Los días siguientes pasaron más rápido de lo que hubiera querido.
Entre reuniones, llamadas y hojas de cálculo interminables, apenas tuve tiempo de pensar en nada más que no fuera el trabajo.
Matteo no dejaba de repetir lo importante que era aquella reunión con el socio estratégico, y su insistencia me tenía con los nervios de punta.
—Es una oportunidad enorme para la empresa, Mirella —me dijo una mañana, apoyando las manos sobre mi escritorio—. Esta persona podría cambiar nuestro futuro.
Asentí con una sonrisa profesional, aunque por dentro solo pensaba en el cansancio que llevaba acumulado y en la presión que se me estaba viniendo encima.
Me habían encargado preparar prácticamente todo: informes financieros, proyecciones, presentaciones, hasta el orden de los documentos sobre la mesa de reuniones.
—Como si yo fuera a decidir el destino de la empresa —murmuré una tarde, mientras revisaba por quinta vez los mismos gráficos.
Pero, a pesar del estrés, había algo más ocupando un rincón extraño de mi mente.
Un recuerdo breve.
Una silueta bajo la lluvia.
Una mirada oscura que parecía conocerme más de lo que era posible.
No sabía por qué, pero desde aquella noche en la que choqué con aquel desconocido, la sensación de ser observada había regresado con más fuerza.
No era miedo.
Era una inquietud suave, persistente, como una melodía que no podía sacar de la cabeza.
Cada vez que salía de la oficina, miraba instintivamente a mi alrededor.
Cada reflejo en una ventana me parecía sospechoso.
Cada sombra un poco más larga de lo normal.
Nunca veía nada.
Nunca a nadie.
Pero algo dentro de mí… esperaba.
Giulio empezó a notarlo.
—Estás distraída —me dijo una noche, mientras cenábamos en silencio en su departamento—. No estás realmente aquí conmigo.
No supe qué responder.
Porque tenía razón.
No estaba allí del todo.
Pero tampoco sabía dónde estaba realmente mi mente.
—Es el trabajo —mentí, jugueteando con el tenedor—. Esta semana ha sido un caos.
Él me observó unos segundos, como si quisiera decir algo más, pero al final asintió.
Y ese silencio incómodo confirmó lo que yo ya sabía: nuestra relación se estaba apagando lentamente, sin drama, sin peleas… solo con distancia.
La noche antes de la reunión, me quedé trabajando hasta tarde en el apartamento.
El edificio estaba en silencio, apenas interrumpido por el sonido lejano de un televisor en el piso de abajo.
Revisé una última vez los documentos.
Todo estaba listo.
O eso creía.
Cerré el portátil y me acerqué a la ventana.
La ciudad brillaba bajo las luces nocturnas, hermosa y distante.
Y entonces… lo sentí otra vez.
Esa presión suave en el pecho.
Esa certeza inexplicable de que alguien estaba allí, muy cerca, aunque no pudiera verlo.
Miré hacia la calle.
Un hombre estaba detenido bajo un farol, del otro lado de la acera.
No podía distinguir su rostro.
Solo su postura: recta, elegante, inmóvil.
Como si no estuviera esperando un taxi… sino a alguien.
Mi corazón dio un salto absurdo.
Parpadeé.
Y cuando volví a mirar… ya no estaba.
Solté una risa nerviosa.
—Estoy perdiendo la cabeza… —susurré.
Me alejé de la ventana y apagué las luces.
No supe en qué momento me quedé dormida.
Solo sé que el sueño llegó sin aviso, profundo, pesado… distinto a cualquier otro que hubiera tenido antes.
Estaba de pie en un lugar que no reconocía.
No era Milán.
No era ninguna ciudad que hubiera visto en mi vida.
El aire era más frío.
El cielo, demasiado oscuro.
A mi alrededor se alzaban columnas de piedra y muros antiguos cubiertos de enredaderas, como si el tiempo se hubiera detenido allí siglos atrás.
Llevaba un vestido largo, de una tela que no conocía, y mis manos temblaban.
No sabía por qué estaba allí.
No sabía quién era.
Pero sabía algo con absoluta certeza:
no debía estar sola.
Entonces lo sentí.
No pasos.
No ruido.
Presencia.
Me giré lentamente.
Él estaba allí.
Alto.
Vestido de negro.
Con el cabello oscuro cayéndole sobre la frente y esos mismos ojos profundos que había visto bajo la lluvia.
Pero ahora no era un desconocido.
Ahora… era alguien que mi alma reconocía antes que mi mente.
—Has vuelto… —dijo, en voz baja.
Su voz no sonaba triste.
Sonaba cansada.
Como si llevara siglos pronunciando esa misma frase.
—¿Quién eres? —pregunté, aunque mi voz temblaba como si ya supiera la respuesta.
Él dio un paso hacia mí.
El mundo pareció inclinarse ligeramente con su movimiento.
—Soy aquel que siempre te encuentra —respondió—. Aunque olvides. Aunque mueras. Aunque me odies.
Mi pecho ardió de una forma extraña.
No de dolor.
De emoción.
De algo tan profundo que me hizo sentir al borde de las lágrimas sin saber por qué.
—No te recuerdo… —susurré.
Él sonrió.
Y esa sonrisa…
era la cosa más bonita y triste que había visto jamás.
—Siempre dices eso al principio.
Se acercó un poco más.
No me tocó.
Pero el aire entre nosotros vibraba, cargado de algo imposible de explicar.
—Te he visto arder en mil formas distintas —murmuró—. He sostenido tu mano cuando morías. He pronunciado tu nombre cuando ya no podías hacerlo tú.
—¿Mi nombre? —pregunté, confundida.
Por un instante, sus ojos brillaron con algo peligroso.
Advertencia.
Miedo.
—Aún no… —dijo con suavidad—. Todavía no estás lista para recordarlo.