El ritmo de amor

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Capítulo 3: Flamenco, corazones y una perrita llamada Luna

I. La llegada al segundo club

Después de la noche de la bachata y los celos ardientes de Marco, Giulia no durmió bien. Dio vueltas en su litera del hostal pensando en dos pares de ojos: los verdes de Marco, llenos de tormenta contenida, y los canela de Alejandro, chispeantes de picardía.

—Estoy metiéndome en un lío —se dijo al espejo—. Y lo peor es que me gusta.

Por la mañana, sonó su teléfono. Era un mensaje de Marco:

«Hoy te llevo a otro sitio. No el club. Algo más auténtico. Vístete cómoda pero sexy. Y no lleves tacones altos, que ya sé cómo te las gastas.»

Giulia sonrió a pesar de sí misma. «¿Y si no quiero ir?», escribió.

La respuesta llegó al segundo: «Entonces me presento en tu hostal con una grúa y te saco de la cama. No me pongas a prueba.»

—Este hombre es un dictador con buena cara —murmuró, mientras se ponía unos pantalones negros ajustados y una blusa roja de tirantes.

Alejandro también le escribió: «Mami, hoy no puedo ir. El jefe quiere probarte con otro baile. Pero ojo con ese nuevo, que los españoles son más celosos que los cubanos. Cuídate. Y si te trata mal, dímelo y le parto la cara.»

Giulia se rió. Por lo menos tenía un aliado.

II. El Tablao del Alma

Marco la recogió en su coche negro, pero no la llevó al Alma Roja. Condujeron durante veinte minutos por calles empedradas hasta llegar a un barrio antiguo de Estambul, donde los edificios parecían susurrar historias de hacía siglos. Aparcó frente a una puerta de madera tallada sin ningún cartel.

—¿Esto es un club? —preguntó Giulia, escéptica.

—Esto es El Tablao del Alma —respondió Marco, empujando la puerta—. El dueño es amigo mío. Aquí se baila flamenco de verdad, no el de los escenarios turísticos. Y esta noche hay un artista invitado.

Entraron. El lugar era pequeño, íntimo, con paredes de ladrillo visto y una pista de madera en el centro, rodeada de mesas bajas con velas. Las luces eran anaranjadas, como de atardecer perpetuo. En una esquina, una guitarra descansaba sola en una silla, como esperando a su dueño.

—Es… mágico —susurró Giulia, sintiendo un hormigueo en la nuca.

—Eso he oído decir a muchos —dijo Marco, mirándola de reojo—. Pero tú dime si notas algo especial. Yo solo veo madera y velas.

—Por eso tú no entiendes nada de magia —respondió ella, y se sentó en una mesa sin pedir permiso.

Marco la siguió. Pidió dos copas de vino (esta vez él mismo apartó la suya al borde de la mesa, fuera del alcance de los codos de Giulia).

—No voy a derramar nada —protestó ella.

—Precaución no es desconfianza —dijo él, y por primera vez esa noche, esbozó una sonrisa sincera.

III. El nuevo pretendiente: Diego

La guitarra sonó sola. Bueno, no sola: un hombre apareció desde una cortina de terciopelo, la tomó y empezó a tocar sin decir palabra. Era joven, unos veintiocho años, pelo negro hasta los hombros, camisa blanca arremangada hasta los codos. Tenía brazos fuertes, morenos, y una barba de dos días que le daba un aire peligroso.

Luego empezó a cantar. Una soleá lenta, desgarradora, que hablaba de pérdidas y puertas cerradas. Y entonces, de la misma cortina, salió Diego.

Diego era gitano español, de Madrid. Lo supieron después, pero en el momento en que apareció, Giulia supo que era especial. Llevaba un traje negro ajustado, chaqueta corta, y zapatos de tacón de flamenco. Tenía la piel aceitunada, los ojos negros como el carbón, y una forma de caminar que parecía un desafío al destino.

—¿Quién es? —preguntó Giulia, sin apartar la mirada.

Marco apretó la mandíbula. Había visto esa expresión antes: admiración pura.

—Diego Vargas —respondió, con voz tensa—. Bailaor flamenco. Está de gira por Turquía. Y es… peligroso.

—¿Peligroso por qué?

—Porque las mujeres se enamoran de él en cinco minutos. Y él las deja a los diez.

Diego empezó a bailar. Fue un taconeo atronador, rápido como un latido de corazón asustado. Sus brazos se alzaban y caían con una elegancia feroz, y su cara no mostraba emoción, solo concentración absoluta. Cuando terminó, el pequeño local estalló en aplausos. Giulia aplaudía con las manos enrojecidas.

—Quiero bailar con él —dijo, sin consultar a Marco.

—Ni lo sueñes —respondió él—. Es demasiado pronto. Apenas sabes bachata, y el flamenco es otro mundo.

—No me importa. Quiero intentarlo.

Marco la miró largamente. Estaba a punto de prohibírselo, pero vio algo en los ojos de Giulia: no capricho, sino necesidad. Ella necesitaba demostrarse que podía bailar cualquier cosa, con cualquiera.

—Está bien —cedió él, sorprendiéndose a sí mismo—. Pero me siento aquí mirando. Y si él pone una mano donde no debe, lo mato.

—Ya estás otra vez con los celos —dijo ella, levantándose.

—No son celos. Es instinto de protección —mintió Marco, pero sus nudillos estaban blancos de apretar la copa.

IV. El baile: flamenco a oscuras

Giulia se acercó a Diego mientras él bebía agua en la barra. Le habló en español (su lengua materna, aunque ella era italiana, entendía casi todo).

—Hola. Soy Giulia. Quiero bailar contigo.

Diego la miró de arriba abajo. No sonrió. Solo preguntó:

—¿Sabes flamenco?

—No.

—¿Sabes seguir el compás?

—Tampoco.

—¿Y qué sabes hacer?

—Caerme con gracia.

Diego se quedó en silencio un segundo. Luego soltó una carcajada seca y gutural.

—Me gustas. Vamos.

La llevó a la pista. La música empezó: una alegría más rápida, más festiva. Diego le puso las manos en los hombros, la giró de espaldas a él, y empezó a marcar el ritmo con los pies.

—Siente el suelo —le susurró al oído—. El flamenco no está en las caderas como la bachata. Está en las plantas de los pies. Golpea. Fuerte. Como si quisieras castigar a alguien.

Giulia cerró los ojos. Y de repente, ocurrió algo extraño. Vio colores. Cada golpe de tacón era una mancha dorada detrás de sus párpados. Cada giro de muñeca era un destello violeta. Por un momento, no hubo Estambul, ni Marco mirándola con el ceño fruncido, ni Diego jadeándole instrucciones. Solo ella y el ritmo.




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