El ritmo de amor

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Capítulo 4: Vals vienés, bodas imaginarias y un ruso encantador

I. La invitación inesperada

A la mañana siguiente de recibir a Luna, Giulia se despertó con una lengua húmeda en la nariz.

—Luna… son las siete… —protestó, cubriéndose la cabeza con la almohada.

La perrita ladró. Un ladrido diminuto, de juguete, pero insistente. Giulia sonrió a pesar del sueño. Nunca había tenido una mascota. Sus padres no la dejaron tener ni un hámster.

«Hablando de padres…», pensó, mientras preparaba un café torero en la diminuta cocina del hostal. Hacía meses que no los llamaba. No por enfado, sino por vergüenza. Había dejado la academia de ballet, se había ido a Estambul sin un plan, y ahora bailaba para un español celoso y un cubano que le enseñaba a mover las caderas. No era exactamente lo que su madre llamaba «una carrera seria».

Sonó el teléfono. Era Marco.

—Hoy toca vals. Te recojo a las ocho. Pero esta vez no te preocupes: bailas en mi club, Alma Roja. Un grupo de clientes ha pedido una noche de vals. Quieren bailar con nuestras bailarinas. Y yo quiero que tú bailes.

—¿Con quién?

—Con quien te saque a pista. No te preocupes, solo es bailar. Nada más.

—Nada más… claro —dijo ella, con ironía—. Porque los hombres nunca quieren «nada más».

—Giulia, confía en mí. Esta noche solo es música y elegancia. Vístete de largo. El azul te sienta bien.

Colgó. Giulia miró a Luna, que se había hecho un ovillo en la maleta rosa de su abuela.

—¿Qué opinas, pequeña? ¿Vals?

Luna bostezó. Eso significaba «sí, pero llévame contigo».

II. El vals en Alma Roja

El club Alma Roja estaba transformado. Las luces tenues de costumbre se habían vuelto más cálidas, doradas, y en el centro de la pista de madera brillaban pequeñas velas flotantes en jarrones de cristal. Una orquesta de cámara —cinco músicos de cuerda— ocupaba el escenario.

Marco la esperaba en la entrada, vestido de esmoquin oscuro.

—Guau —dijo Giulia, sin poder evitarlo—. Te has arreglado.

—Tú también —respondió él, mirándole el vestido azul marino que Giulia había comprado de segunda mano esa misma mañana. Le quedaba bien, aunque le apretaba un poco—. Lástima que no sea rojo.

—El rojo es para el tango. Hoy toca vals. Se lleva el azul.

—¿Y ella? —preguntó Marco, señalando el bolso donde asomaba la nariz de Luna.

—Hoy se queda en la barra con Alejandro. Él ha prometido darle trocitos de jamón.

—Alejandro no es niñero.

—Alejandro ha aceptado encantado. Le dije que las chicas guapas se fijan en los hombres que cuidan perros.

Marco sonrió y la hizo pasar.

III. Dimitri, el ruso de las palabras bonitas

El primer vals sonó. Un Danubio Azul suave como el terciopelo. Giulia se sentó en una mesa cercana a la pista, esperando. Los clientes —parejas mayoritariamente, y algunos hombres solos que buscaban bailarina— empezaron a invitar a las chicas.

Entonces se acercó Dimitri.

Era un hombre de unos cincuenta años, alto, de cabello plateado bien peinado, traje gris impecable. Tenía una sonrisa amable y unos ojos azules que parecían contar historias.

—Señorita —dijo, con un ligero acento ruso, pero sin estridencias—. ¿Me concedería este vals? He oído que usted baila como si el suelo fuera nube.

Giulia se sonrojó.

—Quién le ha dicho eso…

—Marco. Habla muy bien de usted. Y yo soy Dimitri, amante del vals desde que era niño en San Petersburgo.

Aceptó la mano. La orquesta empezó de nuevo, y Dimitri la guió con una suavidad exquisita. No intentó girarla en exceso, ni apretarla. Solo la llevó, paso a paso, como si el tiempo se hubiera detenido.

—¿Sabe? —dijo él, mientras flotaban por la pista—. El vals es el único baile donde se puede hablar sin interrumpir la música.

—¿Y qué quiere hablar? —preguntó ella, divertida.

—De la vida. De los sueños. De por qué una italiana tan joven y bonita termina bailando en Estambul.

—Es una larga historia.

—Tenemos tres minutos hasta el siguiente acorde.

Giulia rió. Por primera vez, un cliente no la trataba como un trofeo, sino como una persona.

—Huí de Italia —confesó—. Bueno, no huí. Salí a buscar algo que no sabía qué era.

—¿Y lo ha encontrado?

—Todavía no. Pero me divierto buscando.

Desde la barra, Marco observaba. No con celos furiosos, sino con una extraña mezcla de orgullo y preocupación. Alejandro, a su lado, le daba jamón a Luna.

—Ese ruso es un caballero —dijo Alejandro—. No como tú, que la miras como si fuera tuya.

—No es miya —respondió Marco—. Pero me gustaría que lo fuera.

—Pues entonces báilale tú el vals. No te quedes ahí bebiendo aire.

Marco apretó los labios, pero no se movió.

IV. La caída más poética de la historia

Dimitri, en un arranque de entusiasmo, decidió hacer un giro doble. «Para mostrarle cómo se baila en los salones de Moscú», dijo.

Giulia se dejó llevar. El primer giro fue bien. El segundo, también. Pero al tercero, la cola de su vestido se enganchó en el tacón de su propio zapato.

Perdió el equilibrio. Dio dos pasos torpes hacia atrás, tropezó con el borde de una mesa cercana… y cayó de espaldas sobre un enorme jarrón de cristal lleno de flores blancas.

El jarrón no se rompió —milagro—, pero el agua voló por el aire como una cortina de diamantes, y los pétalos de jazmín y rosa cayeron sobre ella como un confeti nupcial.

Giulia quedó tendida entre flores, empapada de cintura para arriba, con una orquídea en el pelo.

Silencio.

Luego, una carcajada general. Pero no burlona, sino cálida. Dimitri la ayudó a levantarse con una sonrisa de abuelo orgulloso.

—¡Eso sí que es una entrada en escena! —exclamó—. En Rusia decimos que quien se cae entre flores tendrá una boda antes del año.

—¿Y quién se cae entre canapés? —preguntó Giulia, sacándose un pétalo de la oreja.

—Ese tendrá hambre. Usted tendrá amor.




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