Capítulo 8: El encuentro (o cuando dos mundos chocan y una perrita se come las palomitas)
I. La mañana de los nervios
Giulia no durmió bien. Dio vueltas en la cama recordando la noche anterior: el ensayo privado, la confesión de Marco, el sostén fucsia que Luna había robado de quién sabe dónde, y el mensaje de Matteo anunciando su visita.
—Hoy es el día —le dijo a Luna, que bostezaba a su lado—. Los dos hombres más importantes de mi vida (bueno, uno de ellos es el más importante de mi infancia y el otro es… no sé qué es) van a conocerse. ¿Qué puede salir mal?
Luna ladró. Seguramente pensaba: «Todo. Absolutamente todo».
Se levantó, se duchó con agua fría para despejarse, y eligió el atuendo con más cuidado que de costumbre: unos pantalones negros ajustados, una blusa blanca de seda (de imitación, porque la verdadera no cabía en su presupuesto) y unos pendientes de plata que le había regalado su abuela.
—No quiero impresionar a nadie —se dijo al espejo—. Solo quiero estar guapa. Por si acaso.
Por si acaso qué, no lo especificó.
II. Laila, el ángel de la guarda (cotilla)
Cuando llegó a Alma Roja por la tarde, Laila ya estaba allí, limpiando la barra con una sonrisa de oreja a oreja.
—He oído que hoy hay función —dijo, con picardía—. El español y el italiano van a medirse. ¿Traigo palomitas?
—Laila, por favor, no lo conviertas en un circo.
—Amiga, tu vida ya es un circo. Yo solo quiero la mejor butaca.
Giulia suspiró. Dejó a Luna en la barra (con una manta y un cuenco de agua) y se acercó a la pista. Marco ya estaba allí, ajustando el equipo de sonido. Llevaba una camisa negra, pantalones de vestir, y el pelo perfectamente peinado. Demasiado perfecto.
—Estás nervioso —dijo Giulia.
—No estoy nervioso. Estoy… estratégicamente alerta.
—Eso es estar nervioso con palabras bonitas.
Marco la miró. Sus ojos verdes tenían un brillo distinto. No era celos furiosos, sino algo más complejo: determinación mezclada con miedo.
—¿Tú cómo estás? —preguntó él.
—Como si fuera a bailar sobre una cuerda floja. Y abajo hubiera tiburones.
—Los tiburones somos los hombres —dijo Marco, con media sonrisa—. Tú eres la que vuela.
III. Llega Matteo
El reloj marcaba las siete cuando la puerta se abrió. Giulia sintió que el corazón se le subía a la garganta.
Matteo entró con paso tranquilo, vestido con una camisa de cuadros azules (la misma de la tienda, pero planchada) y vaqueros. Llevaba una caja de bombones en la mano y una sonrisa tímida que le iluminaba la cara.
—Hola, Giulia —dijo, con esa voz suave que ella recordaba tan bien—. He traído esto para los del club. No sabía si traer flores o vino, así que opté por lo seguro: chocolate.
—Bienvenido —dijo Giulia, dando un paso al frente—. Este es Marco. Mi… jefe.
Marco extendió la mano. Matteo la estrechó. El apretón fue firme por ambas partes. Demasiado firme.
—Encantado —dijo Marco, con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Igualmente —respondió Matteo—. Giulia me ha hablado mucho de usted.
—¿Sí? ¿Y bien o mal?
—Bien. Ha dicho que es un hombre complicado. A mí me gusta la gente complicada. Los simples aburren.
Laila, desde la barra, silbó bajito. «Esto empieza bien», murmuró, mientras le daba un trozo de bombón a Luna.
IV. El baile de la tensión
—¿Bailas? —preguntó Marco a Matteo, con un tono que parecía un desafío.
—No sé bailar —admitió Matteo, sin complejos—. Nunca aprendí. En Verona me daba vergüenza.
—Pues hoy es tu día. Giulia, enséñale algo. Un pasito básico. Para que vea lo que se siente.
Giulia miró a Marco con incredulidad. ¿De verdad la estaba utilizando como moneda de cambio?
—No hace falta —intervino Matteo—. Yo he venido a verla bailar a ella. No a hacer el ridículo.
—El ridículo es parte del encanto —dijo Marco, y lanzó una mirada a Giulia—. Pregúntale a ella.
La tensión flotaba en el aire como un cuchillo. Giulia respiró hondo, se colocó entre los dos y dijo:
—Voy a bailar sola. Un número que he preparado esta semana. Y ustedes dos se sientan, callan y miran. ¿Está claro?
—Sí, señora —dijeron los dos al unísono, y luego se miraron con odio contenido.
V. El baile de Giulia (y el corazón de los dos)
Puso la música. Era una canción que le había regalado Alejandro, una mezcla de bachata y jazz, lenta y emotiva. Giulia cerró los ojos y empezó a moverse.
No era perfecta. Sus brazos temblaban un poco. Sus pies no siempre acertaban el compás. Pero había algo en ella, algo auténtico, que llenaba la pista.
Matteo la miraba con los ojos brillantes. No entendía de técnica, pero entendía de sentimiento. Veía a la niña del cerezo, a la adolescente que se reía de sus caídas, a la mujer que había luchado por llegar hasta aquí.
Marco la miraba con orgullo y deseo. Veía a su bailarina, a su proyecto, a la única persona que había conseguido que bajara la guardia.
Cuando la canción terminó, Giulia abrió los ojos. Estaba sin aliento, pero sonriente.
—¿Qué tal? —preguntó.
Matteo se levantó y aplaudió. Solo él. Luego Marco también aplaudió, aunque más despacio.
—Eres increíble —dijo Matteo, con la voz un poco rota—. Siempre lo fuiste.
—Eres un desastre —dijo Marco, pero con ternura—. Y me encanta.
Giulia se quedó en medio de los dos, como una flor entre dos espadas.
VI. La confesión de Matteo
—¿Podemos hablar a solas? —preguntó Matteo, mirando a Giulia—. Un momento. Nada más.
Marco apretó los labios, pero asintió.
—La terraza está libre —dijo—. Pero no tardéis.
En la terraza, con el Bósforo de testigo, Matteo cogió las manos de Giulia. Las suyas eran grandes, cálidas, un poco ásperas por el trabajo en la tienda.
—Giulia —dijo—. No sé bailar. No sé competir con un hombre que te da trabajo y que te mira como si fueras suya. Pero sé una cosa: no he dejado de quererte en once años.