Capítulo 13: El yate, la invitación y el hombre que no esperaba
I. La resaca emocional (sin alcohol)
Los días después de la gala fueron extraños. Giulia despertaba cada mañana con una mezcla de felicidad y vértigo. La gala había sido un éxito. Marco le había dicho «te quiero». Luna se había convertido en la mascota más famosa de Estambul (alguien había subido el vídeo del lazo rojo a TikTok y tenía miles de visitas).
Pero algo no terminaba de encajar.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Laila una tarde, mientras limpiaban juntas el club—. Estás aquí pero no estás.
—No lo sé —admitió Giulia—. Marco me dice que me quiere. Matteo me escribe cada día. Diego me llama desde Madrid. Alejandro me hace reír. Y yo… yo no sé qué siento.
—¿Qué quieres sentir?
—Quiero sentir paz. Pero solo la encuentro cuando bailo. O cuando estoy sola con Luna.
—Pues entonces baila. Y estate sola con Luna. Los hombres pueden esperar.
—¿Y si no esperan?
—Pues que se vayan. Los que de verdad te quieran, se quedan. Aunque les cueste.
Esa noche, Giulia decidió no ensayar. Le pidió a Marco un día libre. Él aceptó, aunque con una ceja levantada.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Estoy confusa. Necesito pensar.
—Pues piensa. Pero no te vayas muy lejos.
—El Bósforo está cerca.
—El Bósforo está cerca, sí. Pero Dubái también.
Giulia sonrió, pero no respondió. Agarró a Luna y se fue a caminar por el puerto.
II. El encuentro en el muelle
El puerto de Estambul olía a sal, a pescado frito y a libertad. Giulia caminó sin rumbo, con Luna en brazos, mirando los barcos atracados. Había pesqueros pequeños, lanchas particulares, y de vez en cuando, un yate blanco, imponente, que parecía reírse de los demás.
Se sentó en un banco de madera, justo frente a uno de esos yates. Era enorme, con cubierta de teca, velas plegadas, y un nombre pintado en la popa: «La Sirena Feliz».
—Qué cursi —murmuró Giulia.
—Ojalá, la felicidad no es cursi. Es necesaria —dijo una voz a sus espaldas.
Se giró. Un hombre de unos treinta y cinco años, moreno, con gafas de sol, pantalones de lino blancos y una sonrisa que parecía sacada de un anuncio de colonia. Tenía el pelo rizado y canas prematuras en las sienes.
—Perdone —dijo Giulia, sonrojándose—. No quería que me oyera.
—No se preocupe. A mi yate le han dicho cosas peores. Una vez una señora lo llamó «piscina con remos».
Giulia se rió. Luna, que estaba en su regazo, se incorporó y movió la cola.
—¿Le importa si me siento? —preguntó el hombre, señalando el otro extremo del banco.
—Es un banco público.
—Público, sí. Pero usted llegó primero.
Se sentó. Se quitó las gafas y Giulia pudo ver sus ojos: eran verdes, como los de Marco, pero más claros, más tranquilos. Parecían dos hojas de otoño flotando en un río.
—Soy Levent —dijo, tendiendo la mano—. Turco, de Estambul, dueño de ese engendro flotante.
—Giulia. Italiana, bailarina, dueña de esta perrita que se llama Luna y que no sabe estar quieta.
—¿Bailarina? ¿En qué sitio?
—En el Alma Roja. Es un club de…
—Conozco Alma Roja —la interrumpió Levent—. Marco es amigo mío. Bueno, más conocido que amigo. Nuestros padres trabajaron juntos hace años.
Giulia se quedó helada. Otra casualidad. Otro hombre que conocía a Marco. El destino otra vez haciéndose el gracioso.
—No sabía que Marco tuviera un amigo con yate —dijo, intentando disimular su sorpresa.
—No soy su amigo. Soy su… ¿cómo decirlo? Su competidor elegante. Yo organizo fiestas privadas en mi barco. Él tiene su club. A veces compartimos clientes. A veces nos los robamos.
—¿Y ahora quiere robarme a mí?
Levent se rió. Una risa baja, sincera, sin dobleces.
—No la conozco, señorita Giulia. Pero me gusta su forma de sentarse en un banco. Parece que espera algo. O a alguien.
—Espero respuestas —dijo ella—. Pero no llegan.
—Las respuestas no llegan. Se buscan. Y a veces, se encuentran en sitios inesperados. Por ejemplo, en un yate llamado La Sirena Feliz.
—¿Me está invitando a subir?
—La invito a una copa esta noche. En el muelle. Sin compromiso. Sin segundas intenciones. Solo un hombre, una bailarina, una perrita y el Bósforo de fondo.
Giulia lo miró largamente. No había en sus ojos la intensidad de Marco, ni la tristeza de Matteo, ni la chispa de Alejandro. Había algo más sencillo: paz. La misma paz que ella buscaba.
—Vale —dijo—. Pero si me caigo al agua, usted me rescata.
—Le regalo un chaleco salvavidas.
—Trato hecho.
III. La copa en el yate (y el corazón que se calma)
Esa noche, Giulia se puso un vestido sencillo, blanco, que le llegaba hasta las rodillas. Dejó a Luna en el hostal (no quería que la perrita se mareara) y caminó hacia el puerto.
El yate estaba iluminado con guirnaldas de luces cálidas. Levent la esperaba en la pasarela, con dos copas de vino blanco y una sonrisa tranquila.
—Sube —dijo—. No muerdo.
Subió. La cubierta era enorme, con cojines de terciopelo azul y una mesa baja llena de frutas y quesos.
—Esto es… excesivo —dijo Giulia.
—Es mi vida. Excesiva pero sincera.
Se sentaron. El Bósforo brillaba bajo la luna. Las olas mecían el barco con un ritmo suave, como una cuna gigante.
—Cuéntame, Giulia. ¿Por qué una bailarina italiana termina en Estambul?
—Es una larga historia.
—Tenemos toda la noche.
Y Giulia se la contó. La academia de ballet, la salida de Italia, el encuentro con Marco, la aparición de Matteo, el triángulo (que ya era polígono) con Alejandro y Diego, la gala benéfica, la oferta de Dubái, la confesión de amor de Marco…
Levent la escuchó sin interrumpir. Cuando terminó, silbó suavemente.
—Madre mía —dijo—. Y yo que pensaba que mi vida era complicada.
—¿Lo es?
—También. Pero no tanto como la tuya. Tú tienes cuatro hombres pendientes de ti. Yo solo tengo un barco y un gato.