La mañana amaneció demasiado clara para lo inquieta que yo me sentía.
Me levanté temprano, aunque había dormido poco.
El sueño todavía me perseguía en fragmentos borrosos: una voz, una mirada, una tristeza que no lograba sacarme del pecho.
Elegí con cuidado la ropa para la reunión.
Un vestido sobrio, negro, sencillo.
Quería verme profesional, segura… aunque por dentro me sintiera todo menos eso.
Mientras caminaba hacia la oficina, la ciudad me pareció distinta.
No más oscura.
Más expectante.
Como si algo estuviera a punto de suceder.
En la sala de reuniones ya estaba casi todo listo cuando llegué.
Proyector encendido.
Carpetas ordenadas.
Vasos de agua perfectamente alineados.
Matteo caminaba de un lado a otro, claramente nervioso.
—Llegará en cualquier momento —me dijo—. Es una persona… particular. Muy reservado.
Asentí, acomodando mis papeles.
No pregunté su nombre.
No sabía por qué, pero una parte de mí prefería no saberlo aún.
Los minutos pasaron lentos.
Y entonces…
la puerta se abrió.
No fue el sonido lo que me hizo levantar la mirada.
Fue la sensación.
Ese mismo estremecimiento profundo que había sentido en el sueño.
Ese mismo peso suave en el pecho.
Esa certeza inexplicable de que…
él estaba allí.
Entró acompañado por dos hombres trajeados, pero yo apenas los vi.
Porque lo vi a él.
Al hombre de la lluvia.
El abrigo negro ahora reemplazado por un traje impecable.
La misma postura elegante.
El mismo rostro que mi memoria no podía olvidar desde aquella noche.
Y esos ojos…
Dios.
Oscuros.
Profundos.
Cargados de algo que no era sorpresa.
Nuestros ojos se encontraron.
Y el mundo…
se detuvo.
No fue un flechazo.
No fue atracción.
No fue impresión.
Fue reconocimiento.
No de la mente.
Del alma.
Sentí cómo el aire me faltaba de golpe.
Cómo el corazón me golpeaba contra las costillas como si quisiera escapar.
Él se quedó inmóvil apenas una fracción de segundo.
Y entonces…
sonrió.
Muy despacio.
Muy suavemente.
Como alguien que acaba de encontrar algo que llevaba siglos buscando.
—Buenos días —dijo Matteo, rompiendo el silencio—. Bienvenido. Es un honor recibirlo.
El hombre apartó la mirada de mí con esfuerzo visible.
Como si hacerlo le costara más de lo que debía.
—El honor es mío —respondió con voz grave—. Gracias por recibirme.
Matteo se giró hacia mí.
—Mirella, te presento a nuestro socio estratégico.
Tragué saliva.
—Él es Lucien Valcroix.
El nombre me atravesó como un relámpago.
Lucien.
No sabía por qué…
pero escuchar ese nombre me dolió.
Me puse de pie lentamente.
Mis piernas temblaban un poco.
—Encantada… —dije, extendiendo la mano—. Soy Mirella.
Sus ojos bajaron a mi mano.
Luego subieron a mi rostro.
Y algo en su expresión…
se quebró.
Tomó mi mano con cuidado.
Demasiado cuidado.
Como si yo fuera algo frágil… o sagrado, y dejó un casto beso en ella.
Su piel estaba fría.
Extrañamente fría.
—El placer es mío… Mirella —repitió mi nombre con una entonación distinta.
Como si lo probara.
Como si no fuera el que él esperaba.
Nuestros dedos se rozaron un segundo más de lo necesario.
Y en ese contacto…
una imagen cruzó mi mente.
Un cielo oscuro.
Columnas de piedra.
Una mano tocando mi mejilla.
Solté mi mano de golpe, sobresaltada.
—Perdón… —murmuré.
Él me observó con atención absoluta.
Como si cada gesto mío fuera importante.
Como si yo fuera…
todo su mundo.
Durante la reunión, apenas pude concentrarme.
Lucien hablaba con calma, con inteligencia, con una autoridad natural que hacía que todos lo escucharan con atención.
Pero yo no podía dejar de mirarlo de reojo.
Y cada vez que lo hacía…
él ya me estaba mirando.
No con deseo evidente.
No con descaro.
Sino con algo mucho más peligroso.
Con nostalgia.
Con dolor.
Con devoción.
Como si me hubiera amado antes.
Como si me estuviera perdiendo otra vez.
En un momento, mientras explicaba una gráfica, sentí su voz dirigirse solo a mí.
—Usted tiene una mente brillante, Mirella —dijo—. Es raro encontrar a alguien así hoy en día.
—Gracias… —respondí, sin saber por qué me sonrojaba.
Sus labios se curvaron apenas.
—Siempre fuiste excepcional.
Me quedé helada.
—¿Cómo dijo?
Parpadeó.
Como si se hubiera dado cuenta de que había dicho algo que no debía.
—Perdón… quise decir que… se nota su talento.
Asentí, aunque mi corazón seguía latiendo de forma descontrolada.
Cuando la reunión terminó, todos comenzaron a levantarse y hablar entre ellos.
Yo recogía mis papeles cuando sentí su voz a mi espalda.
—Mirella…
Me giré.
Lucien estaba de pie muy cerca de mí ahora.
Demasiado cerca.
—¿Sí?
Me observó en silencio unos segundos.
Como si luchara consigo mismo.
—Nos hemos visto antes, ¿verdad? —preguntó finalmente.
Mi corazón dio un salto.
—Yo… creo que sí. Por accidente, una noche… cerca de mi edificio.
Asintió lentamente.
—Lo recuerdo.
Hizo una pausa.
Y luego, muy bajo, casi como un susurro que nadie más podía oír:
—Te he encontrado más rápido esta vez…
—¿Qué?
Negó suavemente con la cabeza.
—Nada. Solo… me alegra volver a verte.
No supe por qué…
pero al escucharlo decir eso,
sentí ganas de llorar.
Sin entender.
Sin razón.
Sin memoria.
Salí de la sala con la cabeza hecha un caos.
El pasillo parecía más largo de lo habitual.
Las luces demasiado blancas.
El sonido de los tacones ajenos demasiado fuerte.