavemente, pero con firmeza. La apartó un par de metros de Alejandro.

—Ven —le susurró al oído—. Necesito hablar contigo. A solas.

—¿Y si no quiero? —preguntó ella, desafiante.

—Entonces te llevo a rastras. Tú eliges.

Giulia sintió un escalofrío. No de miedo, de algo que no sabía nombrar. Lo siguió hasta una terraza vacía con vistas al Bósforo. El agua negra brillaba bajo la luna.

—¿Qué coño te pasa? —soltó ella, soltándose de su agarre—. ¿Eres su jefe, no tuve?

—Exactamente —respondió Marco, sin mirarla a los ojos, mirando el horizonte—. Soy su jefe. Y no me gusta cómo te mira.




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