El ritmo de amor

16

Capítulo 16: El vals del final (o cuando el desastre encuentra su puerto)

I. La partida (y un pañuelo blanco en el muelle)

El sábado amaneció con un sol radiante sobre el Bósforo. Giulia llegó al muelle con una maleta pequeña, Luna en brazos, y el vestido rojo en una bolsa de tela. No sabía por qué Levent le había pedido que lo trajera, pero confiaba en él.

—¿Lista? —preguntó Levent, en la pasarela del yate, con una sonrisa tranquila.

—Lista para pensar. O para no pensar. Aún no lo sé.

—Pues sube. El mar ayuda a ambas.

Subió. La Sirena Feliz zarpó despacio, alejándose del puerto. Giulia miró hacia atrás y vio, en el muelle, una figura pequeña que agitaba un pañuelo blanco.

—Es Marco —dijo Levent—. Ha venido a despedirse.

—¿A despedirse o a asegurarse de que no me tiro al agua?

—Las dos cosas.

Giulia agitó la mano. Desde lejos, Marco parecía un punto diminuto, pero ella sabía que estaba sonriendo. O quizá llorando. O las dos cosas. Con Marco, nunca se sabía.

—Vámonos —dijo, volviéndose hacia el mar.

II. El primer día: silencio y gaviotas

El yate navegó durante horas. Giulia se sentó en la proa, con Luna en el regazo, y se dedicó a mirar el horizonte. No pensó en Marco, ni en Matteo, ni en Alejandro, ni en Diego. Pensó en el mar. En cómo las olas venían y se iban sin pedir permiso. En cómo el viento le despeinaba el pelo y no le importaba.

—¿Estás bien? —preguntó Levent, ofreciéndole un té.

—Mejor que bien. Estoy… en paz.

—Eso es bueno. La paz es el primer paso para decidir.

—¿El segundo?

—El segundo es aceptar que no hay decisiones correctas. Solo decisiones. Y luego, bailar con ellas.

Se quedaron en silencio. Luna se durmió. Una gaviota se posó en la barandilla, los miró, y se fue.

—Levent —dijo Giulia—. ¿Tú por qué no te has enamorado de mí?

—¿Quién dice que no?

—No me has pedido nada. No has competido. No has hecho coreografías ni declaraciones.

—Porque no necesito competir. Yo solo quería darte un lugar donde estar tranquila. Si de paso te enamoras de mí, bien. Si no, también. Pero no voy a presionarte.

—Eso es muy sabio.

—O muy cobarde. No lo sé. Pero es lo que hay.

Giulia apoyó la cabeza en su hombro. No era amor. Era gratitud. Y a veces, la gratitud es una forma de amor que no sabe cómo llamarse.

III. La noche de las estrellas (y la confesión que no esperaba)

La primera noche, Levent preparó una cena a la luz de las velas. Pescado fresco, ensalada, una botella de vino blanco que Giulia miró con desconfianza.

—No te preocupes —dijo Levent—. La he puesto lejos de tu codo.

—Muy gracioso.

Cenaron hablando de cosas sin importancia: los gatos de Levent (tenía dos, no uno), los mejores atardeceres del Bósforo, la primera vez que Giulia se cayó en una pista de baile (tenía cinco años, se enganchó el tutú en el borde del escenario y se llevó por delante a otras tres bailarinas).

Después de cenar, se tumbaron en la cubierta a mirar las estrellas. Luna correteaba detrás de las luces de los barcos de pesca.

—Giulia —dijo Levent, de repente—. Voy a decirte algo que quizá no quieras oír.

—Dilo.

—Yo no soy el hombre de tu vida.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque el hombre de tu vida te hace reír y llorar a la vez. Te saca de quicio y luego te calma. Yo solo te calmo. Y eso está bien, pero no es suficiente para ti.

Giulia se incorporó. Lo miró a los ojos.

—¿Y quién es, según tú?

—Eso tienes que descubrirlo tú. Pero mira hacia atrás. No hacia el futuro. El amor de tu vida no es el que tienes delante. Es el que siempre estuvo.

Giulia sintió un nudo en la garganta. No preguntó más. Miró las estrellas, que brillaban como pequeños agujeros en la oscuridad.

IV. El segundo día: el baile en la cubierta

El domingo, Levent puso música. No era salsa, ni tango, ni flamenco. Era una canción italiana antigua, de esas que hablan de amores perdidos y reencontrados.

—¿Bailamos? —preguntó.

—Aquí, en cubierta, sin pista de madera.

—El suelo es lo de menos. Lo importante es quien te abraza.

Bailaron. Sin prisa, sin presión. Los pies descalzos de Giulia sobre la madera fría. Las manos de Levent en su cintura, pero sin apretar.

—¿Ves? —dijo él—. Bailar no es difícil cuando no tienes miedo a equivocarte.

—Pero yo siempre me equivoco.

—Equivocarse no es caerse. Equivocarse es no levantarse.

Cuando la canción terminó, Giulia estaba sonriendo. Y también, sin saber por qué, llorando.

—Levent —dijo—. Creo que ya sé lo que tengo que hacer.

—¿El qué?

—Volver a casa.

—¿A Italia?

—No. A Estambul. A mi gente. A mis caídas.

Levent sonrió. No preguntó más.

V. La última noche: el vestido rojo y el mensaje que lo cambia todo

Antes de dormir, Giulia se puso el vestido rojo. No para Levent. Para ella. Para recordar quién era: la chica que llegó a Estambul con una maleta rosa y cuarenta y siete euros. La que se cayó mil veces y se levantó mil y una.

Salió a cubierta. La luna llena iluminaba el mar como un espejo plateado.

—Estás preciosa —dijo Levent, desde la barandilla.

—Estoy decidida.

—¿A qué?

—A volver. A decirle a Marco que no. A decirle a Matteo que sí.

Levent asintió. No se sorprendió.

—¿Y Alejandro? ¿Y Diego?

—Alejandro será mi amigo para siempre. Diego, mi duende viajero. Y tú… tú serás mi puerto tranquilo. El que visito cuando necesito silencio.

—Eso es más de lo que esperaba.

Se abrazaron. Un abrazo largo, limpio, sin dobleces.

—¿Quieres que te lleve esta noche? —preguntó Levent.

—No. Mañana. Quiero despertarme aquí, una última vez, viendo el sol sobre el agua.

—Como quieras.

Giulia se sentó en la proa, con el vestido rojo flotando al viento. Luna se acurrucó a su lado. Y escribió un mensaje. No a Marco, ni a Matteo, ni a Alejandro, ni a Diego.




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