Capítulo 15: La última semana (o cuando el corazón aprende a elegir)
I. El aviso de Levent (y el reloj que empieza a contar)
Al día siguiente de la cena de la manguera, Giulia recibió un mensaje de Levent:
«El sábado zarpo hacia Grecia. Un viaje de placer. Tres días. El yate es grande. Si quieres venir, hay sitio para ti. Y para Luna. Y para una decisión.»
Giulia leyó el mensaje tres veces. Era una invitación, pero también un ultimátum amable. Levent no le pedía que eligiera, pero le ofrecía un espacio fuera de Estambul, fuera del club, fuera de todo, para que pudiera pensar.
—¿Qué hago, Luna? —preguntó, acariciando a la perrita.
Luna movió la cola. Luego se estiró y se fue a dormir.
—Eres una inútil, pero te quiero.
Esa tarde, en el club, Marco estaba más raro que de costumbre. Había pedido a Laila que no sirviera alcohol, había apagado las luces de colores, y había puesto música clásica.
—¿Esto es un club o una funeraria? —preguntó Alejandro al entrar.
—Es un ensayo —respondió Marco, con gravedad—. El ensayo más importante.
—¿El de la gala? Pero si la gala ya pasó.
—No es para la gala. Es para Giulia.
Giulia, que estaba en la barra tomando agua, sintió un escalofrío.
—¿Para mí?
Marco se acercó a ella. Le tendió la mano.
—He preparado una coreografía. Solo para ti. Un baile que cuenta lo que no sé decir con palabras.
—¿No se te da bien lo de las palabras, eh? —bromeó Laila.
—Cállate.
Marco puso la música. Era una canción nueva, que Giulia no conocía. Una mezcla de tango y piano, lenta, íntima, con una letra en italiano que decía algo así como «Torna a casa, anima mia» (Vuelve a casa, alma mía).
Bailaron. No era un vals, ni una bachata, ni un flamenco. Era una coreografía híbrida, llena de giros y paradas, de momentos en los que Marco la sostenía en el aire y otros en los que ella se apartaba, como si dudara.
—¿Qué significa esto? —preguntó Giulia, mientras él la hacía girar.
—Significa que quiero que te quedes. No en Estambul. No en el club. Conmigo.
—Marco…
—Déjame terminar. No soy fácil. Soy celoso, torpe, a veces cruel. Pero contigo quiero aprender a ser mejor. No te pido que me elijas para siempre. Solo te pido que me des una oportunidad. Una de verdad. Sin guiones. Sin bailes de por medio.
Giulia sintió que las lágrimas le subían a los ojos. Pero no lloró. Sonrió.
—Eres un pesado, Marco.
—Lo sé.
—Un pesado con esmoquin.
—También.
—Y me gustas. Pero no sé si es suficiente.
—Entonces te lo demostraré. Día a día. Paso a paso. Como en el baile.
Se quedaron en medio de la pista, abrazados. Alejandro, desde la barra, susurró a Laila:
—Yo también quiero una coreografía así.
—Tú ni siquiera tienes novia.
—Por eso. Sería más fácil.
II. La oferta de Matteo (o el amor que no pide, solo da)
A la mañana siguiente, Giulia fue a la tienda de mascotas a comprar comida para Luna. Matteo la estaba esperando con un café y una sonrisa que era todo ternura.
—Toma —dijo, dándole la taza—. Lo he preparado yo. No es gran cosa, pero sale del corazón.
—Gracias.
Se sentaron en los taburetes de siempre. El gato naranja dormía en el escaparate. Olía a hierba seca y a cera para suelos.
—Matteo —dijo Giulia—. Marco me ha pedido que me quede con él. No sé qué contestar.
—¿Y qué sientes tú?
—Esa es la cuestión. No lo sé. O quizá sí, pero me da miedo admitirlo.
Matteo se quedó callado un momento. Luego cogió las manos de Giulia entre las suyas.
—Mira, Giulia. Yo te quiero desde que éramos niños. Te quiero desde el cerezo, desde el concurso de baile, desde que te caíste con el vestido roto. Pero el amor no es una competición. No voy a luchar contra Marco con puñetazos ni coreografías.
—¿Entonces qué vas a hacer?
—Decirte la verdad. Que si me eliges, te cuidaré siempre. Pero si no me eliges, también te querré. Desde lejos. Como las estrellas. Sin molestar.
Giulia soltó un sollozo. No pudo evitarlo.
—No seas tan bueno, Matteo. Me vas a hacer llorar.
—Las lágrimas también son parte del amor. Las alegres y las tristes.
—¿Y tú qué prefieres?
—Que seas feliz. Aunque no sea conmigo.
Se abrazaron. Largo. Apretado. El gato naranja abrió un ojo y lo volvió a cerrar.
—Matteo —susurró Giulia contra su pecho—. Eres el hombre más bueno que conozco.
—Eso no me ayuda a ganar, ¿verdad?
—No. Pero te convierte en alguien inolvidable.
Cuando Giulia salió de la tienda, Matteo se quedó mirando la puerta. No lloró. Pero por dentro, llovía.
III. La sorpresa de Alejandro (y el baile que hace reír)
Alejandro no era hombre de grandes gestos. Él iba al grano. Así que cuando llegó al club esa tarde, plantó un equipo de sonido en medio de la pista, puso una salsa que retumbó en las paredes, y le dijo a Giulia:
—Baila conmigo. Una sola canción. Si te ríes tres veces, me invitas a un café. Si no, yo te invito a ti.
—¿Y si me río cuatro?
—Entonces te dejo tranquila para siempre.
Bailaron. Alejandro era un espectáculo: movía las caderas como un péndulo desquiciado, hacía muecas, imitaba a Marco con el ceño fruncido, y en un giro, fingió que se le caía un diente postizo (no tenía, pero la mímica fue excelente).
Giulia se rió una vez. Dos veces. Tres. Cuatro. Cinco.
—¡He perdido! —gritó Alejandro, tirándose al suelo—. ¡Tendré que dejarte tranquila!
—Pero tú no me molestas —dijo Giulia, tendiéndole la mano para levantarlo.
—¿No? ¿Ni siquiera cuando te mando memes de perros con copas de vino?
—Esos me dan la vida.
Alejandro se puso de pie. La miró con sus ojos color miel.
—Mami, yo sé que no voy a ganar este concurso de hombres. Pero quería que supieras que verte feliz me hace feliz. Aunque sea desde la barrera.
—Eres un amor, Alejandro.