El ritmo de amor

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Capítulo 5: El amigo que siempre estuvo (y yo no lo veía)

I. La tienda de los mil recuerdos

Al día siguiente, Giulia despertó con una sensación extraña. Como si el aire de Estambul oliera distinto. Más dulce. Más a casa.

Luna, que ya había adoptado la costumbre de despertarla lamiéndole la nariz, la miraba con sus ojos de botón de chocolate.

—Vale, vale —dijo Giulia, incorporándose—. Vamos a comprarte comida. Pero no pidas jamón otra vez, que Alejandro se va a enfadar.

Se puso unos vaqueros cómodos, una camiseta blanca y unas zapatillas. Sin maquillaje. Sin tacones. Sin pretender ser nadie. Solo ella.

La tienda de mascotas estaba en un barrio tranquilo de Estambul, a dos calles del hostal. Era pequeña, con un cartel desgastado que decía «Patas y Sueños». En el escaparate había un gato naranja durmiendo entre mantas de lana.

Giulia entró. Sonó una campanilla.

—Buenos días —dijo, mirando las estanterías llenas de piensos, juguetes y correas de colores—. Busco comida para una perrita pequeña. Es muy exigente, solo come…

Se quedó en blanco.

Detrás del mostrador, un hombre estaba agachado, colocando bolsas en un estante bajo. Llevaba una camisa de cuadros azules, vaqueros desgastados, y el pelo castaño algo despeinado. Cuando oyó la voz de Giulia, se incorporó lentamente.

Y Giulia sintió que el suelo se abría.

—¿Giulia? —dijo él, con una voz que ella habría reconocido entre mil tormentas.

—¿Matteo? —susurró ella, sin poder creerlo.

II. El reencuentro

Matteo Bianchi. Su amigo de la infancia. El niño que le enseñó a montar en bicicleta sin ruedines. El adolescente que la defendió de los matones del colegio. El chico que lloró con ella cuando su abuela murió. El que se mudó a Roma sin decir adiós, once años atrás, dejando un vacío que Giulia nunca supo cómo llenar.

—Dios mío —dijo él, saliendo de detrás del mostrador—. Eres tú. Eres realmente tú.

Se quedaron mirándose, a un metro de distancia, como dos extraños que se reconocen del alma.

—Tienes una mancha de café en la camisa —dijo Giulia, porque era lo primero que se le ocurrió.

Matteo miró hacia abajo y se rió. Esa risa. Esa misma risa que ella guardaba en un cajón secreto de la memoria.

—Siempre igual —dijo él—. Siempre viendo lo que sobra antes de ver lo que importa.

—¿Y qué importa?

—Tú, boba. Tú importas.

Y entonces, sin pensarlo, se abrazaron. Fue un abrazo largo, apretado, de esos que huelen a infancia y a hogar. Luna, que estaba en el bolso, asomó la cabeza y ladró. No de enfado, sino de alegría.

—¿Y esta pequeña? —preguntó Matteo, acariciando a Luna con un dedo.

—Es mía. Se llama Luna. Y es un terremoto.

—Como la dueña —dijo él, sonriendo.

III. Once años no son nada (y lo son todo)

Se sentaron en dos taburetes detrás del mostrador. Matteo le preparó un té turco en unas tazas diminutas. La tienda olía a hierba seca y a cera para suelos.

—¿Qué haces en Estambul? —preguntó Giulia, todavía aturdida.

—Trabajo. Abrí esta tienda hace un año. Siempre quise tener un negocio con animales. ¿Recuerdas?

Giulia recordaba perfectamente. A los diez años, Matteo quería ser veterinario. Luego, a los catorce, quiso ser cantante. Luego, a los diecisiete, su padre enfermó y todo cambió.

—¿Y tu padre? —preguntó ella, con miedo a la respuesta.

—Murió hace tres años —dijo Matteo, con voz queda pero firme—. Cáncer. Lo cuidamos hasta el final.

—Lo siento mucho, Matteo. No sabía…

—Cómo ibas a saber. Perdimos el contacto. La culpa fue mía. Debí escribirte cuando me mudé a Roma, pero… la vida se interpuso.

—Siempre se interpone —dijo Giulia, con un nudo en la garganta.

Se hizo un silencio largo, pero no incómodo. Era un silencio de dos personas que se conocen tanto que no necesitan palabras.

—Y tú —dijo él, cambiando de tema—. ¿Qué haces aquí? ¿Sigues bailando?

—Bailo —respondió ella, y por primera vez en meses, no le dio vergüenza admitirlo—. En un club. Hago tango, bachata, vals… He conocido a mucha gente.

—¿Gente buena?

—Gente interesante. Un español que me da trabajo pero también me da celos. Un cubano que me enseña a mover las caderas. Un gitano que apareció y desapareció con una tarjeta. Y ahora tú.

—Parece un concurso de pretendientes —dijo Matteo, con una ceja levantada.

—Lo es —admitió Giulia, riendo—. Y yo soy el premio. Aunque no sé si soy un premio o un castigo.

Matteo la miró a los ojos. Sus ojos eran marrones, como dos avellanas tostadas, igual que siempre.

—Eres un premio —dijo—. Siempre lo fuiste.

Giulia sintió un calor en el pecho que no sabía nombrar. No era el cosquilleo de Marco, ni la chispa de Alejandro. Era algo más tranquilo. Más seguro. Como ponerse unas zapatillas viejas después de un día con tacones.

IV. El recuerdo que hace reír y llorar

—¿Te acuerdas cuando me caí del cerezo? —preguntó Matteo de repente.

Giulia soltó una carcajada tan fuerte que Luna se sobresaltó.

—¡Si fue culpa tuya! Me dijiste que la rama aguantaba.

—¡Y aguantaba! Lo que no aguantaba era tu peso después de comerte tres helados.

—¡Tenía diez años! ¡Los helados no engordaban entonces!

—Te caíste, te rompiste el vestido nuevo, y tu madre me echó la bronca durante una hora —recordó Matteo, riendo también—. Y luego, al día siguiente, volviste a subir al cerezo.

—Porque no soy cobarde —dijo Giulia, con orgullo.

—Eres terca. Que no es lo mismo.

—Es exactamente lo mismo.

Y rieron. Rieron hasta que les dolió la barriga. Un cliente entró, compró un collar rojo, y salió mirándolos como si fueran locos. A Giulia no le importó.

—Otro recuerdo —dijo ella, secándose una lágrima de risa—. Cuando me enamoré de Leonardo en el concurso de baile.

—¡Ah, el tonto de Leonardo! —exclamó Matteo—. Que te dejó caer en medio del escenario.




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