El ritmo de amor

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Capítulo 14: El yate, la paz y un español que aprende a nadar

I. Las visitas al yate (sin culpa)

Giulia empezó a visitar a Levent casi a diario. No por amor, ni por deseo, sino porque en La Sirena Feliz encontraba algo que no encontraba en ningún otro sitio: silencio.

En el club había música, gritos, órdenes de Marco, risas de Laila, mensajes de Alejandro. En el hostal, las paredes eran finas y la vecina de arriba hacía zumba a las siete de la mañana. En la tienda de Matteo, el cariño era tan denso que a veces le costaba respirar.

Pero en el yate, solo estaba el sonido del agua, las gaviotas, y la voz pausada de Levent ofreciéndole té o contándole historias de sus viajes.

—¿No te aburres conmigo? —le preguntó ella una tarde, mientras Luna correteaba por la cubierta persiguiendo una mosca.

—El aburrimiento es un lujo —respondió Levent, ajustando una vela—. Significa que no tienes problemas. Y yo, contigo, no tengo problemas.

—¿Ni siquiera Marco? Porque él me llama cada dos horas.

—Marco es mi competencia. Pero también es un amigo al que le deseo lo mejor. Aunque no se lo diga.

—Sois raros los hombres.

—Somos simples. Muy simples. Ustedes, las mujeres, nos complicáis.

Giulia se rió. Levent se rió. Luna ladró, y una gaviota se llevó su correa.

II. Marco contraataca (con poca elegancia)

Marco no soportaba las visitas de Giulia al yate. Lo disimulaba, pero mal.

—¿Otra vez vas al barco de Levent? —preguntó un martes, con el ceño fruncido—. Eso ya es el cuarto día esta semana.

—Me relaja —respondió Giulia, mientras se ataba las zapatillas de baile—. El agua, el viento, las gaviotas…

—Las gaviotas mean en cubierta.

—Y tú me estás amargando la mañana.

Marco se calló. Pero cuando Giulia se fue, Laila se acercó a él con una bandeja de tés.

—Sabes que la estás ahogando, ¿verdad?

—No la ahogo. La protejo.

—La proteges de ti mismo. Levent no le interesa. Ella misma lo ha dicho. Es su amigo.

—Los amigos no duran para siempre. Los novios, tampoco. Pero los amigos-pretendientes son lo peor. Porque no puedes odiarlos.

—¿Y tú quieres que ella odie a Levent?

—Quiero que ella me elija a mí. Pero no sé cómo hacer que eso pase.

Laila suspiró. Le sirvió té con mucho azúcar.

—Prueba con la ternura. Y con dejar de llamarla cada dos horas.

Marco bebió el té, amargo. Como su alma.

III. La conversación decisiva en el yate

Esa noche, Giulia fue al yate con una botella de vino (esta vez, con cuidado de no derramarlo). Levent la recibió con una manta, porque el viento soplaba fresco.

—Tengo que contarte algo —dijo ella, sentándose en los cojines de la proa—. Estoy confundida.

—Lo sé. Se te nota en los ojos.

—Marco me dice que me quiere. Matteo me escribe todos los días. Alejandro me hace reír. Diego me promete duende. Y yo… yo no sé qué quiero.

—¿Y Levent? —preguntó él, con una sonrisa—. ¿Levent qué?

—Levent me da paz. Y eso es lo que más necesito ahora. Pero la paz no es amor, ¿verdad?

—Depende. Para algunos, el amor es fuego. Para otros, es agua. El fuego quema y luego se apaga. El agua calma, pero también ahoga si no sabes nadar.

—¿Tú qué eres, fuego o agua?

—Yo soy barco. Estoy aquí para llevarte a donde quieras ir. No para decidir por ti.

Giulia se quedó callada. El viento mecía el barco. Luna dormía en su regazo como si el mundo fuera una manta caliente.

—Levent —dijo al fin—. ¿Me ayudarías a organizar algo?

—Lo que sea.

—Quiero hacer una cena en el yate. Con todos ellos. Marco, Matteo, Alejandro, Diego… y tú.

—¿Una cena de los cinco pretendientes? ¿Eso es una película o una locura?

—Es una prueba. Quiero verlos juntos. Quiero ver cómo se comportan. Quiero saber quién me hace reír, quién me escucha, quién respeta a los demás.

—¿Y si se pelean?

—Entonces tendrás que usar tus mangueras de barco.

Levent se rió. Una risa larga, limpia, que se perdió en el Bósforo.

—Vale. Organizo la cena. Pero con una condición.

—Dime.

—Que no derrames vino sobre mi cubierta de teca. Es cara.

—Prometido. Caerme puedo. Derramar vino, no.

IV. La cena de los cinco pretendientes (o el caos con mantel)

La cena fue un sábado. Levent decoró la cubierta con guirnaldas de luces, velas, y un mantel blanco que parecía una nube. Preparó pescado a la parrilla, ensaladas, arroz, y una bandeja de postres que habría hecho llorar a un repostero francés.

Giulia llegó temprano, con un vestido rojo (el mismo del primer capítulo, el que le prestó Derya, pero ahora le quedaba bien porque había aprendido a mover las caderas). Luna llevaba un lazo azul a juego.

Marco llegó el primero. Se sentó en la proa, cruzó los brazos, y puso cara de vinagre.

—¿Podrías sonreír? —le susurró Giulia—. Esto no es un funeral.

—Para mí, lo es —murmuró él.

Matteo llegó segundo, con una caja de bombones y una planta para Levent.

—Gracias por invitarme —dijo, estrechando la mano del turco con firmeza.

—Gracias por venir. Y por no traer una bomba.

Alejandro llegó tercero, con un mojito en la mano (sin alcohol, dijo, aunque nadie le creyó) y un disco de salsa para ambientar.

—Mami, esto es lo más loco que he hecho en mi vida. Y eso que viví en La Habana.

Diego llegó el último, con una rosa roja en la boca y una castañuela en la mano.

—Un gitano nunca llega tarde. Llega cuando toca.

—Son las nueve y diez —dijo Levent, mirando el reloj.

—Cuando toca.

La cena empezó tensa. Muy tensa. Los cinco hombres se miraban como perros de caza que comparten la misma presa. Giulia intentaba romper el hielo con preguntas tontas («¿A alguien le gusta el atún?», «¿Qué opináis de las gaviotas?»), pero las respuestas eran monosílabos o pullas disimuladas.

—Marco, ¿sabías que Levent tiene un gato naranja? —preguntó Giulia, desesperada.




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