El rostro de todas mis muertes

Prologo

La lluvia golpeaba los adoquines de Milán con un ritmo constante, como si la ciudad misma respirara bajo la tormenta.
Yo caminaba con el abrigo pegado al cuerpo, sintiendo cómo el frío se filtraba en mis huesos.

No tenía ningún motivo para estar allí, y sin embargo… había algo en la noche que me llamaba, un susurro que no lograba identificar.
Era apenas un murmullo, como cuando uno olvida un nombre que siempre estuvo en la punta de la lengua.

Las luces de los escaparates se reflejaban en los charcos, y por un instante pensé que los maniquíes me miraban.
Que me estaban observando.
Me ericé, riendo suavemente de mi propia paranoia, y aceleré el paso.

Algo se movió en la esquina de mi visión.
Una silueta, alta y elegante, que desapareció detrás de un paraguas abierto.
No era nada. Seguramente.
Solo la lluvia. Solo sombras.

Pero mis dedos se aferraron inconscientemente al abrigo, y sentí un calor extraño recorrer mi pecho.
Como si algo muy antiguo se despertara dentro de mí, aunque yo no supiera qué.

Seguí caminando.
Y la sensación me acompañó: un leve estremecimiento cada vez que una sombra cruzaba mi camino.
Una extraña certeza de que no estaba sola, aunque nadie me hablaba, nadie me tocaba, nadie me había siquiera mirado de frente.

Entonces, en una callejuela angosta, vi un reflejo que no entendí.
Dos ojos en el cristal de una tienda, demasiado claros, demasiado intensos, como si me conocieran desde siempre.
Parpadeé, confundida.
Era solo un reflejo, me dije. Solo un reflejo que coincidía con el mío.

Y aun así… algo dentro de mí se tensó.
Algo que no podía nombrar.
Algo que me decía, sin palabras: “estás siendo observada”.

Sacudí la cabeza y seguí adelante, ignorando el cosquilleo que me recorría la espalda.
No sabía quién estaba allí. No podía imaginar qué significaba.
Pero la sensación persistió, suave y constante, como la promesa de un secreto que aún no estaba lista para conocer.

Mientras la lluvia continuaba, algo muy pequeño, apenas perceptible, rozó mi mente: un nombre que no era el mío.
Un nombre que no debía recordar… todavía.

Y yo no lo recordé.

Por ahora, todo estaba tranquilo.
Para mí, solo era otra noche en Milán.

Pero las sombras sabían más que yo.




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