El rostro de todas mis muertes

CAPÍTULO 2 - SOMBRAS EN LA CIUDAD

El sol entraba por la ventana de mi apartamento como un recordatorio de que la noche había pasado y, con ella, la lluvia de anoche.

Milán despertaba a mi alrededor con el ruido de motores, sirenas lejanas y el aroma del pan recién horneado que llegaba desde alguna panadería cercana.

Me incorporé lentamente, estirando los brazos, mientras mi mente repasaba la agenda del día: reuniones interminables, llamadas que esperaba posponer, correos que me abrumaban y, por supuesto, Giulio, que probablemente me mandaría otro mensaje insistente sobre cenar juntos.

No estaba segura de querer verlo.
No porque no me importara, sino porque sentía que nuestra relación estaba atrapada en un callejón sin salida. Cada intento de hablar sobre el futuro terminaba en silencio incómodo o en promesas que sabía que no cumpliríamos.

Suspiré, tomando mi café, y miré por la ventana. Milán parecía tan viva y distante al mismo tiempo.

Mientras revisaba el correo, una sensación familiar me recorrió la espalda: un leve cosquilleo que me decía que no estaba sola, aunque no hubiera nadie en la habitación.

Parpadeé y me encogí de hombros, intentando racionalizarlo.

—Demasiado café otra vez —me dije, tomando un sorbo largo, pero esa sensación persistía, insistente, casi imperceptible, como un susurro de algo que no podía entender.

Salí de mi apartamento y caminé por las calles de Milán rumbo a la oficina.
Todo parecía normal: el tráfico, la gente corriendo con paraguas, los escaparates mostrando la última moda.
Y aun así… algo me hizo detenerme frente a un charco.
Mi reflejo me devolvía la mirada, pero algo más apareció detrás de mí, apenas un parpadeo, demasiado rápido para distinguir.
Giré la cabeza, pero no había nadie.

—Estoy imaginando cosas —murmuré, ajustándome la bufanda y cruzando la calle.

No podía explicar por qué, pero durante todo el camino al trabajo, la sensación de ser observada me acompañó.
No era miedo. Era algo diferente. Una inquietud que me ponía alerta, como si la ciudad misma escondiera secretos que no podía alcanzar a comprender.

Llegué a la oficina y Giulio ya estaba sentado en la cafetería, sorbiendo su café y mirando su teléfono.
Me saludó con una sonrisa. Yo devolví un gesto pequeño, distante.

—Hola, Mirella —dijo, pero su voz parecía contener más esperanza que seguridad.

—Hola —respondí, sentándome frente a él, intentando que mi expresión no mostrara la tensión que sentía.

Hablamos de cosas triviales: trabajo, amigos, planes que nunca se materializarían.
Todo parecía normal, pero cada vez que levantaba la vista hacia la ventana, no podía evitar mirar más allá de la calle, como si esperara ver algo que no podía nombrar.
Y por un instante, juré que una figura alta y elegante se había detenido en el reflejo de la ventana del edificio de enfrente.
No era real, no podía serlo. Solo un juego de luces, pensé.

Pero dentro de mí, algo se removía.
Algo que no entendía.
Y que, de alguna manera, sabía que estaba conectado con algo más grande, algo que mi vida cotidiana no alcanzaba a explicar.

Cuando la jornada terminó, caminé de regreso al apartamento.
La ciudad parecía diferente: los sonidos más apagados, las luces más intensas, la lluvia que comenzaba de nuevo formando charcos que reflejaban la noche que se acercaba.

La caminata de regreso a mi apartamento era corta, apenas unos minutos desde la oficina, pero con la lluvia reciente los adoquines estaban resbaladizos y mis zapatos de tacón chirriaban con cada paso.

El edificio donde vivía era modesto: escaleras estrechas y un pequeño recibidor con buzones que olían a papel viejo y humedad.

Mientras giraba la esquina para llegar a la entrada, me sumergí en mis pensamientos.
Pensaba en Giulio, en mis interminables pendientes, en cómo la ciudad parecía seguir observándome…
Y, sin darme cuenta, choqué contra alguien.

—¡Oh! Lo siento, lo siento mucho —exclamé, retrocediendo, mientras mis manos intentaban no derribar el maletín del hombre que estaba frente a mí y no caer en el proceso.

Era alto, demasiado alto para ser casual, con un abrigo negro impecable que le caía sobre los hombros hasta por debajo de las rodillas como si hubiera sido hecho a medida para él.
Su cabello oscuro caía levemente sobre la frente, pero lo que realmente me paralizó fueron sus ojos: oscuros, profundos, con un brillo que parecía atravesar la lluvia y tocar algo dentro de mí.

—No, yo… —empezó él, con una voz grave, baja, perfecta—. Disculpe.

Me quedé un instante congelada, sin saber si apartarme o seguir observándolo.
Su presencia no era intimidante, pero algo en el aire alrededor de él me hizo erizar la piel.
Un calor extraño, profundo, que me recorrió desde el cuello hasta la punta de los dedos. El corazón me latía a grandes velocidades.

—Está bien… —dije finalmente, murmurando—. Yo también estaba distraída.

Mientras intentábamos esquivarnos, un charco en el suelo me hizo resbalar.
Él reaccionó instintivamente y me sostuvo por el brazo, firme pero delicado, evitando que cayera de bruces sobre los adoquines húmedos.
Sentí un choque de cuerpos breve y cercano, y mi corazón dio un salto absurdo que no tenía nada que ver con la lluvia ni con el frío.

—Gracias… —susurré, mirando hacia otro lado, porque no podía sostener su mirada y debia disimular el calor que se alojaba en mi rostro.

—No hay de qué —respondió él, con un gesto casi imperceptible que parecía contener algo más que simple cortesía.

Me aparté un poco, aún con la mano apoyada en su brazo por instinto, y me disculpé de nuevo mientras subía las escaleras del edificio.

Él me acompañó hasta la puerta del pequeño acceso, aunque yo no lo pedí.

—Vive aquí, ¿verdad? —preguntó, sin presión, solo curiosidad.

—Sí… segundo piso —dije, tratando de sonar natural, aunque sentía que la sangre me subía mas rapido a la cara.




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