Capítulo 7: El ensayo privado (o cómo casi me enamoro entre un giro y una confesión)
I. La cita sin nombre
A la mañana siguiente, Giulia se despertó con una mezcla de nervios y emoción. Hoy no habría clientes, ni colombianos, ni rusos encantadores. Solo ella, Marco, y una pista de baile vacía.
—Es solo un ensayo —se dijo frente al espejo—. No es una cita. Aunque él dijo que era un intento de no ser un imbécil. Eso suena a cita, ¿no?
Luna, que ya había desayunado a base de mimos y un trocito de queso, movía la cola como si supiera algo que Giulia ignoraba.
—Tú te callas —le dijo—. Eres su espía.
Luna ladró. Espía, no; cómplice, quizá.
Marco la recogió a las seis de la tarde. El sol de Estambul aún calentaba, pero con una luz dorada que parecía pintada con acuarela. Llevaba vaqueros oscuros y una camisa blanca, mangas arremangadas. Sin chaqueta de cuero. Sin armaduras.
—Hoy no hay uniforme de jefe —dijo Giulia, al subir al coche.
—Hoy no soy el jefe. Soy Marco. A secas.
—Marco a secas. Suena peligroso.
—Lo es. Para mí mismo.
II. El club vacío
Alma Roja estaba desierto. Las luces eran tenues, apenas las suficientes para ver la pista de madera. Las velas de otras noches habían sido reemplazadas por farolillos chinos que colgaban del techo como lágrimas de colores.
—Esto parece un escenario de película romántica —dijo Giulia, con desconfianza—. ¿Dónde está la cámara oculta?
—No hay cámara. Solo tú, yo, y un equipo de música. Y Luna, que ya está correteando por la barra.
Efectivamente, Luna había descubierto un mundo nuevo: subirse a las banquetas, oler los posavasos y perseguir su propia cola.
—No la pierdas de vista, que luego se esconde —dijo Giulia.
—Laila vendrá más tarde a recogerla. Hoy la cuidará ella.
—¿Laila? ¿No es mucho pedir?
—Laila me debe un favor. Y además, adora a Luna.
Marco conectó el equipo de música. Sonaron los primeros acordes de algo suave, lento. No era tango, ni bachata, ni salsa. Era una canción que Giulia no conocía. Una melodía de piano y violín, melancólica y esperanzada a la vez.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Una composición mía. Bueno, de un amigo músico. Es para el proyecto del que tanto te hablo.
—¿Y cuál es ese proyecto, Marco? Llevas semanas diciendo que necesitas una bailarina para algo importante, pero nunca explicas qué.
Él se acercó, lentamente. Le tendió la mano.
—Baila conmigo, y te lo cuento.
III. El proyecto secreto
Bailaron despacio. Sin coreografía. Sin pasos marcados. Solo dos personas que se mueven al ritmo de una canción que habla de segundas oportunidades.
—El proyecto —dijo Marco, mientras la guiaba en un giro suave— es un espectáculo benéfico. Una gala de danza para recaudar fondos para niños que quieren estudiar ballet pero no tienen recursos.
—¿Y tú organizas eso? —Giulia estaba genuinamente sorprendida.
—Mi madre, antes de irse, era bailarina. No profesional, pero le encantaba. Me enseñó los primeros pasos. Cuando la abandonó a mi padre, ella dejó también la danza. Y yo… yo juré que algún día haría algo para que ningún niño tuviera que dejar de bailar por falta de dinero.
Giulia sintió un nudo en la garganta. Detrás del hombre controlador y celoso, había un niño que todavía lloraba a su madre en silencio.
—Por eso buscas bailarinas —dijo ella—. No para tu club. Para la gala.
—Para la gala. Quiero montar un número especial. Algo que emocione, que haga llorar y aplaudir a la vez. Y necesito a alguien que no sea perfecta. Necesito a alguien que transmita. Que se caiga y se levante. Que haga que el público sienta que bailar es posible aunque todo vaya mal.
—Y pensaste en mí.
—Pensé en ti desde que te vi caerte de espaldas con una copa de vino en la mano.
Giulia se rió. Una risa limpia, sin vergüenza.
—Eres un romántico escondido, Marco.
—Soy un idiota con buena memoria. No es lo mismo.
IV. La confesión de Giulia
La canción terminó. Se quedaron en medio de la pista, frente a frente, sin soltarse las manos.
—Ahora te toca a ti —dijo Marco—. Háblame de Matteo.
Giulia bajó la mirada.
—No hay mucho que contar. Fuimos vecinos en Verona. Él era el niño que me defendía de los matones. El que me enseñó a montar en bici. El que se fue sin despedirse cuando su padre enfermó. Y ahora ha vuelto.
—¿Y sientes algo por él?
—Siento… paz. Cuando estoy con él, no necesito ser una gran bailarina ni una mujer interesante. Solo necesito ser yo. La niña del cerezo. La que se cae y se ríe de sí misma.
Marco asintió, aunque sus ojos verdes se nublaron un momento.
—Eso es peligroso —dijo.
—¿Por qué?
—Porque la paz es más adictiva que la pasión. La pasión se quema y se acaba. La paz se queda. Y si él te da paz… yo no puedo competir con eso.
—No es una competición, Marco.
—Para mí, sí. Y voy a perder.
Giulia soltó una mano y le tocó la mejilla. La barba de dos días le rasguñaba los dedos.
—No has perdido nada —dijo—. Porque yo tampoco he ganado nada. Estoy perdida. Entre cuatro hombres que me quieren a su manera, y ninguno sabe cómo quererme bien. Tú me quieres con miedo. Alejandro con alegría. Diego con distancia. Y Matteo… Matteo me quiere con recuerdos.
—¿Y tú? ¿A quién quieres?
—Todavía no lo sé. Pero hoy, aquí, contigo… quiero bailar. Nada más. ¿Puede ser suficiente?
Marco cerró los ojos. Cuando los abrió, estaban húmedos.
—Suficiente —susurró—. Por ahora.
V. El momento más tierno (y más cómico)
Bailaron otra canción. Y otra. Giulia olvidó los pasos, las caídas, las exigencias. Solo sentía las manos de Marco en su cintura, su respiración cerca de su oreja, el latido de su corazón acelerado.
En un giro, Giulia perdió el equilibrio —como siempre— pero Marco la sostuvo. No la dejó caer. La tuvo suspendida en el aire un segundo, como si el tiempo se hubiera parado.