Capítulo 6: Salsa, secretos y el principio de la guerra
I. El eco de un abrazo
Giulia no había dejado de pensar en Matteo desde la tarde anterior. Mientras desayunaba en el hostal —café con leche y un trozo de pan que Luna le robó de la mano—, su mente viajaba a la tienda de mascotas, al abrazo, a la canción de Bocelli, a aquellas palabras: «Sigo enamorado de ti».
—Estoy en un lío —le confesó a Luna, que mordisqueaba un calcetín—. Tengo a un español que me da celos, a un cubano que me mueve las caderas, a un gitano que aparece y desaparece, y ahora… aparece el amor de mi infancia. ¿Qué hago?
Luna soltó el calcetín y ladró. Seguramente su respuesta era: «Dame jamón y después hablamos».
Sonó el teléfono. Marco.
—Hoy toca salsa. Tenemos un nuevo cliente, un colombiano que baila como los dioses. Le he dicho que tú eres mi mejor alumna.
—¿No soy tu única alumna?
—También. Pero eso no le digas. Vístete de rojo. Y trae a Luna, que Alejandro se ofrece a cuidarla.
—Alejandro cuida a Luna más que a sus propias plantas.
—Porque las plantas no le piden jamón.
Colgó. Giulia suspiró. Metió a Luna en el bolso, se puso un vestido rojo de volantes (de segunda mano, pero con mucha gracia) y salió hacia Alma Roja.
II. La nueva amiga: Laila
Cuando llegó al club, Marco no estaba. En la barra, una mujer morena, de pelo rizado y ojos verdes como avellanas, limpiaba copas con una elegancia que parecía un baile. Llevaba una camiseta negra con el logo del club y unos pantalones anchos de bailarina.
—Eres la nueva, ¿verdad? —dijo la mujer, sonriendo—. La italiana que se cae con estilo.
—Me presentan así —admitió Giulia, sonrojándose—. Soy Giulia.
—Laila. Bailo salsa, bachata y un poco de merengue. Llevo aquí tres años. Marco me contrato la primera semana que abrió el club.
—¿Tres años? Entonces lo conoces bien.
Laila guiñó un ojo.
—Mejor que su propia madre, que es otro cantar. Siéntate, que te voy a contar cosas que te dejarán con la boca abierta. Pero antes, ¿qué quieres beber? Nada de vino, que luego te caes.
—Agua, por favor.
Laila sirvió dos vasos de agua con limón y se sentó a su lado. Luna asomó la nariz y Laila la acarició con un dedo.
—Qué monada. Marco nunca ha querido mascotas. Dice que le dan pena.
—¿Pena?
—Porque las mascotas se encariñan. Y él tiene miedo a encariñarse. Con nada. Con nadie.
Giulia se quedó pensativa.
—Cuéntame —dijo, bajando la voz—. ¿Por qué es así?
Laila suspiró, miró alrededor para asegurarse de que nadie las oía, y empezó a hablar.
III. Los secretos de Marco
—Marco no es solo el dueño de este club. Es heredero de una familia española con mucho dinero, pero también con muchas sombras. Su padre era un hombre duro, muy duro. Le exigía que fuera perfecto. El mejor en los estudios, en los negocios, en todo. Su madre… su madre se fue cuando él tenía doce años.
—¿Se fue?
—Se enamoró de otro. Un italiano. Y abandonó a Marco y a su padre sin mirar atrás. Desde entonces, Marco no confía en las mujeres. Cree que todas van a dejarle. Por eso es tan… como es.
—¿Cómo?
—Controlador. Celoso. Pero no por malo, sino por miedo. Miedo a que le hagan daño. Miedo a que le abandonen.
Giulia recordó la terraza, aquella noche de vals, cuando Marco dijo «No voy a besarte porque luego no podré pensar en otra cosa». No era frío. Era miedo.
—También tiene un hermano —siguió Laila—. Más joven. Se llama Mateo. Vive en Italia…
—¿Mateo? —Giulia se sobresaltó.
—Sí, Mateo. Es el único familiar con el que se habla. Pero no viene nunca por aquí. Dicen que Marco le prohibió visitar el club porque una vez… bueno, eso ya es otra historia.
Giulia sintió un escalofrío. Matteo (el suyo, el de la tienda de mascotas) era italiano, de Verona. Pero Marco tenía un hermano llamado Mateo, también en Italia. Casualidad? El destino otra vez haciéndose el gracioso.
—¿Y por qué me cuentas todo esto? —preguntó Giulia.
—Porque te veo buena gente —dijo Laila, encogiéndose de hombros—. Y porque Marco te mira como no ha mirado a nadie en tres años. Quizá tú puedas conseguir que suelte el miedo. O quizá no. Pero al menos sabrás contra qué luchas.
En ese momento, la puerta se abrió. Marco apareció con su chaqueta de cuero, el pelo alborotado por el viento del Bósforo, y una expresión rara. Como si hubiera visto un fantasma.
—Giulia —dijo, sin saludar a Laila—. Necesito hablar contigo.
—Ahora tengo ensayo con el colombiano…
—El colombiano puede esperar. Esto es más importante.
Laila se levantó, cogió a Luna en brazos y dijo:
—Yo la cuido. Ve, que el jefe tiene cara de tormenta.
IV. La confesión de Marco
La llevó a la terraza de siempre. El sol empezaba a caer, tiñendo el Bósforo de naranja y rosa.
—He averiguado dónde estabas ayer —dijo Marco, sin rodeos—. Y con quién.
Giulia se puso rígida.
—¿Me has seguido?
—Te vi saliendo de esa tienda. Patas y Sueños. Y vi cómo salías. Llorando. Pero sonriendo. Esa mezcla solo la provoca alguien muy especial.
—Marco…
—No me gusta que me mientas. Dijiste que ibas a comprar comida para Luna. Era verdad. Pero también fuiste a ver a un hombre.
—Es mi amigo de la infancia. Se llama Matteo. Nos reencontramos por casualidad.
—¿Casualidad? —Marco soltó una risa amarga—. En Estambul hay ocho mil tiendas de mascotas. Y tú entraste precisamente en la suya. Eso no es casualidad. Es el destino. Y el destino me pone nervioso.
—¿Tienes miedo del destino?
—Tengo miedo de perderte. Y no sé ni siquiera si eres mía.
Giulia dio un paso hacia él.
—Marco, escúchame. No soy de nadie. Ni tuya, ni de Alejandro, ni de Diego, ni de Matteo. Soy mía. Pero sí, Matteo es importante para mí. Lo fue cuando éramos niños y ahora ha vuelto. No sé qué pasará. Pero no voy a dejar de verle porque a ti te den celos.