El Robo de la Pereskia

¿Que diferencia hay entre la imaginación y la magia?

Las montañas de Jarabacoa, espléndidas y verdosas, tan tropicales y llenas de vida. Su gran fauna albergaba miles de especies, y en sus bosques ocultos, magníficas e inimaginables especies de plantas: orquídeas silvestres, anturios, tibuchinas y los grandes y fuertes árboles de caoba adornaban rimbombante y estrambóticamente los bosques de ellas. A pesar de que él, Jarabacoa, había sido testigo de grandes ejecuciones y persecuciones, nunca optó por secarse ni dejar de ser refugio y sostén. Jarabacoa siempre había sido servicial con quienes se lo merecían, y cuenta una leyenda que hasta ahora se mantiene anónimo que entre sus tierras se escondía una antigua ciudad donde resguardaba a sus hijos los taínos.

Pero había algo que Jarabacoa odiaba, y era una palabra que cargaba consigo un peso grande, congoja, conjunto con mentiras y engaños: colonización. Él odiaba aquella palabra. Mencionarla significaba arrebatar con mano fuerte. Los colonizadores ultrajaron y abusaron de sus hijos, les quitaron sus tierra y su identidad, los esclavizaron y los quemaron. Pero ellos tomaron algo, algo de aquella ciudad que aún hasta estos días Jarabacoa reclama. Robaron su flor, su amada flor con quien él estaba casado. Robaron la eterna pereskia, su amada de manera entrañable flor.

Jarabacoa llora y llora tanto que su flora no necesita de la lluvia para ser regada, pues sus amargas lágrimas lo hacen.

La tarde del quince de junio de mil ochocientos noventa y cinco. En ese entonces, el sol aún brillaba con vehemencia en las montañas de Jarabacoa. Las ciguas inundaban el lugar con sus últimos dulces cantos, anunciándose entre sí que ya su jornada había terminado. El viento corría y lo hacía como si susurrara las palabras y los dichos de los ancestros que aún permanecían rondando, un espíritu por allí. El indispensable olor a café recién se extendía por todo el lugar. Mallory, del monte, desvainaba los últimos granos de guandules que quedaban. Su hermana mayor, Mercedes, le daba dos manos extra. Para Mallory era el mejor día de su vida. Respiraba plenitud, aunque algunas veces creía que estaba en un momento de locura por una cantidad considerable de sucesos extraños que le acontecían.

El primero de ellos fue a sus ocho años. Le había parecido vivir como las lianas que se enredaban en un gran y fuerte árbol de caoba, trenzaban sus cabellos. Cosa que adjudicaba a su imaginación tan vívida. "Solo fue mi imaginación", se convencía. Sumándole que desde pequeña gozaba de una rica imaginación tan vívida. Acostumbraba a imaginar que entre las montañas enormes e imponentes se alzaba un enorme y hermoso castillo donde niños extraordinarios iban a tomar clases mágicas.

Su familia, tan escéptica: "Nada de esto existía", obviamente. Si nos ponemos a pensar, es cierto. Ellos solo se guiaban del día a día, como cualquier persona normal. "¿Cómo pueden sobrevivir a un mundo tan cruel sin tener esperanza en que algo más allá de lo ordinario exista?" se preguntaba ella. "¿Cómo podían vivir sin tener aunque sea una chispa de imaginación?" Continuaba, juzgando por cómo pensaba actualmente. Mallory era algo en ella que estaba en peligro de extinción desde que se había vuelto Tan realista y madura, más sin embargo nunca se imaginó que en aquel gran bosque la esperaba un mundo inimaginable, un lugar imposible para otros, pero una vez posible para ella, un espacio por derecho entre sus maravillas.

La mañana del diecinueve de junio de mil ochocientos noventa y cinco, doña Hortensia y don José del Monte, junto con su hermana Mercedes, le cantaban los buenos deseos a Mallory. "Estas son las mañanitas". Era su cumpleaños número diecisiete. Con confusión y soñolienta, tomó el esponjoso y aparentemente delicioso pastel que don José le pasaba, con tres velas de color verde que sopló pidiendo su deseo: poder conseguir suficiente dinero para estudiar en la ciudad.

Aquella mañana la pasó muy bien. Se sintió muy especial. El día no se trabajaría, solo las labores y los quehaceres pesaban sobre los hombros de cada quien. Uno a uno le dio un beso a Mallory y se despidieron. Sería un día monótono, un día cualquiera como siempre.

Don José, hombre de pocas palabras pero de grandes hechos, responsable y de carácter eminentemente serio, lo cual no era extraño para su edad, que eran cuarenta y dos años, esa mañana montó su caballo y se marchó a trabajar con los demás campesinos.

Doña Hortensia era la típica y común mamá de casa, reservada, siempre angustiada, pero con un espíritu inquebrantable y audaz. Por algo Mallory decía que era más fuerte que el hierro. Tenía apenas treinta y nueve años de edad y ya había vivido más experiencias que su hermana Victoria, de cincuenta y nueve años, solterona.

Mallory estaba encantada con su pastel, que le había preparado su propia madre, glaseado de un rosa pastel, el color favorito de ella, y decorado con hermosos crisantemos amarillos. Quería comerlo todo el mismo día, pero cuando le daban esos ataques de gula siempre recordaba los dichos de su hoy occisa abuela Hortensia: "No comas con los ojos". Solo se comió un pedazo y guardó lo demás, como acostumbraba su familia desde generaciones.

Fue a guardar las velas antes que tirarlas, y los cajones que estaban exageradas y necesariamente llenos de ellas, dirigiéndose a la cocina. Una de las velas se le cayó de sus manos en un momento de despistes, como siempre había dado el caso. Y lo maravilloso es que cuando se agachó a tomar la vela, con ganas apasionadas de pedir un deseo más, pensó en encenderla nueva vez y volver a soplarla. Un paso no había dado para buscar los cerillos cuando, de repente y de manera inoportuna y sorprendente, la llama chispeante comenzó a escucharse. La vela se encendió sola. ¿Estaba perdiendo la cabeza o solo era su imaginación? Lo más aceptable lógicamente para ese momento era que su mente, rica en imaginación tan vívida, había creado tal escenario fantástico. Eso pensaba. Pero, ¿cómo lo sería si ella misma había soplado la vela?




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