El ritmo de amor

9

Capítulo 9: El hermano inesperado (o cuando el destino se ríe de todos)

I. La calma antes de la tormenta (falsa)

Después de la noche del encuentro entre Marco y Matteo, Giulia pensó que las aguas se calmarían. Ingenua.

Pasaron dos días sin novedad. Ensayó salsa con un venezolano simpático que no se enamoró de ella (milagro), durmió abrazada a Luna, y recibió mensajes de Matteo cada mañana: «Buenos días, ¿desayunaste?», «Hoy vi a un cliente con una perrita igual que Luna», «Te echo de menos aunque te vi ayer».

Marco, por su parte, se comportó como un jefe profesional. Nada de celos. Nada de terrazas a solas. Solo instrucciones sobre el próximo baile: «Mañana traigo a un invitado especial. Mi hermano. Quiere conocerte.»

—¿Tu hermano? —preguntó Giulia por teléfono, con el corazón latiendo más rápido de lo normal—. ¿Mateo?

—Sí. Llega esta noche de Italia. Se quedará unos días. Y ha pedido expresamente verte bailar.

—¿Por qué?

—Porque le hablé de ti. Demasiado, quizá.

—¿Qué le dijiste?

—Que eres un desastre maravilloso. Que te caes con estilo. Y que tienes una perrita que roba sostenes.

—Marco…

—Es verdad. Además, Mateo necesita distraerse. Viene huyendo de una ruptura sentimental. Una chica le rompió el corazón.

—Pobrecito.

—No lo compadezcas. Mi hermano tiene un don: hace que todas las mujeres se enamoren de él. Y luego las abandona. Es el reverso de mí.

—¿Tú abandonas?

—Yo me abandono. Es peor.

Colgaron. Giulia se quedó mirando el techo del hostal. Luna dormía a su lado, patitas arriba.

—¿Por qué tengo la sensación de que este hermano va a liarla? —murmuró.

Luna ronca. Eso no era buena señal.

II. Llega Mateo (y el caos también)

Al día siguiente, en Alma Roja, la tensión se podía cortar con un cuchillo de mantequilla. Laila había decorado el club con más velas de lo normal. Alejandro había aparecido «para supervisar» (léase: para cotillear). Incluso Diego, que estaba de gira por Turquía, envió un vídeo flamenco con el mensaje: «Cuando vuelva, quiero un baile con ella a solas. Y que no se interponga nadie».

—Esto parece la final del Mundial de los Hombres —dijo Laila, mientras servía mojitos sin alcohol—. Solo falta que aparezca tu exnovio de la infancia.

—Ya apareció —dijo Giulia, con sorna—. Es Matteo.

—Ah, cierto. Pues entonces solo falta tu exmarido.

—No tengo exmarido.

—Aún.

La puerta se abrió. Giulia se giró y sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.

El hombre que entró no se parecía mucho a Marco físicamente: era más bajo, de hombros más anchos, pelo castaño oscuro y rizado, ojos avellana. Pero tenía la misma forma de caminar: como si el mundo le perteneciera.

—Giulia —dijo, sin necesidad de presentación—. Soy Mateo. Marco me ha hablado tanto de ti que creía que eras inventada.

—Aquí estoy —respondió ella, con una sonrisa forzada—. Muy real. Y con tendencia a caerme.

—Me encanta. La gente que se cae es honesta. Los que siempre están en pie suelen esconder algo.

Marco, que estaba detrás, puso los ojos en blanco.

—Ya está mi hermano con sus frases hechas. Basta, Mateo. Siéntate y mira. Hoy Giulia ensaya un nuevo número.

III. El ensayo (y la mirada que todo lo ve)

La música era un tango nuevo, más rápido, más peligroso. Giulia lo había preparado con Marco los últimos días. No era perfecta, pero había mejorado. Sus ganchos eran más seguros. Sus giros, más limpios.

Mientras bailaba, sintió los ojos de Mateo clavados en ella. No era la misma mirada que la de Marco (intensa, posesiva), ni la de Matteo (tierna, añorante), ni la de Alejandro (juguetona, pícara). Era una mirada de… reconocimiento.

Como si Mateo ya la conociera de algún sitio.

Cuando terminó el baile, Mateo aplaudió. Luego se acercó a ella y dijo:

—¿Te importa si te digo algo en privado?

Marco se interpuso.

—Lo que tengas que decir, lo dices delante de mí.

—Tranquilo, hermano. No voy a robarte a la bailarina. Solo quiero preguntarle una cosa.

Giulia asintió, y se apartaron unos metros. Laila, que no perdía detalle, fingía limpiar una copa con oreja de radar.

—Giulia —dijo Mateo, bajando la voz—. ¿Tú conoces a un tal Matteo Bianchi? Veronés, treinta años, dueño de una tienda de mascotas en Estambul.

Giulia se quedó helada.

—Sí. Es mi amigo de la infancia. ¿Por qué?

—Porque yo lo conozco. De Italia. Hace unos años, Matteo trabajó temporalmente en Roma, en una clínica veterinaria. Mi exnovia era la recepcionista. Y un día, Matteo y yo… bueno, tuvimos un encontronazo.

—¿Qué clase de encontronazo?

—Le rompí la nariz.

IV. La confesión explosiva

—¿¡LE ROMPISTE LA NARIZ!? —exclamó Giulia, sin poder controlar el volumen.

Todo el club se giró. Marco se levantó de su silla. Laila dejó caer la copa (sin romperse, de milagro).

Mateo se llevó un dedo a los labios.

—Baja la voz. No quiero que se entere todo el mundo. Especialmente Marco.

—¿Por qué le rompiste la nariz?

—Porque… —Mateo suspiró—. Porque una noche, en una fiesta, él coqueteó con mi exnovia. Ella me fue infiel con él. O él con ella. Nunca quedó claro. El caso es que yo estaba borracho, él también, y nos liamos a puñetazos. Perdí una muela. Él se llevó la peor parte.

—¿Y ahora qué? ¿Vas a pegarle otra vez?

—No. Ahora soy más adulto. Pero cuando Marco me dijo que su nueva bailarina italiana tenía un amigo de la infancia llamado Matteo… me sonó el nombre. Y esta mañana, antes de venir, lo busqué en redes sociales. Es él. El mismo.

Giulia apoyó la mano en la pared. Sentía que el mundo se le venía encima.

—¿Marco lo sabe?

—No. Y no quiero que lo sepa. Mi hermano ya está bastante celoso. Si descubre que mi exnovia se acostó con tu amigo… se arma la tercera guerra mundial.

—Demasiado tarde —dijo una voz detrás de ellos.




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