Mi apartamento en Milán no era nada del otro mundo: paredes blancas, ventanas grandes, un par de libros apilados junto a la cama y una cafetera que siempre parecía querer derramarse justo cuando más prisa tenía.
Encendí la luz de la sala de estar y me dejé caer en el sillón, removiendo la taza de café con aburrimiento. La ciudad seguía viva allá afuera, con luces, ruido de coches y la inevitable tormenta que parecía no querer terminar.
Era jueves. Nada especial. Nada que prometiera emoción. Nada que sugiriera que aquella noche no sería como cualquier otra.
Encendí la televisión, pero terminé apagándola cinco minutos después; las noticias, siempre iguales, parecían repetirse solo para recordarme lo monótona que era mi vida. Suspiré y me recosté, mirando el reflejo de la lluvia en el vidrio.
Y entonces lo sentí.
No fue un ruido, ni un toque.
Fue un instante breve, casi imperceptible: la sensación de que alguien estaba mirando, no desde afuera, sino desde algún lugar cercano, invisible.
Parpadeé, confusa, y me incorporé, encendiendo todas las luces del apartamento. Nada. Nadie. Solo la lluvia golpeando los cristales y el eco lejano de un coche frenando.
—Debo estar cansada, es el estrés, solo necesito tomar un poco de aire fresco—me susurré a mí misma, intentando reírme. Pero la risa quedó atrapada, débil, sin convicción.
Tomé el abrigo del perchero, mi pequeño bolso de mano y decidí salir. Una caminata rápida me ayudaría a despejar la cabeza, a ignorar la sensación extraña que todavía me recorría la espalda.
Milán brillaba bajo la lluvia, con las luces amarillas reflejadas en charcos y adoquines mojados. Caminé sin rumbo definido, cruzando calles que conocía de memoria, sintiendo cómo el frío calaba en mis dedos.
Entonces, por un instante, algo se movió a mi lado.
Una sombra, casi imperceptible, que desapareció detrás de un coche estacionado.
Mis dedos se cerraron con fuerza alrededor del bolso, y mi corazón dio un pequeño salto, absurdo y desconcertante.
No había nadie. Nada que ver. Solo mi imaginación. Probablemente.
Sin embargo, mientras seguía caminando, un pensamiento insistente me recorrió la mente: no estaba sola.
Pero no sabía quién ni por qué.
Seguí adelante, absorta en mis pensamientos cotidianos: la cena pendiente, los correos electrónicos por contestar, la ropa que había dejado sin lavar.
Caminando por las calles húmedas, no podía evitar que mi mente se desviara hacia él.
Mi novio.
Giulio.
No lo odiaba, no de verdad. Era amable, atento, divertido cuando quería… pero había algo que no encajaba.
Algo que siempre se sentía incompleto, como si nuestra relación fuera un cuadro mal pintado, con los colores mezclados y las líneas torcidas.
—No sé si esto tiene futuro —me había dicho esa mañana frente al café en la oficina.
Y yo había asintido sin palabras, sintiendo un nudo en la garganta. Porque lo sabía.
Lo sabía desde hace meses. Cada gesto, cada conversación, cada silencio compartido me gritaba que nuestra historia no tenía un mañana.
Suspiré, metiéndome las manos en los bolsillos del abrigo, tratando de ignorar la presión en el pecho.
La idea de dejarlo me aterraba un poco. Tal vez por comodidad, tal vez por miedo a estar sola.
Pero también sentía que aferrarme a algo que no podía durar era como sostener un vaso agrietado: tarde o temprano se rompería en mis manos.
Desde que me mudé a Milán, hacía ya casi seis meses, la vida parecía tan extraña y vacía al mismo tiempo.
Mi familia estaba en otra ciudad, demasiado lejos para aparecer en cualquier momento de necesidad.
El trabajo había sido mi excusa perfecta: una oferta imposible de rechazar que me obligó a dejar mi hogar, mi pasado y la rutina que conocía.
Milán tenía luces y oportunidades, pero también me hacía sentir sola, a veces invisible.
Entre reuniones, cafés y reuniones nuevamente, había olvidado casi todo de mí misma.
Excepto, claro… la sensación de que alguien me observaba, no era la primera vez que lo sentía, que esa sombra que percibí en la calle no era solo producto de la lluvia y mi imaginación.
Giré en una esquina y me encontré con un pequeño parque iluminado por faroles amarillos.
La bruma de la lluvia formaba halos alrededor de cada luz, y por un instante me senté en un banco, dejando que el frío y la humedad me calmara.
Quería pensar en Giulio, en la seguridad de algo conocido.
Pero la sensación persistente me decía que la seguridad ya no existía.
Observé los charcos en el suelo y noté un reflejo que no esperaba: la silueta de un hombre, de pie al borde de la luz de un farol, distante pero demasiado precisa en su forma.
Parpadeé.
Me incorporé.
No había nadie. Solo el parque vacío.
Volví mi vista al charco y el reflejo desapareció.
Me encogí de hombros, riendo suavemente para mí misma.
—Debo dejar de mirar tanto la televisión y sus películas fantasiosas… —susurré, fingiendo calma.
Pero algo dentro de mí no quería apartar la mirada de aquel banco, de aquella luz, de la idea difusa de que, aunque no supiera por qué, estaba siendo observada.
Y mientras me levantaba para continuar mi camino devuelta hacia mi pequeño apartamento, no podía evitar que una pregunta persistente flotara en mi mente:
—¿Será esta soledad temporal… o es solo el comienzo de algo que no puedo imaginar?
Porque, en algún lugar entre la lluvia y las luces de Milán, algo estaba esperando.
Y yo aún no tenía idea de qué.
Subí las escaleras hasta mi apartamento, empapada, con los zapatos haciendo un ruido sordo sobre la madera mojada.
Dentro, la calefacción me abrazó con su calor seco, pero no pudo calmar del todo la sensación de que alguien me había seguido, aunque no hubiera visto nada.
Dejé el bolso en la silla, me quité el abrigo y me serví un vaso de agua, intentando distraerme con algo cotidiano.
La lluvia golpeaba los cristales y el reflejo de la luz amarilla del farol se mezclaba con mi propio reflejo.
Y por un segundo, juré que vi un movimiento detrás de mí.
Un parpadeo, apenas.
Me giré de golpe… y no había nadie.