Capítulo 11: El baile prohibido, la sorpresa flamenca y una perrita que lo ve todo
I. Los preparativos (o el caos ordenado)
Los días siguientes fueron un torbellino. Marco, convertido en un director de orquesta obsesivo, ensayaba con Giulia hasta que ella soñaba con pasos de baile. Laila organizaba el vestuario. Alejandro coreografiaba los números grupales. Y Carmen, la madre de Marco, se había autoproclamado jefa de protocolo.
—No quiero flores rojas —decía Marco, revisando la lista de decoración—. Las rojas son para el tango. La gala es de todos los bailes.
—Pues pon flores blancas —sugería Giulia—. Combinan con todo.
—Las blancas son para las bodas.
—¿Y qué tiene de malo una boda? —preguntó Carmen, con una sonrisa pícara.
Marco la miró con odio filial.
—Madre, por favor.
Luna, que ya era la mascota oficial del club, correteaba entre las cajas de vestuario con un lazo rosa en la cabeza que Laila le había puesto. Nadie sabía de dónde había salido el lazo. Nadie se atrevía a quitárselo.
—La gala es en dos semanas —anunció Marco, mirando el calendario—. Y aún no tenemos el número principal.
—¿Cuál es el número principal? —preguntó Giulia.
Marco la miró fijamente. Un silencio incómodo llenó la sala.
—Tú y yo —dijo—. Un vals. Pero no uno cualquiera. Un vals que cuente una historia. La historia de una chica que llegó sin nada y lo encontró todo.
—¿Y qué encontró? —preguntó Laila, aunque ya se lo imaginaba.
—Eso aún no lo sé —respondió Marco, desviando la mirada—. La coreografía la escribiremos juntos. Sobre la marcha.
Alejandro, que estaba en un rincón limpiando sus zapatos de salsa, murmuró:
—Esto va a ser más íntimo que una cena a solas. Y yo sin palomitas.
II. El ensayo de medianoche
Marco pidió a Giulia que se quedara una noche después de cerrar el club. «Para practicar el vals sin interrupciones», dijo. Pero las miradas de Laila y Carmen decían otra cosa.
—Cuidado con los giros —bromeó Carmen al despedirse—. Que los giros largos llevan a los besos largos.
—Madre, vete ya.
—Me voy, me voy. Pero dejo la puerta abierta. Por si hay que apagar un incendio.
Se fue. Laila se llevó a Luna («que no sea testigo de nada inapropiado»). El club quedó vacío. Solo Marco y Giulia, la pista de madera, y una luz tenue que venía de las velas.
Pusieron la música. Era una canción lenta, melancólica, que Marco había compuesto años atrás y nunca se había atrevido a usar.
—¿Por qué esta canción? —preguntó Giulia, mientras él la tomaba por la cintura.
—Porque habla de alguien que tiene miedo a querer. Y un día se da cuenta de que el miedo es peor que el amor.
—¿Eres tú?
—La canción soy yo. Tú eres la que me hace darme cuenta.
Empezaron a bailar. No era un vals técnico, con pasos medidos. Era un vals de piel, de respiraciones, de manos que tiemblan y cinturas que se acercan más de lo debido.
—Marco —susurró Giulia, con la mejilla pegada a la suya—. ¿Qué estamos haciendo?
—Bailando.
—Esto no es solo bailar.
—Lo sé.
Se separaron un centímetro. Los ojos verdes de Marco brillaban como esmeraldas mojadas.
—Giulia, llevo semanas queriendo decirte algo. Pero cada vez que abro la boca, me sale un «no voy a besarte» o un «eres un desastre».
—Pues prueba a decir otra cosa.
Marco respiró hondo. La música sonaba baja, casi un susurro.
—Tú me das miedo. Y también me das paz. No sé cómo pueden ir juntas, pero contigo todo es posible. Y eso me aterra. Pero me aterra más no intentarlo.
—¿Intentar qué?
—Intentar ser feliz. Contigo. Aunque luego me abandones. Aunque luego me duela. Quiero intentarlo.
Giulia sintió que el corazón le estallaba en el pecho. Las lágrimas le asomaron, pero no cayeron.
—Yo también quiero intentarlo —dijo—. Pero no puedo prometer nada. Soy un desastre, lo sabes.
—No quiero promesas. Quiero pasos. Los primeros pasos. Como en el baile.
Y entonces, sin que ninguno de los dos supiera muy bien cómo, sus labios se encontraron.
No fue un beso de película, con fuegos artificiales y cámara lenta. Fue un beso torpe, imperfecto, con un pequeño choque de narices y un «ay, perdona» de Giulia. Pero fue real. Más real que todos los giros perfectos que habían ensayado.
—Tu nariz es muy grande —dijo ella, riendo entre lágrimas.
—Tu labio está temblando —respondió él, acariciándole la mejilla.
—Es que tengo frío.
—Mentirosa.
Volvieron a besarse. Esta vez, sin narices de por medio. Y el club se llenó de una luz que no venía de las velas.
III. Llega Diego (con sorpresa incluida)
A la mañana siguiente, Giulia despertó en su hostal con un mensaje de Diego:
«Gitano ha vuelto. Esta noche actúo en Alma Roja. Prohibido faltar. Trae a la perrita y al español de ojos verdes. Quiero verles aplaudir.»
—Dios mío —dijo Giulia, revolviendo a Luna—. Diego vuelve. Y quiere que vayamos a verle.
Luna ladró. Seguramente pensaba: «Más hombres. Justo lo que faltaba.»
Marco, cuando se lo contó, puso cara de pocos amigos.
—¿Diego? El flamenco? ¿El que te dejó la tarjeta?
—Ese mismo.
—¿Y por qué tengo que ir?
—Porque es tu club. Y porque si no vas, parecerás un celoso inseguro.
—Es que lo soy.
—Pues disimula.
Carmen, que estaba desayunando con ellos, intervino:
—Yo quiero ver al gitano. Me encanta el flamenco. Y además, quiero conocer al tercer candidato.
—Madre, no hay candidatos. Es una bailarina. No un concurso de belleza.
—Claro, claro. Como tú digas, hijo.
IV. La noche flamenca
El club se llenó. Diego había traído su propia compañía: dos guitarristas, una cantaora, y una energía que electrizaba el ambiente.
Cuando empezó a bailar, Giulia comprendió por qué decían que el flamenco era duende. Sus pies golpeaban el suelo como si quisieran despertar a los muertos. Sus brazos se alzaban con una gravedad antigua. Y sus ojos negros, fijos en un punto perdido, contaban historias de pena y alegría.