Capítulo 10: La oferta, la madre y una decisión que pesa como un abrazo
I. El mensaje que lo cambia todo
Giulia despertó con el teléfono vibrando como un avispero. Eran las ocho de la mañana, Luna todavía roncaba en su almohada, y el sol de Estambul se colaba por la persiana rota del hostal.
El mensaje era de un número desconocido:
«Buenos días, Giulia. Soy Emre Yılmaz, productor de espectáculos. Vi un vídeo suyo bailando en Alma Roja (un cliente lo grabó sin permiso, lo siento). Me encantaría ofrecerle un contrato para mi nueva revista en Dubái. Hablamos?»
Giulia se quedó mirando la pantalla sin pestañear. Dubái. Contrato. Revista. ¿Ella?
—Luna —susurró—. Creo que me ha escrito un productor.
Luna abrió un ojo, lo cerró, y volvió a roncar.
—No te preocupes, yo también necesito asimilarlo.
II. La reacción de Marco (previsible pero intensa)
A mediodía, Giulia fue a Alma Roja para ensayar. Marco ya estaba allí, ajustando las luces. Laila no había llegado aún, y el club estaba vacío.
—Tengo que contarte algo —dijo Giulia, con el corazón en un puño—. Me ha escrito un productor. Emre Yılmaz. Quiere que baile en Dubái.
El silencio fue tan denso que se oía el zumbido de un fluorescente.
—¿Qué? —dijo Marco al fin, sin girarse.
—Un contrato. Para una revista. En Dubái.
Marco se giró lentamente. Su cara era una máscara de hielo, pero sus ojos ardían.
—¿Y tú qué le has contestado?
—Todavía nada. Quería hablarlo contigo primero.
—¿Conmigo? ¿Por qué? No soy tu dueño. Ni tu novio. Ni tu agente.
—Eres mi… —Giulia buscó la palabra—. Eres mi ancla. Aquí tengo un proyecto contigo. La gala benéfica. Los ensayos. No puedo largarme así sin más.
Marco dio un paso hacia ella. Otro. Estaba tan cerca que Giulia podía contar las pestañas que le caían sobre los ojos verdes.
—Si te vas a Dubái —dijo, con voz baja y rota—, no vuelvas. No porque no quiera verte, sino porque si te vas y triunfas, no voy a tener el valor de pedirte que te quedes.
—¿Me estás dando un ultimátum?
—Te estoy diciendo la verdad. Soy un celoso egoísta. Prefiero perderte ahora a verte partir después.
Giulia sintió que las lágrimas le subían.
—No he decidido nada, Marco. Solo te lo he contado porque confío en ti.
—Pues no confíes. Yo soy el peor consejero. Porque lo único que quiero es decirte que te quedes, que te quedes para siempre, y que bailes solo para mí.
El silencio se hizo de nuevo. Luego, la puerta se abrió con un chirrido. Era Laila, con Luna en brazos.
—¿He interrumpido algo? —preguntó, oliendo la tensión.
—Nada —dijeron Marco y Giulia al unísono.
Laila puso los ojos en blanco.
—Claro. Como siempre. Bueno, pues he traído a la peluda y también tengo un mensaje para Giulia: la madre de Marco quiere verte.
—¿¡MI MADRE!? —exclamó Marco—. ¿Qué coño hace mi madre en Estambul?
—Llegó esta mañana. Dijo que quería conocer a la bailarina italiana que tiene loco a su hijo. Sus palabras textuales.
Giulia se llevó una mano al pecho. El día empezaba a parecerse a una telenovela turca.
III. La madre de Marco (más peligrosa que él)
La madre de Marco se llamaba Carmen. Era una mujer de unos sesenta años, pelo cano recogido en un moño, vestido de lino blanco, y una sonrisa que podía derretir glaciares o cortar acero, según le diera.
Apareció en Alma Roja a las tres de la tarde, sin avisar, con una caja de bombones y un ramo de flores blancas.
—Giulia, hija —dijo, abrazándola como si la conociera de siempre—. Por fin conozco a la mujer que ha conseguido que mi hijo duerma mal.
—Madre —la interrumpió Marco—. No exageres.
—¿No? Esta mañana, a las seis, te oí dar vueltas en la cama. Y cuando te pregunté qué pasaba, dijiste: «Nada». Y cuando un hombre dice «nada», siempre es por una mujer.
Giulia sonrió, incómoda y halagada a la vez.
—Señora Carmen…
—Llámame Carmen, a secas. «Señora» me hace sentir vieja.
Laila sirvió té para todos. Luna se sentó junto a Carmen, que la acarició como si fuera suya.
—Esta perrita es adorable —dijo Carmen—. Más que mi hijo, desde luego.
—Madre…
—Cállate, Marco. Estoy hablando con tu futuro.
Giulia casi se atraganta con el té.
—¿Mi futuro?
—Sí, hija. He visto cómo miras a Marco y cómo él te mira. Yo no soy ciega. El problema es que mi hijo es un necio. Tiene miedo al amor porque yo me fui de casa cuando él era pequeño. Y eso le marcó.
—Carmen —dijo Marco, con voz tensa—. Esto no es momento para hablar de eso.
—Siempre es momento. Giulia merece saber por qué eres así. Así que se lo voy a contar.
IV. La confesión de Carmen
Carmen se arregló el moño, suspiró y empezó a hablar.
—Me fui porque tu padre me maltrataba. No físicamente. Peor: emocionalmente. Me humillaba, me controlaba, no me dejaba ni trabajar ni ver a mis amigas. Un día, conocí a un hombre italiano en un viaje. Me enamoré. Y huí. Dejé a Marco y a Mateo porque me daba miedo llevármelos. Pensé que su padre les haría daño si intentaba sacarlos del país.
—¿Y por qué no volviste nunca? —preguntó Marco, con la voz quebrada.
—Porque cuando intenté recuperaros, vuestro padre me amenazó con denunciarme por abandono. Dijo que si volvía a acercarme, os metería en un internado en Suiza y nunca volvería a veros. Tuve miedo. Mucho miedo. Y me callé.
—Pero luego nuestro padre murió —dijo Marco—. Y tú no volviste.
—Porque ya érais mayores. Y porque me daba vergüenza. Había perdido vuestras infancias. Vuestras adolescencias. Todo. ¿Qué derecho tenía a aparecer de repente?
Giulia sentía el corazón encogido. Miró a Marco, que tenía los ojos húmedos pero se negaba a llorar.
—Tenías derecho —dijo Marco, al fin—. Siempre lo tuviste.
—No lo sabía. Y ahora, verte tan cerrado, tan asustado del amor… sé que es culpa mía.