El ritmo de amor

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Capítulo 12: La gala, la noticia y el baile que cambió todo

I. El gran día (y los nervios de punta)

El día de la gala amaneció con un sol radiante sobre Estambul. Giulia se despertó antes de que sonara el despertador, con el corazón latiéndole en la garganta. Luna, que ya había adoptado la costumbre de dormir pegada a su cuello, bostezó y la lamió en la nariz.

—Hoy es el día, pequeña —susurró Giulia—. La gala. Mi primer gran baile como solista. Bueno, no solista, pero con Marco. Que es casi lo mismo.

Luna movió la cola. Luego se estiró y se volvió a acurrucar.

—Ojalá yo pudiera dormir tranquila —murmuró Giulia, levantándose.

Se duchó con agua fría para despejarse. Se puso el vestido que Laila le había dejado: un modelo azul noche, con la espalda al descubierto y una cola que parecía una cascada de seda. Era el vestido más bonito que había llevado en su vida. Y también el más caro. «Si lo manchas, me matas», le había dicho Laila al entregárselo.

—No lo mancharé —prometió Giulia al espejo—. Pero no prometo no caerme.

A las cuatro de la tarde, el club Alma Roja estaba irreconocible. Las luces tenues habían sido reemplazadas por reflectores de colores. La pista de madera brillaba como un espejo. En el fondo, un cartel enorme decía: «BAILANDO POR LA ESPERANZA» – Gala benéfica para niños con sueños de danza.

Carmen, que se había tomado su papel de jefa de protocolo más en serio que un militar, daba órdenes a todo el mundo.

—Las flores blancas van en las mesas altas. Las azules, en las bajas. ¿Quién ha puesto las rosas rojas? Las rojas son para el tango.

—Madre —intervino Marco—, nadie va a fijarse en las flores.

—Yo sí. Y tú también, aunque no lo admitas.

Marco vestía un esmoquin negro, impecable. Tenía ojeras profundas, pero una sonrisa que no había abandonado en toda la mañana.

—¿Nervioso? —le preguntó Giulia.

—Menos que tú —respondió él, tomándole la mano—. Pero más de lo que quiero reconocer.

—¿Y si todo sale mal?

—Entonces nos caemos juntos. Y nos reímos.

—¿Esa es tu filosofía ahora?

—Me la enseñó una italiana desastrosa.

II. La noticia inesperada (y el mundo se para)

Faltaba una hora para que empezara la gala. Los invitados empezaban a llegar. Laila atendía la barra con una sonrisa profesional. Alejandro ultimaba los detalles del número de salsa grupal. Diego, que se había quedado en Estambul solo para la gala, afinaba sus zapatos de flamenco en un rincón.

Matteo había llegado temprano, con una caja de bombones para Giulia y una corbata que le había prestado Mateo (los dos se habían reconciliado hasta el punto de compartir ropa, para sorpresa de Marco).

—Estás preciosa —le dijo Matteo, dándole un beso en la mejilla—. Pareces una princesa.

—Una princesa con tendencia a torcerse el tobillo —respondió Giulia, riendo.

—No importa. Yo te sujeto.

Marco, que estaba a unos metros, apretó los labios pero no dijo nada. Una semana atrás, esas palabras le habrían provocado un ataque de celos. Ahora, simplemente le parecían justas.

De repente, el teléfono de Marco sonó. Miró la pantalla y palideció.

—¿Quién es? —preguntó Giulia.

—El ayuntamiento. La licencia de la gala. Hubo un problema con los permisos de última hora.

—¿Un problema? ¿Qué clase de problema?

Marco contestó. Habló en voz baja, con frases cortas, cada vez más tenso. Cuando colgó, su cara era un poema de desolación.

—Cancelan la gala —dijo—. Un papeleo. Faltaba un sello. Un maldito sello.

—Pero… ¿no se puede arreglar?

—No a esta hora. Es viernes. El ayuntamiento cierra en media hora. Y el sello necesita la firma de un concejal que está de viaje.

El pánico se extendió como un reguero de pólvora. Laila dejó de servir copas. Alejandro se quedó con un pie en el aire, a medio paso de salsa. Diego se puso la chaqueta y empezó a guardar sus zapatos.

—No puede ser —susurró Giulia—. Después de tanto trabajo…

—Lo siento —dijo Marco, con la voz rota—. Lo siento mucho. Fallé. Fallé en lo más importante.

III. La reacción de Giulia (y la de todos)

Silencio en el club. Los invitados empezaban a susurrar. Alguien se levantó para irse.

Entonces Giulia hizo algo que nadie esperaba.

Se subió a una silla. Con el vestido azul noche, la espalda al descubierto y un par de zapatos de tacón que eran una declaración de intenciones.

—¡Que nadie se mueva! —gritó—. ¡La gala no se cancela!

Todos la miraron boquiabiertos.

—Giulia —dijo Marco—, no hay licencia…

—¿Desde cuándo el arte necesita un sello? ¿Desde cuándo bailar es un trámite burocrático? No necesitamos el permiso del ayuntamiento. Necesitamos ganas.

—Pero la policía…

—La policía puede multarnos. Y pagaremos la multa entre todos. Pero lo que no vamos a hacer es rendirnos antes de empezar. ¿O sí?

Laila fue la primera en aplaudir. Luego Alejandro. Luego Diego. Luego Matteo. Luego Carmen.

—¡Eso es hablar, hija! —gritó Carmen—. ¡Que se vayan al cuerno con sus sellos!

Marco la miró con los ojos húmedos.

—Giulia…

—No me des las gracias. Luego me las das con un ramo de flores blancas. Ahora, a bailar.

IV. El baile que nadie olvidará

La gala empezó con media hora de retraso, pero nadie se fue. Al contrario, la noticia de que la habían querido cancelar corrió como la pólvora, y más gente se acercó al club. «Solidaridad artística», lo llamó Laila.

Alejandro bailó su salsa grupal con una energía desbordante. Diego hizo un flamenco que arrancó lágrimas a más de uno. Los niños de la escuela de danza —los beneficiarios de la gala— actuaron con una ternura que derritió hasta el corazón más duro.

Y luego llegó el turno de Giulia y Marco.

La canción empezó. El vals de medianoche, el que habían ensayado a solas, con las velas y los miedos. Marco la tomó por la cintura. Giulia apoyó la mano en su hombro. Y empezaron a girar.




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